Saturday, March 29, 2008

UN HÉROE DE MADRID: ELOY GONZALO

Eloy Gonzalo fue un niño al que abandonaron en la puerta de una inclusa que se encontraba, a mediados del siglo XIX, en la madrileña calle de Mesón de Paredes, y que entre su ropita apareció una nota, en la que se leía el día que había nacido, el primero de diciembre de 1868, y que no había recibido el bautismo. También en ella aparecía el nombre de su madre, natural de Peñafiel y que era soltera. Rogaba así mismo, que cuando se le bautizara le pusieran el nombre de Eloy, por ser el día del santo en que nació, junto a sus dos apellidos: Gonzalo García.
Pasados nueve días, fue adoptado por Francisco Reyes, Guardia Civil, y su esposa Braulia Miguel, a la sazón destinado en la provincia de Ávila, en el puesto de San Bartolomé de Pinares, y posteriormente en Chavela y en Chapinerías, donde pasó Eloy su niñez y adolescencia. Llamado a filas, a los 21 años se encontraba realizando el servicio militar en el Regimiento de Dragones de Lusitania número 12. Ascendiendo a cabo, pasó a ser destinado al Cuerpo de Carabineros del Reino.
Eloy estaba en trance de contraer matrimonio, y había solicitado el permiso correspondiente, pero enterado de que su novia entablaba relaciones amorosas con el teniente de su Compañía, llevado por los celos y heridos sus sentimientos, parece que embriagado, desobedeció las ordenes de su superior y más aún le amenazó arma en mano, por lo que fue sometido a un Consejo de Guerra, iniciándose el mismo, el 19 de febrero de 1894; se le condenó el 25 de abril de 1894, a doce años de prisión militar mayor y accesorias de terminar el resto de su periodo militar en el Cuerpo Disciplinario, ingresando en el Presidio Militar de Valladolid.
Pena que no llegaría a cumplir, pues al poco, aparecería un Decreto Real de fecha 25 de agosto de 1895, publicado en la Gaceta nº 239, en el que se disponía que todos aquellos condenados por Tribunales Militares se les pondría en libertad, siempre y cuando se alistaran en los cuerpos expedicionarios de Ultramar para defender nuestras colonias. Eloy se acogió al mismo y el 25 de noviembre de 1895 embarca en La Coruña con destino a Cuba, siendo encuadrado en la primera Compañía del primer Batallón del Regimiento de Infantería María Cristina número 63, pasando a cumplir el servicio a la plaza de Puerto Rico.
Fue en esta situación, ya habiendo protagonizada alguna acción audaz contra los insurrectos, cuando realizó la acción heroica que le catapultaría a la fama. Su coraje le comprometían a realizar aquellas acciones audaces y valientes. Así se comportaba uno de los más queridos héroes del pueblo de Madrid, que venera su recuerdo cuando posan su vista en la escultura del gallardo soldado.
El 26 de septiembre de 1896, más de cinco mil infantes según unos autores, más de tres dicen otros, apoyados por caballería, al mando de los jefes cubanos, Máximo Gómez y Calixto García atacaban y asediaban hasta cercarla una pequeña población del departamento de Camagüey, no lejos de Puerto Rico, y de nombre Cascorro.
Ese día, la situación se hacía insostenible para aquel puñado de españoles que la defendían, ciento setenta, al mando del capitán Francisco Neila. Como única alternativa, para romper el asedio, estaba el volar una casa, desde la que el enemigo hostigaba con sus fuegos el principal frente de los españoles.
Para ello se presentaron varios voluntarios, sin embargo tenía que ser el arrojo de Eloy Gonzalo, que alegando ser huérfano y no tener ningún compromiso familiar, el que fuese elegido para llevar a cabo la arriesgada misión.
Unicamente pidió que le ataran una cuerda a la cintura, en la seguridad que aquello le costaría la vida y no quería por ningún motivo que su cuerpo quedara en manos de los mambises .
“la espera fue corta. Dando un pequeño rodeo, agazapado entre las matas como reptil, aprovechando las desigualdades del terreno logró burlar la vigilancia de los centinelas enemigos. No había transcurrido media hora, cuando una formidable explosión anunciaba que el propósito había sido cumplido. Efectivamente, el baluarte enemigo había sido volado; al mismo tiempo, fueron incendiadas las casa inmediatas en las que se había parapetado los enemigos y sus ocupantes tuvieron que huir, dejando de hostigar a nuestros soldados”
Finalmente, a los pocos días, aquel puñado de hombres que defendían la posición de Cascorro, fue liberado por una columna española, al mando del general Adolfo Jiménez Castellanos.
A Eloy Gonzalo, le fue concedida por tal acción heroica la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, con una pensión de 7.% pesetas con carácter vitalicio. Sin embargo no pudo el héroe de Madrid gozar mucho tiempo de su suerte, ya que como muchos de sus compañeros, sucumbiría a consecuencia de las enfermedades tropicales, muriendo de “heneterecolitis ulcerosa” en el Hospital Militar de Matanzas.
Hoy sus reposan en un mausoleo situado en el cementerio de la Almudena de Madrid, junto a los de otros compañeros que murieron en Cuba y Filipinas.
En su honor se levantó una estatua en Madird, en la plaza que estaba dedicada a Nicolás Salmerón, pero por ser tan popular, los madrileños, pasaron a denominarla plaza de Cascorro, en la cabecera de El Rastro, viéndose obligado el Ayuntamiento. en 1913, a cambiarla de nombre con el que se la conoce hasta la fecha. La escultura en bronce, del soldado en actitud aguerrida, es obra de Aniceto Marinas. Su altura de 2.30 metros, fue donada la pueblo de Madrid por el Ministerio de Guerra. Se presenta uniformado con el traje de rayadillo, sobre el hombro derecho cuelga el fusil Mauser con bayoneta calada, portando en la mano diestra una tea con la que incendió la casa y bajo el brazo izquierdo una lata de petróleo, y que sujeta con la mano, se puede apreciar la cuerda que continúa abrazada a su cuerpo.
El pedestal, obra de José López Sallaberry, lo forman tres escaños de granito, sobre ellos va un cuadro de mármol anaranjado y un rectángulo de piedra blanca labrada con recuadros de mármol gris, en su frente se lee: “El Ayuntamiento de Madrid a Eloy Gonzalo, 1901″; en el dorso: “ Cascorro 1897″; en los laterales se ve el Escudo de Madrid con adornos de bronce. Rodeando el conjunto una verja de hierro forjado.
Fue inaugurada por Alfonso XIII el día 5 de mayo de 1902, a las cinco de la tarde, dando guardia de honor al monumento una compañía de Alabarderos y otra de Cazadores, también formaron un grupo de milicianos veteranos y un grupo de bomberos. D. Alberto Aguilera, a la sazón, estaba al frente del Ayuntamiento de la capital de España. También con una calle, la de Eloy Gonzalo, Madrid le rinde homenaje.
FIN.

Bibliografía:

OTERINO CERVELLO, Armando: El héroe de Cascorro. Revista estudios Históricos de la Guardia Civil.
MARRRERO. Juan Antonio: Momentos clave de la Historia de España en el Museo del Ejército.
DE LA SEN, Gonzalo: Eloy Gonzalo “Cascorro”. Amigos del Foro Cultural de Madrid.

fotos: (1ª) Monumento en la plaza de Cascorro.
(2ª) Busto de Eloy Gonzalo, en bronce. Museo del Ejército.
(3ª) Foto de Eloy Gonzalo. Enciclopedia Espasa Calpe.

Thursday, March 20, 2008

LA VIDA DEL DUQUE DE RIÁNSARES


La expedición al Ecuador del General Flores



Asturquin.


