Thursday, April 17, 2008





VESTIGIOS DEL PASADO
del Municipio de Tres Cantos.
Asturquin


Hoy he vuelto a pasear por lugares de nuestro Municipio, que hacia tiempo no visitaba, y, he echado en falta, vestigios de nuestros pasados vecinos, que utilizaron la piedra, como materia prima para labrar comederos para su ganado, piezas entrañables, que podían haber estado protegidas en un museo, y al igual que los formidables pretiles de pozo, alguno de formidable factura, desaparecieron.
Hace algunos años, paseando con, mi recordada perra, "Tilka", tuve la ocasión, de encontrarme con algunos monumentos hechos en piedra, hincadas en tierra tricantina, cruces rústicas, que se erguían en medio de nuestros campos. Aún, en su dureza, una de ellas, no resistió los avatares malévolos de algún desaprensivo, que logró partirla en dos, colocando, la zona del crucero boca abajo. No sin cierto esfuerzo, quise remediar el mal causado y, como pude, uniendo las dos mitades, la restituí a su lugar, no sé, si hoy en día, permanece.....
Recuperarlas, sería positivo, supondría que, tal vez mañana, pudiéramos hablar a nuestros hijos, que un día, antes de alumbrar su ciudad de nacimiento, había en esta tierra, gentes que trabajaban de sol a sol, a la intemperie, en las labores del campo, donde, es ahora su lugar de ocio, y que aquellas cruces eran el testimonio de pasadas desventuras de algunos de ellos, pues su presencia, señalaba el lugar donde habían caído fulminados por el rayo traicionero y no pudieron ser socorridos.
En las gigantescas tinajas, de las bodegas de la Vega del Registrador se elaboraron caldos, que pasaban por ser de los mejores de Madrid, al menos, así me lo contaron hace años, pues los viñedos de las hoy tierras de Tres Cantos, eran de una uva excelente. Tuve ocasión de verlas erguidas majestuosamente, con la firma de su artesano, “Artecha”, y, estas piezas, que pasaron a servir, destrozadas a pedradas, como asiento de un basurero de neumáticos desechados, serán, para la cultura del Municipio.
Sin embargo, experimenté un gran alivio, cuando observé, que la bien labrada fachada de la antigua Ermita de la Vega del Registrador, única de la que se tiene noticia en nuestro Municipio, yacía en tierra, con su sillería desmembrada, y que aparentemente no la faltaba ninguna de sus piezas, por tanto, aún no había sido objeto de deseo. No encontré a nadie que me dijese, como se llamaba esta Ermita, ni tuve ocasión de conocer a nadie, que, desde ella dirigiera sus oraciones al Señor, pero si es cierto, que desde que vi aquellas piedras trabajadas con esmero, sentí la inquietud de verla protegida del expolio.
Quizás, estemos a tiempo de recuperar éstas y otras piezas, y poder mostrar, el día de mañana, a nuestros descendientes. Tenemos en nuestro Municipio, innumerables plazas vacías, y sería gratificante, para sus conciudadanos, ya que no disponemos de un museo arqueológico, verlas dignamente expuestas.

Tuesday, April 15, 2008

ESCLAVOS
Libertad de trabajo en Cuba a los negros de África.