Esta rocambolesca historia esta íntimamente unida a una etapa de la vida del Duque de Riánsares y la relación que tuvo con el general D. Juan José Flores, primer presidente que fue de la República del Ecuador.
Nació el Duque en Tarancón, España, en mayo de 1.808 y fue bautizado con los nombres de Agustín Fernando. Ingresó en la Guardia de Corps formando parte de la escolta asignada a la Reina María Cristina de Borbón, con la que contrajo matrimonio y con la que tuvo ocho hijos, constituyente el rey consorte.
D. Juan José Flores, nació en Puerto Cabello, Venezuela, el 19 de julio de 1800, murió frente a Puná a los 63 años el 1 de octubre de 1864, su infancia fue pobre y desvalida; era hijo de un comerciante vizcaíno D. Juan José Aramburu y una criolla venezolana llamada Rita Flores de la que tomó su apellido al nacer. Llegó en su carrera militar al generalato en 1826, siendo de la mayor confianza de Simón Bolivar, llegando a ser Gobernador de la Provincia de Pasto y Comandante general del departamento del Sur, nombre que se dio al Ecuador dentro de la Gran Colombia. Casó en Ecuador en 1824, con una joven mujer aristocrática, apenas tenía trece años, natural de Quito. Mercedes Jijón y Vivanco, convirtiéndose en un acaudalado terrateniente. Cuando Ecuador obtuvo la independencia fue nombrado el 14 de agosto de 1830, Presidente, primero de la recién creada república, siendo sustituido por Vicente Rocafuerte, volviendo a la presidencia después de cuatro años pero tuvo que afrontar una revolución nacional que estalló en Guayaquíl, en marzo de 1845..
No pudiendo hacerse cargo de la situación tuvo que marchar al exilio, trasladándose a Europa, visitando Gran Bretaña y Francia, con el objeto de regresar al Ecuador y recuperar el poder que había perdido, proponiendo una expedición e implantar una monarquía, ofreciendo la Corona a un príncipe. Ni una ni otra nación, a pesar de los honores que le dispensaron, le dieron crédito para la realización de tales ideas.
En París donde le recibió en Audiencia Especial el Rey Luis Felipe de Orleans, le aconsejó que partiera a la corte de Nápoles, donde gobernaban los Reyes Francisco I y María Isabel de España, hermana de María Cristina. En esta ciudad italiana conoció al embajador español, Angel de Saavedra, Duque de Rivas, quien le dio varias Cartas de presentación para la Corte de Madrid y después de ser recibido en Roma por el Papa Gregorio XVI, en Audiencia Especial, tomó el camino de Génova y Barcelona, pasando a Madrid a principios de 1.846, logrando que el diplomático Luis de Potestad gestionara ante el General Ramón Narváez la posibilidad de llevar a cabo una expedición armada al Ecuador, y ofrecer la corona de Ecuador a un hijo de la Reina Regente o bien del Infante Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente incómodo a la de España. Sin embargo no tuvo éxito con Narváez.
Sucedió lo mismo en la entrevista que sostuvo con el general Saenz, a quien Isturiz había nombrado para la Secretaría de Guerra, en el momento de acceder a la Presidencia del Consejo de Ministros. En la entrevista posterior con el propio Istúriz, al ver Pedro Egaña que el Gobierno no demostraba interés alguno en el fantástico proyecto de invasión, intuyó que había de informar sobre el asunto a su amigo al Duque de Riánsares.
Le expuso la empresa que se disponía a iniciar, ante la posibilidad de recobrar el Imperio del Perú, ofreciendo al Duque la corona para su hijo mayor Juan Muñoz de Borbón y gobernara estos territorios con el nombre de Juan I, bajo la regencia de Flores hasta que cumpliera la mayoría de edad. Parecía que todo era sencillo, tal como se le explicaba contaba con el beneplácito de los ecuatorianos que deseaban su vuelta. Necesitaba para correr con los gastos de la expedición un préstamo de un millón y medio de duros que fueron facilitados por los amigos de Fernando Muñoz, los banqueros José de Salamanca, José Buchental, Jaime Ceriola y Nazario Carriquirí. En Septiembre, firmaban el préstamo Buchental y Salamanca de una parte y Flores de la otra, firmando como Presidente de la República del Ecuador. En aval del mismo se constituía el Duque.
Las cláusulas del contrato establecía que: el capital sería de un millón y medio de pesos fuertes y duros, los intereses el 25 % pagaderos de la siguiente forma: el 10 % en el momento de la formalización del contrato; el 5 % cuando se verificarse el embarque; 5 % a los cuatro meses de llegar al Ecuador y el otro 5 % dos años después. A esto había que añadir un 6 % de interés anual y un 1 % de comisión por semestre. Flores entregaba como garantía "la hipoteca de todas las rentas del Ecuador al seguro de otros intereses y del capital indicado "
A todo este asunto el Gobierno miraba hacia otro lado. Era un asunto delicado que podría generar reclamaciones internacionales, como efectivamente sucedió, con naciones que España consideraba desde hacía poco nuevamente sus amigas. La Reina Regente, llegó a conceder a Flores el Gran Collar de la Orden de Caballeros de Carlos III, que éste comenzó a lucir en su pecho como hombre de importancia que era.
A fines del 1846 el Coronel Señen de Buenaga comenzó a reclutar voluntarios haciéndoles firmar contratos donde constaban con la calidad de expedicionarios colonizadores, mientras Flores licitaba otros enganches a través de José Murcia y Martí y cuando todo parecía ir bien y el Coronel Ricardo Wright Montgomery había conseguido los buques El Monarca y El Neptuno de seiscientas toneladas cada uno y el transporte Glenelg a la empresa Baring Hnos., de Londres, que los puso bajo las órdenes del Capitán John Charretie, de la Compañía de las Indias Orientales, sonó el escándalo.
Cuando la prensa inglesa empezó a dar noticias de la expedición, muchos representantes latinoamericanos, se alarmaron ante los preparativos de guerra dirigidos por Flores, protestando ante la Cancillería británica, para pedir que se impidiera la salida de la expedición. Estas gestiones, que se llevaban en el más absoluto secreto, fueron descubiertas en agosto de 1846 por un diario madrileño, el Clamor Público, organizándose una sonada polémica a nivel internacional. Plenipotenciarios de Bolivia, Chile, El Ecuador, Nueva Granada y el Perú se reunieron para condenar la iniciativa, mientras se fortificaban las costas y se movilizaban los ejércitos.
En el Times, de la capital inglesa, se dijo que Wright había iniciado la recluta de 500 irlandeses y que los restantes 1.500 saldrían directamente de España. A más de ello, sonó por esos días otro escándalo relacionado con España, se trataba de la expedición armada del Conde de Montemolín, hijo del Infante Carlos María Isidro de Borbón, para iniciar la segunda Guerra Carlista con la ayuda económica de varios banqueros ingleses y la militar de sus fieles lugartenientes los Generales Cabrera y Zumalacárregui. Todo ello sirvió para mantener por algunas semanas el ambiente en zozobra y los ecos de tales escándalos llegaron al gobierno español que se asustó sobremanera; sin embargo de lo cual, la expedición siguió adelante merced al tesón de Flores con nuevos reclutamientos en los países vascos, Francia, Portugal y la preparación de los voluntarios para que se acostumbraran a las prácticas militares.
“En eso advino, - dice el historiador ecuatoriano Rodolfo Pérez Pimentel-, la protesta formal de los comerciantes ingleses del Comité de la Asociación Sudamericana y Mexicana presidido por J. D. Powles, quien se dirigió a Lord Palmerston indicándole que la recluta bajo el pretexto de inmigración así como la compra de equipo militar y embarque, encubría una intervención directa de la política inglesa con los países sudamericanos”. Ante lo cual Palmerston informó a la Cámara de los Lores del Tesoro, dictaminando el 19 de Noviembre que se pusiera final al reclutamiento de hombres en Irlanda y decretando el secuestro de los dos buques principales de la expedición, dándose por finalizado asunto.
El Gobierno español, tuvo que hacer un desmentido, aduciendo que no tenía ni arte ni parte en los planes del general, aunque Gran Bretaña se valió de la situación creada. Unos buques que se encontraban en el estuario del Támesis, en el que se tenía previsto embarcar los soldados de Flores con destino al Ecuador, fueron embargados por las autoridades británicas, abriendo proceso al mismo tiempo contra el Capitán Richard Wright, comisionado para organizar la escuadra.
Flores que tenía ya pocas posibilidades de realizar su empresa, viajó en Enero de 1.847 a Inglaterra siendo recibido por Lord Palmerston, consiguiendo una orden de devolución y que se dejara sin efecto el juicio militar –Corte Marcial- iniciado contra Wright y su Ayudante el Capitán Sleigh.
De regreso a España pidió en Bayona su pasaporte para ingresar por la frontera, pero el cónsul se lo negó cortésmente y tuvo que instalarse en Burdeos y luego en París, decepcionado por la pérdida de poder político en la Corte. A fines de año salió por Bruselas y el Havre a NewYork con Wright y un sirviente. En Washington quiso ser recibido por el Presidente James Knowk Polk pero éste ni siquiera le contestó su nota. Entonces partió a Caracas dando por terminados sus planes, que habían escandalizado a la América Hispana más de un año.
Los datos que se recogen en el dictamen de 1857, sobre la Comisión de las Cortes Constituyentes de 1854, son reveladores al respecto. Efectivamente existieron inteligencias entre el Excmo. Sr. Duque de Riánsares y el general Flores, relativas a esta expedición; en estas gestiones estaba auxiliado por el Sr. José Antonio Muñoz, hermano de Fernando que suministraba los fondos al efecto.
Si embargo es menester mencionar lo dicho públicamente, a través de los periódicos por D. José Agustín Argüelles, único y legítimo representante del general Flores, en virtud que éste le otorgó en Bayona el 9 de marzo de 1847, y con relación a la supuesta participación en estos sucesos de María Cristina, que dice: es uno de los cargos que se hacen a la Augusta Señora Doña María Cristina de Borbón, el de la supuesta participación en la expedición al Ecuador. Esto, al par que contra la Madre de nuestra reina, envuelve un ataque aún más fuerte contra el desgraciado Flores; y yo no debo callar ante acusaciones tan inmerecidas, máxime cuando a mi calidad de apoderado, reúno la de haber sido la persona que intervino a la par de Flores, en aquella mala dada expedición. Cumple, pues, a mi deber declarar, que ni aquel buscó a la reina Madre, ni menos esta señora le prestó apoyo de ningún género, y aún puedo asegurar que ni de tal asunto le habló jamás; patentizada esta verdad es lo que obligó a Lord Parlmerston a consentir en la devolución de los buques, (el Menorca y el Neptuno), embargados a la sazón en Londres, como resultado de las calumnias que los enemigos de aquel habían propalado.
El general Flores abandonó Europa, salió de París el 30 de Julio 1847, con destino al continente sudamericano.
María Cristina, de nuevo fue la más perjudicada. Es significativo el hecho de que el general Santa Cruz al defenderse, mediante su apoderado, el Dr. José María Fernández de la Hoz, con fecha de 17 de septiembre de 1846, demandando al editor de El Clamor Público, por haberle involucrado en la expedición para invadir Perú, el editor se retractase por no tener pruebas precisas, aceptándose las excusas.
El Duque de Riánsares, en cambio, tuvo que rescatar los buques a través del Embajador español Istúriz, quien logró tomarlos y venderlos a buen precio, recobrando en algo los valores invertidos. Después se entendería personalmente con Buchental y Salamanca, sus banqueros acreedores, a quienes tuvo que pagar una fuerte cantidad tomándola del capital de su Real consorte, que sufrió una fuerte menoscabo.



BIBLIOGRAFÍA

ESPASA CALPE.: Historia de Ecuador.
PÉREZ PIMENTEL, RODOLFO.: Diccionario biográfico de Ecuador.




RUINAS DE UNA ERMITA
en el Municipio de Tres Cantos

Asturquin

En las márgenes del arroyo del Bodonal, en la primera mitad del siglo XX, se levantó adosada a las casas de la Vega del Registrador, una ermita. Como consecuencia del abandono de esta finca en el último tercio del mismo, se inició su deterioro junto a las grandes bodegas de donde se extraía uno de los mejores vinos que se producían en Madrid, y cuyas tinajas aún llegué a ver levantadas.
Llama la atención sus ruinas, y sobre todo, las de su frontispicio hoy caídos sus bloques de granito, diseminados sobre el terreno.
Los canteros de Colmenar que llevaron a cabo el trabajo de sillería, lo hicieron con sumo cuidado y a buen seguro que la fachada de esta ermita poseía una atracción especial en el entorno, donde el ladrillo visto y la piedra conjugaban el conjunto.
Se trataba de una pequeña nave de planta rectangular, de seis metros de ancho por once de largo y una altura de cinco metros en sus muros laterales, sin ninguna ventana al exterior, salvo la que formaba parte de la fachada. Hoy podemos ver aún levantada, una de las esquinas formada por perfectos sillares de iguales dimensiones, perfectamente encastrados, la del lado opuesto cayeron hacia delante, donde permanecen.
En estas dos esquinas, en mampostería de primera, que conformaban los extremos del frontispicio, se aprecian ocho sillares, montados a soga y a tizón diatónico, observándose un ajuste perfecto de unos y otros, y que labrados por las seis caras, logran que se asienten a hueso todos ellos. De ahí que no estén engarzadas con ninguna clase de mortero, asentándose por si solas, aunque si lo hicieran para unirlas a los muros anexos.
El sillar inferior, que soporta toda la carga, hace las funciones de zócalo, mientras el sillar que las corona, se presenta moldeado en su parte externa, formando una cornisa volada sobre la fachada.
Una fachada que presentaba dos huecos. El de la puerta de acceso y el de la ventana lateral, con recercados en piedra tanto del dintel como de las jambas; en los de la ventana, se aprecian las hendiduras donde iban encastrados los marcos de las ventanas, que a su vez albergaban los marcos que sujetaban el cristal.
Por encima del dintel de la puerta, se apoyaba los sillares moldeados y volados que daban continuidad a los que coronaban las esquinas. La nave se cerraba con un entablamento de madera y cubierta de tejas, a dos aguas.
Su estilo no se sujeta a ningún orden arquitectónico clásico, pero es evidente la importancia de su fachada. El mérito corresponde a los canteros de Colmenar que lograron unas piezas dignas de permanecer. No permitir que terminen expoliadas por separado, en manos de quien no tenga la sensibilidad de apreciar la calidad de la obra bien realizada, es uno de los motivos de este trabajo.
Su frontispicio, debía de figurar en el patrimonio artístico y arquitectónico del Municipio de Tres Cantos, como testimonio y homenaje a los canteros colmenareños.
En este estado estaban los restos de la ermita ya en 1997, cuando escribí un artículo en la revista de información local DELTA, enviado a su redacción alertando sobre el peligro que entrañaba su desaparición total a manos del expolio y que consiguió que el director del Grupo literario ENCUENTROS, Don Bartolomé Pinar, se interesara y que sembrara la inquietud entre algunos vecinos, como es el caso del el Sr. Manolo Suarez que publicó una poesia acerca de "si es posible, conveniente o necesario que en Tres Cantos haya ermita y campanario" al cual desde aquí expreso mi agrdecimiento al publicar una nota al pie en la que decía:" Expreso mi reconocimiento a M. Mayorga Noval que en la Revista DELTA, nos invitó a poner la atención en la necesidad de recuperar los escasos restos históricos de Tres Cantos, muy especialmente, "los de la única ermita que existió en este Municipio, de principios de siglo, en lo que se llama La Vega del Registrador, muy cerca de Soto de Viñuelas."
Quizás otro capítulo corresponda a la investigación de su pasado histórico, momentos en que sirviendo de lugar de encuentro de lugareños, acudían a celebrar la misa, y rezar sus oraciones, así como el nombre con la que se conocía. FIN

Wednesday, February 20, 2008

LA SALA DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Durante el tiempo que estuve en el Museo del Ejército, no era extraño, debido a mi destino en el Área de Coordinación, pasar de un extremo a otro del edificio, dejándome llevar por el característico ruido, que algunas de las viejas y medio sueltas losetas de la tercera planta producían a mi paso, del áurea que rodeaba aquel ambiente, entre piezas históricas de todo tipo que siempre llamaban mi atención. Aún llegué a incorporarme al destino cuando el antiguo Museo romántico de la calle Méndez Núñez nº 1, conservaba todas sus salas intactas, según la habían vistos con pocas modificaciones varias generaciones.
Ahora ya fuera de él, conservando en mi retina y en mi ánimo la visión y el influjo de aquel lugar, evoco aquellas postreras jornadas de mi vida militar, recordando la emoción que siempre me causaba atravesar aquellos espacios y de una manera especial, la Sala de la Guerra de la Independencia.
Allí flanqueados por columnas permanecían las urnas funerarias que albergaron lo gloriosos restos de Daoíz y Velarde, encima de sendos catafalcos, trabajados por ebanistas en 1840, en ocasión de su traslado desde la iglesia de San Isidro, hasta le lugar donde se había levantado un obelisco en la plaza de la Lealtad de Madrid.
Su presencia proyectaba hacia el cielo de la Sala, orlado de antiguos escudos heráldicos de las naciones hermanas de Sudamérica, los ecos de aquel dos de mayo de 1808, cuando los franceses invasores pretendieron sacar de España y del Palacio Real a los infantes Antonio Pascual y Francisco de Paula, los últimos que quedaban de la familia real. Las protestas de los madrileños, que de manera instintiva decidieron impedirlo, abordando el carruaje, el relinchar de los caballos encabritados y el llanto disgustado del pequeño Francisco. Las voces ¿Qué se van! ¡Que se los llevan! y el griterío de las gentes que acudían a las puertas del Palacio, en apoyo de sus vecinos.
El color oscurecido de la pintura de las paredes, semejaban una pátina del humo de los cañones de Murat disparando contra el pueblo de Madrid, unido a los primeros gritos de dolor y de sorpresa ante tamaña reacción, el quejido de los heridos y la explosión de rabia de un pueblo que de forma unánime, decidió hacer frente a los disparos de los soldados del ejército napoleónico. Mis pasos reproducían en mi mente las carreras desesperadas hacia la plaza Mayor, en un intento de salvar sus vidas del fuego, al mismo tiempo que gritaban pidiendo armas para combatir la afrenta, mientras otros lanzaban contra los invasores, desde ventanas y balcones, los objetos mas dispares que encontraba en sus hogares.
Las baldosas ennegrecidas de la Sala, reflejaban la sangre derramada de los españoles en sus propias casas, cuando las represalias francesas derribaban sus puertas. Sus desconchados, las huellas de las balas enemigas, después de atravesar los cuerpos acurrucados de mujeres, niños y ancianos.
El estruendo de los cañones franceses enardeciendo los ánimos en la Puerta del Sol y los gritos de rebeldía aunando voluntades dirigiéndose al Palacio, blandiendo toda clase de utensilios de lucha, pues todo valía: palos, bastones, sables, navajas, picas y hachas.
Entre las cuatro paredes del circunstancial mausoleo, resonaban las palabras de Velarde, y su particular y gloriosa aventura: la llegada precipitada a la Junta Superior Económica de Artillería, con el semblante descompuesto, ojos inquietos y brillantes y el semblante encendido, “Hay que batirse. Es fuerza morir. Es preciso batirnos. Es preciso morir”. La llegada de su jefe el comandante Navarro Falcón oyéndole decir: “Mi comandante, vamos a batirnos con los franceses”. Su arrogancia, apartando con desdén la orden que su jefe le dejaba trasmitida por el Gobernador Vera, y su reacción levantándose de la mesa, clavando su mirada al mismo tiempo que exclamaba con rabia: “Si; a batirnos. A batirnos. A batirnos y a morir”.
Las descargas de fusilería, se dejaban oír en las calles aledañas, gentes gritando, cacos de caballos y otra vez la reacción furiosa de un hombre valiente, Velarde exclamaba de nuevo “A morir. A vengar a España”, y su decidida precipitación por las escaleras para coger el fusil, a uno de los ordenanzas. La reacción y vítores entusiastas le acompañaban y ya en la calle, se le unió el pelotón que mandaba Andrés Rovira.
Velarde llegaba a las puertas del Parque de Artillería que se encontraba cerrado, acompañado del delirio que su presencia produjo entre las gentes que se encontraba en sus alrededores. Inmediatamente abrieron las puertas
Las autoritarias palabras de Velarde dirigiéndose al capitán que mandaba las tropas francesas que se encontraban dentro del Parque “Esta usted perdido, si no se oculta con su gente. Entreguen las armas, pues el pueblo va a forzar la entrada y no respondemos, de que sea usted atropellado”, surgieron efecto y aunque el oficial francés mantuvo una inicial, las reiteradas de Velarde diciéndole “No provoque usted la ira del pueblo, ni de lugar a que lo que puede hacer de buen grado haya que ejecutarlo por la fuerza. El tiempo es precioso y urge. Rinda usted las armas sin perder un solo momento”, apoyadas por el clamor procedente de la calle, terminaron por convencerle.
Los pasos reflexivos del capitán Daoíz, después de conversar con Velarde sobre la determinación tomada por éste último, se adivinaban en rededor de los catafalcos de aquella Sala, tratando de reproducir su pequeño paseo por el patio del Parque, mientras era observado en silencio y el ruido ensordecedor del pueblo servía de fondo a la escena.
Y de pronto se detuvo, sacó la espada de su vaina y dirigiéndose a sus compañeros artilleros exclamó: “Las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?”. Velarde le abrazó, desenvainando los demás sus sables. Aún se podían oír el chirrido de las puertas al abrirse y los pasos de las gentes que precipitadamente corrían a coger las armas que habían requisado a las tropas francesas del Parque ahora encerradas en los calabozos, desapareciendo muchos por las calles en busca del francés, otros fueron retenidos por Velarde, organizándolas en escuadras y distribuyéndolas por los balcones de los pisos superiores, disponiéndoles a la defensa.
Se oían las órdenes del capitán Daoíz para colocar tres cañones de a ocho en el patio, otros cuatro para cubrir las cuatro bocacalles y otros dos que quiso mantener de reserva en la entrada principal.
Y me embarga la emoción por momentos evocando a Daoíz proclamando al reunir en el patio a oficiales y artilleros la independencia y libertad de España y la decidida voluntad de quemar hasta el último cartucho en defensa de sus ideales y en particular la del teniente Ruiz, que blandiendo su espada juraba morir con sus compañeros en aras de la libertad de la Patria.
Los ecos de los golpes de las hachas de los gastadores de un batallón francés intentando romper las puertas, parecían aún retumbar en la Sala y los disparos de las gentes que desde las casas trataban de impedirlo.
Y también la voz enérgica y furiosa de Daoíz, que al frente de los cañones gritaba “¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!”, viendo, que la columna enemiga trataba de abrirse paso hacia el interior del depósito, obligando con sus disparos a que huyera aquel batallón Westfalia, a la vez que los vecinos de Madrid, exclamaban esperanzados: “Victoria. Victoria para nosotros”, “Mueran los gabachos”.
Todos ayudaron, los de dentro y los de fuera del Parque a sacar los cañones y emplazarlos en medio de las calles que daban al mismo, al tiempo que por la de San Bernardo aparecían otras fuerzas enemigas, y de nuevo el eco de Daoíz parecía flotar en el ambiente: “Muchachos, no nos precipitemos, dejadlos que se aproximen y así los escarmentaremos mejor”. Los disparos de fusil se entrecruzaban y se esperaba el ataque decisivo de los franceses al Parque.
El teniente Ruíz recibe un primer disparo que le produjo una herida en un brazo, pero después de ser vendado por Pacheco, un guardia de Corps, volvió a ocupar su puesto al frente de los cañones que se le habían confiado, al tiempo que hasta nosotros llega en la Sala su eco: “¡fuego artilleros!”. De inmediato el zumbido de uno de los proyectiles franceses rasga el aire, se dirige hacia el noble soldado, cayendo herido gravemente, siendo recogido por sus compañeros y trasladado a la sala de oficiales, donde se encontraban otros heridos franceses.
Y siguen sonando los ecos, profanando la sala, ahora son franceses, de tambores y trompetas que anunciaban un nuevo ataque en distintas direcciones: “¡Vive l´Empereur!”. Truenos de cañones enemigos, y de nuevo el humo oscureciendo las paredes, al tiempo que las calles se sembraban de cadáveres, mientras el heroísmo de la inmortal Clara del Rey derramaba su sangre combatiendo en ayuda de los heroicos artilleros, al lado de su marido Manuel González Blanco, y sus hijos, Juan, Ceferino y Estanislao de 19,17 y15 años de edad, respectivamente, y Manuela Malasaña, que con tan sólo 17 años, proveía de cartuchos a los combatientes españoles.
Por eso fueron rechazados, una y otra vez, y de nuevo el eco en la Sala del francés: “¡En avant! ¡En avant!”, pronunciadas por el coronel Montholon al mando de la columna en ataque, parecía flotar en el ambiente junto al triunfo definitivo con la toma del Parque. La presencia del capitán Álvarez, que portaba una banderola blanca y corría hacia el Parque, hizo que Daoíz con un toque de corneta, suspendiera el fuego, mientras Velarde proponía al francés, que cesara el combate, caso contrario se reanudaría la defensa.
Montholon se adelantó con tres de sus oficiales, una vez cesado el fuego, con el fin de informarse de la orden que traía el capitán Álvarez del Gobierno, que no era otra que comunicar a los defensores del Parque de la locura que estaban cometiendo con su actitud. En esto estaban los interlocutores cuando uno de los defensores, Mosquera, dio un empujón a uno de los oficiales franceses que habían acompañado a Montholon, derribándole al suelo y cayendo de espaldas, al mismo tiempo que aún el eco de la sala de la Independencia dejaba oír por boca de Mosquera: “Viva Fernando VII”, y el de una bala rasa que disparada por uno de los artilleros, produjo varias bajas entre las filas francesas, huyendo el resto despavoridos y su comandante y oficiales hechos prisioneros por Daoíz.
Creía escuchar los lamentos franceses por las sucesivas derrotas que sufrían sus tropas ante las puertas del Parque y las severas recomendaciones que le hacía el Duque de Berg a su general Lagrange si no conseguía de una vez por todas “el exterminio de los insurrectos”, para seguidamente volver a evocar los ecos de los cañones franceses contra las defensas españolas, ya francamente extenuadas después de más de tres horas de encarnizada lucha y el paso de las botas gabachas formando ahora un sitio que había de ser definitivo.
Intuía la desesperación por la que estaban pasando nuestros héroes, ante la falta de munición y ante la vista de lo que se les venía encima. Una fuerza, de más de dos mil hombres avanzaba al son del redoble de los tambores, que sin embargo no les amedrentó. Sus cañones vomitaban la metralla que iba escaseando hasta el punto que llegaron a utilizar las piedras de chispa. La lucha por evitar el asalto de los franceses se tornaba épica cuando sentía como una bala destrozaba su pierna, mientras se desgañitaba animando a la pelea, viendo como muchos de sus hombres ya habían caído.
Entraban ya los franceses apuntando a los defensores en plena cara, era inevitable la derrota de los españoles. Velarde en un último intento por equilibrar las fuerza fue en busca de los Voluntarios del Estado, consiguiendo que le siguieran pero cuando apareció en la puerta del Parque recibió un balazo en el pecho que le atravesó el corazón.
Daoíz por su parte después de recibir el tiro en la pierna permaneció apoyado en el cañón, sin soltar el sable. Hacia él oficial herido, se dirigió de forma poco caballerosa y humillante, el general Lagrange. No sabía la grandeza de aquel soldado español, que sacando fuerzas de flaqueza hizo frente al ultraje con su sable hiriendo al francés, que sorprendido ante tanta intrepidez gritaba: “Granadiers, à moi, ¡Socours à votre general!”, acudiendo de inmediato, alguno de sus oficiales y granaderos. Se defendió como pudo Daoíz por algunos instantes hasta que recibió un bayonetazo por la espalda, atravesándolo y cayendo herido, aunque aún resistió a la muerte, que se produciría una vez postrado en el lecho de su domicilio.
En aquella Sala de la Guerra de la Independencia del Museo del Ejército, no había mucha iluminación, tal vez las tenues sombras fuese el velo protector a la evocación del héroe Velarde despojado de su uniforme por sus enemigos, cuando le vieron su cuerpo inánime, caído sobre las losetas de la entrada del Parque.
Así murieron los héroes del Parque de Monteleón. El Duque de Berg se daba perfectamente cuenta de que la afrenta que habían presentado los españoles no iba a ser una excepción.
La escultura en bronce del Teniente Ruíz con la espada en alto, como ángel custodio de las sagradas urnas por haber estado en ellas depositadas los restos de su compañeros de gloria, los capitanes Daoíz y Velarde, dejaron, estoy seguro, una huella indeleble en la conciencia de todos aquellos que quisieron evocar en la Sala de Independencia, aquellos acontecimientos.

FIN







.


Bibliografía.
MARRERO, JUAN ANTONIO: Monumentos clave de la Historia de España en el Museo del Ejército. Libro Hobby
PÉREZ GUZMAN, JUAN: Dos de Mayo de 1808. Memorial de Artillería. 1908.

Friday, February 08, 2008

DE DERROTAS Y ESPERANZAS



De que sirve recitar
penas a los cuatro vientos.
De que sirve sepa el mundo
de promesa no doctrinarias
que pretenden remediar.

Aún soñando despierto
y creyendo a pie juntillas
en trabajos y honras,
se buscan dignidades
y bondades de la gente.

Un conjunto
de eslabonadas razones.
Y cuando se abren los ojos
ya demasiado tarde
muy poco ha de quedar.

Poner la carne toda
en asador de la vida
es pan de prójimos próximos
que se atreven, valorando,
entusiasmos y mucha lucha

A veces con las razones
que de nada servirán.
Después con voluntad
manteniendo la esperanza
de perdidas ilusiones, y aún así

Al volver de la derrota
con parte de corazón,
se ha de probar de nuevo
por si es el confundido eres tú
y no otros.

El sostén de la razón
es cuestión importante,
la voluntad de vencer
sin que nada
pueda perturbar los sueños

Sueños ya desterrados
al tomar por amistad
lo que era no mas,
al juntarse por la vida,
encuentros de ocasión

Cierta mi equivocación
erré, erré, y erré
conservé corazón y dignidad
y pensé con esperanza, son los mismos
que aún sigo esperando

Asturquín


Wednesday, January 16, 2008

ANCLAS VARADAS


Anclas varadas
de un tiempo pasado
sumidas, ahora, amontonadas,
en la quietud de la playa.
Recogidas entre restos
de los barcos que atracabais
en recónditos puertos
del Mediterráneo.
Anclas varadas
que en su tiempo
manejaron marineros, pescadores, navegantes
yacéis abrazadas, herrumbradas
dejando pasar el tiempo,
dejando posar la vista
de quien os miramos, admirados.
Anclas varadas
que habéis resistido al tiempo
de la mano de los hombres,
hombres que ya olvidados
partieron para otros mundos,
los mismos que os fundieron
para surcar muchos mares.
Anclas varadas
monstruos, máquinas conjuntadas
en formación perfecta,
cual soldados de hierro
que bajo el sol de las mañanas
y los golpes del mar embravecido
vencéis día a día al mundo.
Anclas varadas
que mordisteis los fondos arenosos,
arañasteis los roquedales más profundas,
presumisteis de fuertes cadenas
sujetasteis las naves contra viento y la marea,
merecéis ahora el descanso, adormecidas,
en la majestad de lo eterno.
Anclas varadas
admiré vuestra paz, envidioso,
vuestra quieta y fraternal compañía
al tiempo que me alejaba,
reflexionando sobre mi efímera vida.
Anclas varadas,
vosotras,
seguiréis acariciadas por la brisa del mar
volveréis a ver el sol,
mientras,
mi paso será olvidado.
Asturquín

Tuesday, January 15, 2008

EPISODIOS PERSONALES

De vivencias paracaidistas, aún percibo el olor de carburante quemado que salía detrás de los motores de hélices en el momento del arranque, en las pistas de despegue del aeropuerto de Alcantarilla, de los “Junkers”, dispuestos en línea y abiertas su puerta lateral de transporte, esperando la llegada de los paracaidistas. Aquello era todo un ritual, que se repetía cada mañana, al área de embarque llegaba los paracaídas, de la sala de plegados y eran dispuestos en filas, el principal debajo y el de emergencia encima. A la hora previstas entrábamos en contacto con ellos, acoplándolos al cuerpo, antes había tenido especial cuidado en colocar la parte baja de las perneras del pantalón por encima de los cordones de las botas, a fin de preservar cualquier enganche en el salto. Tomaba el paracaídas principal y me lo echaba literalmente a la espalda para luego ajustar los tirantes, tanto de hombros como de piernas, el no hacerlo suponía algún contratiempo para mis atributos masculinos, a la hora de la apertura en el aire. Después, tomando del suelo el de emergencia, lo enganchaba a los tirantes del principal por la parte delantera, acariciando de paso la anilla lateral derecha, como si quisiera amaestrarla en caso de tener que hacer uso de ella. Finalmente me colocaba el casco, que ajustaba cuidadosamente apretando el barboquejo, procurando que se moviera lo menos posible. Eso era toda. Ahora había que esperar al mando de la patrulla, encargado de revisar la correcta colocación del equipo, la correcta colocación de la navaja de salto en la muñeca y que extraía el mosquetón de enganche y una parte de la cinta de extracción del paracaídas principal y te lo entregaba, por encima del hombro, en la mano derecha, al mismo tiempo que te daba un toque cariñoso en la parte superior del casco en señal de confirmación de que todo estaba correcto. Con el acostumbrado ruido de fondo de los motores nos acercábamos, en fila, con un paso corto a la formación de los aviones, era el momento de la reflexión, mientras, de vez en cuando, acariciaba la anilla lateral de emergencia, en la cual ponía toda la esperanza, caso de que algo fuera mal. En el trayecto solía sacar un pañuelo de seda especial verde, regalo de mi mujer y que llevaba para estas ocasiones en el bolsillo lateral derecho. El olor a carburante, el ruido del motor lateral derecho y el viento que lanzaba la hélice, acompañaban la subida al avión por la pequeña escalerilla metálica de acceso. Ya dentro, sentado en uno de los asientos laterales, esperábamos el despegue. El avión comenzó a rodar hasta la cabecera de pista, mientras por la ventanilla observaba el fuselaje de las anchas y largas alas, que se movían verticalmente por las pequeñas vibraciones que producían la marcha de los motores y que daba la sensación que se iban a desprender de un momento a otro. El aparato quedó quieto por unos instantes al tiempo que los motores aceleraban, para de inmediato emprender la carrera hacia arriba, mientras la pista se iba separando de mi mirada. En el interior, un cable acerado que corría longitudinalmente por el techo, era comprobado por el jefe de la patrulla, por medio de unos cuantos tirones verticales con sus manos y que había de dirigir el salto. Encima de la puerta de salida dos pilotos, uno rojo y uno verde, señalaban el momento de iniciar el movimiento de los paracaidistas. Durante el tiempo de espera, lo empleaba para quitarme las gafas meterlas en el estuche y colocarlas en el bolsillo lateral izquierdo del pantalón, después comprobaba de nuevo la colocación de la navaja y acariciaba una y otra vez la anilla extractora del paracaídas de pecho. Unos a otros nos mirábamos en silencio, al tiempo que hacíamos movimientos con la barbilla asegurándonos que el casco estaba en posición correcta o simplemente para matar las neuronas que se revelaban, por el lance a las que las estabamos sometiendo. De repente un ruido estridente y seco salía de una chicharra metálica, al tiempo que se encendía el piloto rojo, era la hora de levantarse del asiento, colocarnos unos detrás de otros en fila, de cara a la cabina de los pilotos, al tiempo que enganchábamos el mosquetón en el cable estático. Era la hora de la verdad, de mis “Padrenuestros” aquellos eran los más devotamente rezados. El jefe salto, dispuesto en la salida, después de revisar que el mosquetón estaba perfectamente enganchado, al cable estático, y colocado el pasador de seguridad para que no hubiese ninguna posibilidad de que se soltase, en el momento de la apertura. Quedaban pocos segundos, la espera se hacía interminable, queríamos salir cuantos antes, se enciende el piloto verde. ¡Salta! ¡Salta! ¡Salta!, gritaba el jefe de salto en la puerta, al tiempo que daba una palmada en la espalda, era un movimiento controlado, al mismo tiempo frenético y nervioso. Un salto hacia fuera, al tiempo que lanzaba los dos brazos hacia delante, como tratando de zambullirme en un mar de aire, me hizo descender vertiginosamente durante dos o tres segundos, sentí entonces, una fuerza que retenía la caída y mis piernas se balancearon, como si fuera un muñeco de trapo; comprendí que el paracaídas se había abierto. Debajo de mis pies la campana de uno de mis compañeros, estaba a escasos centímetros, no podría evitarla. Traté de flexionar las piernas, la válvula de escape, en el centro de la campana, me parecía gigantesca, no podía dejar que alguno de mis botas se introdujera en ella, al tiempo que le gritaba, ¡Húndete! ¡Húndete! Si aquello sucedía estabamos perdidos los dos, se enrollarían las telas y las consecuencias podían ser fatales. Afortunadamente, en el último momento, logré que mis glúteos se posaran sobre su seda y mis botas no la tocaran, levantando las piernas, al mismo tiempo que jalaba con mis manos hacia delante en un intento desesperado por alcanzar el borde de ataque y caer de nuevo al vacío con mi paracaídas, ya vaciándose de aire. Estabamos de nuevo volando los dos. La caída fue perfecta, miré al cielo y balbuceé agradecidamente: Gracias Señor. FIN

Tuesday, January 08, 2008



COMPAÑÍA LENENSE ASTURIANA

Por Asturquín)

DATOS PARA LA HISTORIA DE POLA DE LENA

A mediados del siglo XIX, aparecen en Pola de Lena nuevas actividades laborales que van a transformar el Concejo y la vida de sus vecinos, principalmente por el establecimiento de la Compañía Lenense Asturiana, con una fabrica de acero, la fundición de hierros en Villallana y las primeras explotaciones mineras de carbón.
Con fecha de 12 de mayo de 1853, eran nueve los dueños de la Compañía: D. Fabián Jacquet. D. Antonio Alonso de Tejada. D. Mariano de Artega. Dª Margarita de Arteaga, D. Francisco Javier Albert. D. Juan Francisco Villarroya y D. Tomás Castellano, consorcios. D. Cristián Lemmé. D. Luis Carayón. D. Juan Carlos Benjamín Paillete.
Es a partir de este momento, cuando pasa a poder de D. Fernando Muñoz, el Duque de Riánsares y Montmorot, todos los bienes muebles e inmuebles, minas de carbón y de hierro, de la Compañía Lenense Asturiana, después de un primer intento de venta por los antiguos propietarios a un vecino de París, D. Luis Gosse, que no cumplió con los plazos previstos para el pago de las cantidades estipuladas.
Las instalaciones y dependencias que en esta época comprendía la Compañía eran las siguientes. La fábrica, establecida en el sitio de La Barzana, en la parroquia de Villallana, allí se encontraba la casa del director, rodeada de jardines; una carpintería y las dependencias de los operarios, ente ellos el jefe de contabilidad y el contramaestre, así como un almacén. En el edificio de la fábrica se trabajaba con cinco martinetes movidos a vapor, una máquina de aire, también movida por vapor, así como fraguas, hornos de cimentación y demás máquinas destinadas a la fabricación del acero.
Todas estas dependencias fueron fundadas “sobre terrenos de que se dio posesión a la Compañía en virtud de concesión de propiedad y adjudicación hecha en trece de Noviembre de mil ochocientos cuarenta y nueve” hecha por el Jefe político de la provincia de Oviedo por un valor de 238.854, 80. Reales de vellón, que correspondía a los edificios y solares y otros 320.000 R. de vellón, por la maquinaria y las herramientas.
Además la Compañía poseía una caída de agua preparada, de más de cuarenta varas, con la balsa correspondiente, para en ella construir una turbina, que había sido propiedad del Vizconde del Cerro, de las Palmas, valorada en 1846, en 2.026. Reales de vellón.
Formaban parte de la Compañía, las minas de carbón de piedra:
Estrepitosa, Terrible, Unión y Demasía, Confianza, Fabiana, Santa María del Toral, situadas en los términos de Villallana, S. Feliz, Carabanzo y Lena, del Concejo de Pola de Lena.
Olvidada, Examen, Paz, Manola, Trinidad, Mariana, Elvira, Túnel, Cándida, Feliciana, Pepina, Buenafé, Baltasara, Covadonga, Formidable, Escribana Riquela. que estaban radicadas en las parroquias de Mieres, Lada, Villabazal y Cogofal y valoradas estas concesiones de extracción de carbón en 1.422.222 Reales de vellón.
El mineral de hierro era extraído de las siguientes y que se denominaban:
Venera, Francisca, Bartolomea, Vizarrera, Lucila, Hermosa, Magnífica, Asturiana tercera, Tomasa, Alfreda, Carlota, Ynés, Augusta, Almagrera primera, Almagrera segunda, Dolores, que estaban situadas en las cercanías de la Pola de Lena, de Telledo, de San Miguel del Río, Tuysa, Timonales y Villafeliz. Su valor era de 200.000 Reales de vellón.
La totalidad de los terrenos, árboles y servidumbres que poseía la Compañía en aquel año de 1849, fueron adquiridos por los primeros propietarios, por medio de 24 escrituras, a partir de1846. Los vendedores de aquellos terrenos eran: Rosalía Palacios, casada con Lázaro Palacios, vecina de Villallana. María Hevia, viuda y vecina de Villallana. Rosalía Cienfuegos, casada con Fernando Suárez, vecinos de la Hijuela de S. Féliz. Rosalía Fernández, casada con Lázaro González Palacios, vecinos de Villallana. Francisca Miranda casada con Juan González Palacios, de Villallana. José Álvarez de Villallana. Rodrigo Valdés Miranda, vecino de Sotiello. Bernardo García de Villallana. D. Francisco Llanos y Queipo, vecino de la casa de Fresnedo. Francisco Argüelles vecino de Villallana. D. Antonio Cienfuegos, vecino del lugar de Carabanza. D. Benito Sampil, vecino de Villarejo y administrador del Vizconde del Cerro. Felipe Muñoz, vecino de Frecha. D. Martín Bernardo Estrada, vecino de Mieres. Juan Blanco, vecino de Mieres. D. Matías Faez, vecino de Carabanzo. En 1854 se adquirieron los últimos terrenos, antes de pasar a manos de Fernando Muñoz.
El primero de noviembre de1857, el Duque de Riánsares ofreció a D. Fabián Jacquet, y sus representados comprarles la Compañía Lenense Asturiana por valor de 600.000 francos, que fue aceptada el 12 del mismo mes.
A partir de ese momento la administración de la Compañía, en nombre del Duque, sería dirigida primero por el Sr. Fontet y posteriormente por el Sr. Paillete, miembro de la principal familia de antiguos propietarios. El cambio de Director, cuando este último se separó de la Compañía, supuso para el Duque de Riánsares más de un quebradero de cabeza, al ser relevado por el Sr. Aurre, con el que las minas de carbón entraron en una fase de pérdidas y descontrol que no estaba dispuesto a admitir, por lo que nombró a D. Joaquín Fontán, para que en su nombre, recogiese “inmediatamente de manos de quien las detuviere, todas las minas de carbón de piedra [..] con los edificios, caminos de hierro, almacenes y terrenos y demás dependencias de las citadas minas [..] para que exija cuentas de la persona que indebidamente administró las minas, desde el día en que se separó de Asturias el Señor D. Andrés de Paillete [..] para que renueve los empleados, dependientes y obreros que actualmente se hallen ocupados por cuenta de la administración cesante, si no le parece útil su conservación, reemplazándolos en todo o en parte, a su voluntad”
Fernando Muñoz daría plenos poderes al Sr. Fontán, para que administrara la Compañía en su nombre, puesto que él residía en París, en compañía de su esposa la reina María Cristina y sus hijos.
Fuente: Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Tomo:32.017.

Sunday, December 16, 2007

PENSAMIENTO
Asturquín


Sonríe siempre, aún en la amargura; soluciona tus temores, vinieran de donde vinieran, y piensa que si fueron muchos y los desechaste vendrán otros. La sonrisa, es la manera de tender puentes entre orillas opuestas, y pasar sobre ellos suavemente, con paso firme aunque sientas, que aparentemente, te tiemblen las piernas, ella te dará la fuerza interior para cruzar de alguna manera.
No importa lo que piensen los demás, seguro no es lo que piensas tú; tu razón es la mejor, la verdadera, no dejes que te confundan, muchos queriendo o sin querer lo intentarán, sigue firme adelante. No importa que tu sonrisa no logre en el otro respuesta, te mire con menosprecio, o te ponga mala cara, tu corazón te dará la respuesta a las dudas que te infundan.
Y cuando, ya sólo, la desazón te invada, cuando no obtuviste el apoyo que demandabas de alguien que te tendiera la mano, piensa que dentro de ti estas tú, que eres tu mejor amigo, recurre a él y solicítale la ayuda que a buen seguro te la dará, pero antes, ofrece ante el espejo tu mejor sonrisa, verás la recompensa.
En ti está el triunfo, piensa que los demás tienen que cruzar los mismos puentes, recorrer los mismos caminos, pasar bajo la sombra de los mismos árboles; defiéndete pues, con las mejores armas que adornan tu corazón y llegar con honor a la meta, con ellas bien asentadas estimularán la sonrisa y confundirán a quien no las tuviera bruñidas.
Con el tuyo, encontraras otros de virtudes gemelas, otros que las emplean de igual modo, y encontrarás amigos verdaderos que te llaman por tu nombre, que no te vuelven la espalda cuando se cruzan en el puente. Amigos que no esperan que el primer saludo sea el tuyo, amigos que te llaman a su lado.
Es la mejor postura cuando pasas los prados de la vida; te haces bien, y haces bien a quien esta también a tu lado, es el lado de los que te quieren, de los que te rodean. Ten en cuenta que cuando tienes igual respuesta, encuentras el primer eslabón de la cadena que une dos corazones, manténla bien unida y no dejes que se rompa. Pues son las mismas que unen, a quien siente nuestro dolor cuando nos sentimos enfermos, cuando los puentes son muy largos y penosos; son las de los que nos tienden la mano cuando desfallecemos, son en suma, las de quienes nos guardan.
Pero hay aún más, a todos aquellos que no alcancen a que te sientas comprendido, a aquellos que aunque si la tengan comprensión, no lo demuestren, a todos aquellos que se la guarden y a cuantos miran a otro lado, cuando tu vuelo sea bajo, ofréceles también, aún a riesgo, las armas de tu corazón, te sentirás más tranquilo.
Es la sonrisa que yo vi en aquellos, mis amigos verdaderos que hoy están lejos de aquí, cuando atravesaban su último puente, a los que desde aquí pido perdón por no llegar a entenderla, ofrecida en aquel instante, en su última mirada. Ellos me hicieron mas hombre.
Asturquín
LA VIDA DEL DUQUE DE RIÁNSARES

TRÁFICO DE ESCLAVOS

Asturquín

A pesar de que el tráfico de esclavos ya estaba abolido en 1844, su práctica clandestina se mantuvo durante mucho tiempo. España, debido a la necesidad de mano laboral en las plantaciones azucareras en las Antillas, especialmente en Cuba, “se vio obligada” a continuar con estas prácticas fraudulentas.
Para ello se necesitaba invertir cantidades de dinero, que solamente estaba en manos de unos pocos, entre ellos el Duque de Riánsares. Posiblemente, su entrada en estos negocios se debiera a dos aspectos: por un lado el lucrativo negocio, por otro, una imperiosa necesidad de contribuir a salvar los intereses económicos, tanto de la metrópoli, como los de aquella provincia de ultramar.
El 17 de diciembre de 1840, poco después de producirse el ataque a Gallinas, situada entre Sierra Leona, Liberia, y Corisco, por parte de Gran Bretaña, donde las factorías españolas regentadas por negreros, como Pedro Blanco, abastecían de mano de obra a los ingenios azucareros cubanos, propuso a España la firma de nuevos tratados abolicionistas, que suponía el poner en libertad a todos los esclavos llevados a Cuba a partir de 1820.
Tales acuerdos bilaterales, traería consigo una caída en picado tanto de la economía de la isla, como la de la metrópoli, algo así como la perdida de un sobrante de 90.000.000 de reales, que recibía, y unos 200.000.000 derivados del comercio con la Isla. Además, desaparecería su principal mercado de harina, vinos y aceites; del mismo modo, los tejidos de algodón de lino etc.
Consecuencia de todo ello la marina mercante, se vería en una situación penosa. En 1843, Gran Bretaña tuvo apetencias respecto a la isla de Fernando Poo, he incluso pretendía comprar, negándose a ello España, motivo por lo que ésta temiendo su ocupación envió una expedición al mando de Lerena, para investigar que estaba ocurriendo en aquella zona del golfo de Guinea. Una de las misiones encomendadas por el Gobierno fue la de recabar datos sobre la forma en que los ingleses gestionaban el transporte de emancipados, es decir esclavos negros que adquirieron la libertad después de la abolición, desde Sierra Leona hasta Jamaica, pues parece ser que la represión al tráfico de negros, de que tanto alardeaban los ingleses se había convertido, de forma soterrada en aquel establecimiento de Sierra Leona, en un mercado.
Los negros eran sus víctimas propiciatorias, que una vez llegados al lugar eran obligados a tomar un fusil para completar las filas del ejército colonial y a pasar a Jamaica, o cualquiera otra de sus colonias de ultramar, bajo la apariencia de jornaleros contratados por unos años, aunque la realidad era muy diferente, es decir, condenados a tener una vida que no es difícil de imaginar a juzgar por las escenas negativas, entre llantos, gemidos e imprecaciones de hombres mujeres y niños, que se producían al subir en los buques cuando sus “liberadores” les habían de transportar a las colonias.
Esta trampa de ley fue puesta en práctica inmediatamente por los negreros españoles. Así pues ante lo inevitable que suponía la abolición de la esclavitud, no había otra alternativa que practicar la misma política fraudulenta e hipócrita que llevaba a cabo Gran Bretaña.
Una forma de proceder será la adquisición de mano de obra del continente, para una vez nacionalizada en Fernando Poo, deportar posteriormente a las Antillas como fuerza de trabajo contratada. Ïnterin, las factorías de Gallinas, se habían vuelto a abrir a partir de 1846, en manos de los mismos negreros que volvían a abastecer al mismo mercado cubano.
Fue en 1844, cuando el Duque de Riánsares funda en Cuba, "Agustín Sánchez y Cía", constituyéndose el 14 de septiembre, junto a su socio en la Habana, Antonio Parejo. La empresa permaneció abierta, durante aproximadamente cinco años, desapareciendo en diciembre de 1848. La Cía se había constituido como tapadera para ocultar su verdadera actividad que era la de trata de esclavos.
Para ello la empresa llevaba a cabo una serie de actividades relacionadas con obras públicas como era la instalación de gas en la Habana, participaciones en la empresa que llevaba a cabo actividades en el tendido del ferrocarril de Trinidad a Casilda, en la Compañía del acueducto de Trinidad, o en la construcción de almacenes en el puerto de la Habana, donde el Duque de Riánsares aportaba capitales, mientras Parejo aparecía como socio industrial, es decir el administrador y gestor.
Al mismo tiempo, las relaciones de ambos socios se ampliaron con otras empresa de Santiago de Cuba, con ramificaciones en Londres y Madrid. Para llevar a cabo estas actividades negreras, la Compañía hasta el año 1847 utilizó un barco de vapor El Guadalquivir, que desplazaba 900 Tm. perfectamente acondicionado para viajes transoceánicos; posteriormente, los grandes beneficios obligaron a expansionar la sociedad y adquirir, en 1848, dos nuevos buques, El Cetro, de 750 Tm., y El Tridente de 587 Tm., cuyas características eran parecidas al primero, y ambos, habían salido de los astilleros londinenses de Blackwall con un costo total de 2.500.000 reales.
Su compra se gestionó a través de la compañía inglesa "Zulueta y Cía". Isabel II, ayudó económicamente al Duque, con motivo de un convenio al que llegaron Pedro Juan de Zulueta y Riánsares, sobre intereses de éste último en Ultramar.
El Tridente fue el primer buque de vapor que llegó a Puerto Rico al mando de Don Pedro José de Sarbilla, el martes 19 de septiembre de 1848, consignado a la empresa, “I.Guarch y Cía”. En la ímagen "El Pizarro", gemelo de "El Tridente".l
Hay que tener en cuenta, que la isla de Fernando Poo se convertiría en la base preferida del comercio negrero de la casa Zulueta de la Habana. Todo negrero tenía su capitán, el de Julián Zulueta fue Eugenio Viñes. Así se convirtió en socio del mayor negrero de su tiempo, a su vez socio circunstancial de Parejo y el Duque de Riánsares, bien relacionado con los principales traficantes de esclavos de África y con la casa familiar de Zulueta y Cía.
La sociedad "Agustín Sánchez y Cía" a pesar de los beneficios que reportaba, se ve obligada a cerrar. El hecho de que el Duque de Riánsares estuviera involucrado en negocios de tráfico de esclavos no era muy bien visto por el Gobierno de Gran Bretaña, máxime cuando se sabía que estaba asociado con reconocidos negreros, como eran el clan de los Zulueta cuya cabeza, Pedro Juan, había sido ya juzgado por los tribunales británicos en 1843, precisamente por las conexiones, que tenía con los negreros. En las imagenes partidas de bautismo de ambos.
También fue causa de disolución, las diferencias surgidas entre el Duque y su socio Parejo, de quien desconfiaba a causa de la independencia con que llevaba los negocios, y de ahí le exigiese, que para la liquidación de la Compañía respondiese con los bienes de su mujer, Susana. A partir de 1850, Parejo fue tan solo para el Duque un agente coyuntural en sus relaciones comerciales, compartiendo estas gestiones con Claudio Martínez de Pinillos, tercer conde de Villanueva y otros comerciantes de la Habana. Parejo también mantenía contactos con otros negreros, como era por ejemplo Manuel Pastor, Conde de Bagaes, los cuales veían con recelo las importantes influencias que tenía el Duque de Riánsares.
En 1848, se disuelve "Agustín Sánchez y Cía", y a partir de 1850, la trata de esclavos es abandonada casi por completo por el Duque de Riánsares, dedicándose a velar por sus intereses de los capitales invertidos por el matrimonio real, en la empresa "La Gran Azucarera", en Cuba, donde parece ser, que tenían un buen paquete de acciones; a partir de 1862, los intereses de Duque de Riánsares en Cuba fueron en progresiva disminución.
Como contrapunto en esta historia hay un segundo capítulo, ya que revisando la correspondencia del matrimonio Muñoz, encontré cierta documentación que por su valor humano llamó mi atención. Y es que de común acuerdo y seguramente con la iniciativa de María Cristina, decidieron apadrinar a dos negritos de color “de los que acostumbran llevarse a la venta a la isla de Cuba”, corría entonces el año de 1838, cuando aún no estaba en los planes de Riánsares invertir en estos negocios.
Fue el Gobernador de Matanzas, Antonio Buitrago el encargado de escoger a los dos niños, que llegaron a Madrid el 16 de Junio de 1839. Fue encargado de su educación el capellán 2º de la parroquia de S. Antonio de la Florida, D. José Fulleda, hasta que en 1841, María Cristina dispuso que se incorporaran al palacio de la Malmaisón, al mismo tiempo que fueron bautizados, bautizo que se verificó en la iglesia de Roule de París, a cargo de D. Marcos Aniano González, a la sazón Dean de la Habana.
El que tenía mayor edad, de trece a catorce años, nacido en Coriagorama, un lugar de la actual provincia de Gitega, Buga, en Burundi (África), se llamaría Cristino Agustín, José, Antonio, Gaspar, Melchor y Baltasar Buga. El menor, nacido en nacido Gualecongea, del poblado de Dobo en lo que actualmente es Gambia (África), de entre doce y trece años, tomaría los nombres de Fernando, María, Agustín, José Antonio, Gaspar, Melchor y Baltasar Dobo.
La carta en la que se aprecia que la reina María Cristina se interesaba por los dos negritos, merece el interés suficiente como para trascribirla literalmente:
"Habiendo manifestado deseos S.M. de mandar educar dos niños de color de los que acostumbran llevarse a la venta a la Isla de Cuba se hizo encargo de su orden a D. Antonio Buitrago, Gobernador de Matanzas a la sazón (1838) y los envio, llegando a Madrid en 16 de Junio de 1839.
Se hallaban entonces casi en el estado de salvages; pero aun alegres, divertiendoles mucho el ruido de los tambores, sin sorprenderles las cosas que veian en las Reales habitaciones; observandose desde luego que adquirían cierto aire libre en sus maneras como el de los niños blancos.
El Gobernador los habia enviado bajo los nombres de Cristino y Fernando y estos conservaron: el Cristino era mas bajo de cuerpo, mas grueso, color menos aterado, de constitucion robusta, cara ordinaria, facciones pronunciadas como los de su especie y mui reservado: se le advirtio en brebe algun defecto en la vista como de nubes, porque no abria bien los ojos ni mirar derechamente acia el sol ni a la luz artificial; su edad como de once años.
El Fernando mas alto y menos grueso era gris, robusto, buena figura, rostro agradable, ojos hermosos, color aterado fino, mui franco en sus juegos aunque al parecer con menos entendimiento, y su edad seria como de diez años; tambien se observó que padecia de hemorragia pero disfruta de salud. Ignoraban la lengua española y aun parecia que tampoco entendian bien el dialecto que hablaban entre si.
En este estado los recibio D. Jose Fullera capellan 2º Teniente de S. Antonio de la Florida en Madrid para instruirlos en la religion cristiana y dirigir su educacion, que adelantó bastante hasta agosto de 1841, que mando S,M: incorporarlos en su casa y dispuso se bautizaran, como se verificó en 18 de septiembre de dicho año en la iglesia de San Felipe de Roule de Paris por el señor D. Marcos Aniano Gonzalez Dean de la Habana y confesor de S.M. por comision especial del Sr. Arzobispo y fue Madrina S.M. y en su nombre la Srª marquesa de Casa Gaviria y Padrino el Marques del mismo titulo.
Segun consta de las fees de Bautismo adjuntas se les puso por nombre al mayor en edad Cristino [..] y al mas joven Fernando [..]
Los apellidos de Buga y Dobo que se sitan son los nombres por los que se les llamaba en su tierra, segun ellos han dicho, y lo mismo el pueblo del Fernando. París 28 de Septiembre 1841."

FIN


BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:
MATILLA TASCÓN Antonio. La Real Herencia del Duque de Riánsares. M 1982 Pf (Hidalguía). 032-C-498. Biblioteca Facultad Geografía e Historia. Universidad Complutense. Madrid.
BAHAMONDE ÁNGEL y G. CAYUELA José. Entre la Habana, París y Madrid, intereses antillanos y trasvase de capitales de M. Cristina de Borbón y el Duque de Riánsares 1835-1873. Estudios de Historia Social. 500 Aniversario. España y Cuba en el siglo XIX. Sig. P.P. 173. Biblioteca Facultad Geografía e Historia. Universidad Complutense. Madrid.
EL MUNDO. Artículo. Febrero 1931.
GARCÍA CANTOS Dolores. Fernando Poo: Una aventura colonial española en el África Occidental (1778-1900). Universidad de Valencia. 2004.
ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL: Diversos-Titulos-Familias, Leg. 50.Exp.2.