Asturquin

En Cuba, a mediados del siglo XIX, las localidades más importantes, se hallaban comunicadas mediante una red de caminos carreteros. Los distintos recorridos estaban surcados por trenes o paradas de caballería, donde se alquilaban. En ellas prestaban servicio y trabajaban los facultativos veterinarios, y desde hacía varios años se empleaban esclavos con mayor frecuencia, objeto de preocupación por parte de algunas autoridades. Los dueños de las paradas contrataban a personas de color que no estaban facultadas.
Allí donde existían establecimientos veterinarios, se empleaban esclavos venidos de África, no solo en forma rutinaria con que se compraban para cualquier otra tienda, sino que además, en los trenes de caballos de alquiler ejercían su trabajo, como denunciaba el Sudelegado de Veterinaria del Gobierno de la Isla en “la ciencia médico – quirúrgica - veterinaria” sin tener titularidad alguna.
En Cuba, en el año 1845, existían 82 establecimientos veterinarios de los cuales 22 se encontraban en La Habana y sus alrededores, a su servicio se encontraban como auxiliares mancebos blancos, ejerciendo como herreros, al parecer en número insuficiente dada la contratación de negros en ellos, por parte de algunos dueños tanto de los establecimientos veterinarios como de las paradas de caballos,.
Las autoridades presentaron denuncias al Gobernador de la isla, a la sazón D. Leopoldo O´Donell, con la pretensión de que se controlara este intrusismo, y se prohibiera el trabajo de herrar y de auxiliar en las prácticas veterinarias, a los esclavos negros. Alegaban las autoridades del Ramo de Cuba, que no solamente envilecía la profesión, por no proceder de la escuela de veterinaria y por tanto no habérseles exigido las pruebas de limpieza de sangre, sino que además ponían en peligro al Gobierno y traer funestos resultados para la seguridad de la isla.
Desde luego estaba generalizado el trabajo de personas de color tanto en los establecimientos de albeitería con en los de herrar, por lo que estaban en condiciones de formar sociedades, pensando por ello que no estaba lejos el día en que se pusieran en franca oposición a los blancos.
Si embargo no todos pensaban de la misma manera el rechazo a estos planteamientos llegaban desde la Corten de España, rebatiendo los enunciados:
La esclavos negros no hacían otra cosa que preparar las herraduras y ponerlas a los animales, bajo la responsabilidad del maestro herrador. La mayor parte de las herraduras y clavos que se gastan en Cuba, se forjan en las fraguas que tienen los maestros herradores.
Para adobar dichos artículos, tan solo es necesario personas auxiliares que supieran manejar el martillo de herrar y el pujabante; si queda bien o mal despalmado un casco; si la herradura se sentó o no como corresponde y si los calvos están bien o mal colocados.
Por otra parte, los blancos que llevaban sus bestias a herrar, tenían a menos sujetar las patas mientras se las herraba y cuando se trataba de bueyes o caballerías falsas e inquietas, era necesario suspenderlas en potros a propósito o tenderlas en el suelo, cosas que exigían fuerza y una especie de trabajo, al que no se prestaba la clase blanca.
Es más, cuando se trataba de operaciones quirúrgicas que ejecutaban los profesores y singularmente para los botones de fuego, se tenía que disponer de manos auxiliares que les acercaran los instrumentos, que les prepararan la fragua, la piedra de afilar y por último cuidasen de los animales que se encontraban enfermos en la albeitería.
Todas estas fueron suficientes razones como para que la reina, notificara al Capitán General, O´Donell, a través de la Dirección del Gobierno con fecha 27 de Noviembre de 1847:
“Enterada la Reina de la carta documentada por V.E.. núm. 750, relativa a las quejas producidas por el Subdelegado de Veterinaria, de esas islas, contra D. Juan Labardesca, albeitar en Santiago de Cuba, y sobre que no les permitiese a los albeitares examinados tener en sus establecimientos, en clase de mancebos, a personas de color; se ha servido S:M., aprobar, lo resuelto por V.E. tanto respecto a la prohibición impuesta a Labaardesca para ejercer aquella profesión, por carecer del título correspondiente, cuanto a la negativa a la reclamación del citado Subdelegado, para que se impidiera a los profesores servirse de personas de color, como auxiliares en las operaciones mecánicas de su oficio. De Real Orden lo comunico a VE para su inteligencia y efectos correspondientes. Dios.” FIN

Fuente: ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL, Queja del Subdelegado de veterinaria por intrusismo en la profesión. Ultramar 21, Exp 1PARES.

Monday, April 14, 2008

ESCLAVOS

Rebelión y conspiración en Puerto Rico.
Asturquin
A mediados del siglo XIX, en las colonias de Ultramar, la principal riqueza era la agricultura que se explotaba en grandes haciendas, cuyos dueños mantenían un número considerable de esclavos, para sacar adelante sus cosechas. Estos dueños no trataban a sus esclavos negros con la debida atención; era mercancía que se podía comprar y vender, y a los cuales trataban a veces de manera cruel y despótica.
El mal trato de los dueños de las haciendas solía ser el móvil principal de las revueltas, más que las maquinaciones de los agentes de las islas vecinas.
Al mismo tiempo llegaban a las haciendas, cuando ya la trata de negros se había abolido, de muy diferentes maneras. Muchos de ellos estaban de forma ilegal, procedentes del contrabando entre las islas; otros por haberse escapado de la presión de sus dueños.
El Comandante Militar local de Guayanilla, a la sazón el teniente coronel graduado D. Manuel Marcano se expresaba al referirse a los negros esclavos “esta raza enemiga que por una necesidad imperiosa, aunque lamentable, nos vemos precisados a nutrir y conservar entre nosotros, maquina a todas horas, y acecha el momento de devorarnos porque cuenta con un asilo seguro en una isla vecina a donde pueden trasladarse en pocas horas sin temor a ser sorprendidos”
Los abolicionistas pregonaban la emancipación total de los esclavos y la chispa de la revolución rondaba en la cabeza de muchos de ellos, mientras, las autoridades de las islas dictaban normas de actuación para impedirlo.
Ideas que las autoridades de Puerto Rico no querían que cundieran entre los negros esclavos de las haciendas, con el fin de evitar que algún día quisieran salir de su esclavitud, poniendo en peligro su seguridad. En el continente ya los negros tenían la misma consideración que los blancos y por otra parte tan solo un pequeño estrecho medía entre la punta Oeste de Puerto Rico y la de Santo Domingo, pudiéndose atravesar en cualquier bote y en pocas horas.
De ahí que se extremaran las precauciones y la vigilancia en las playas, para que no se introdujeran en la isla personas cuyas ideas fueran sospechosas, a sabiendas que arraigarían rápidamente entre los esclavos negros puertorriqueños.
Ya en 1837 los negros esclavos habían protagonizado algunos actos sospechosos de conspiración contra las haciendas, como el intento de huidas por un grupo de seis que en la noche del 5 de mayo, a bordo de un bote se hicieron a la mar, llevando consigo algunas pertenencias, como un tarro de cristal lleno de pólvora, un saquito con piedras de chispa, balas y metralla y algún fardo de ropa y sombreros de paja.
Habían sido delatados por los negros Juan Chiquito y Tomás, que al parecer no secundaron su acción, esclavos al servicio de la hacienda de D. Tomás Fernández. El Reten del ejército que custodiaba las playas les avistó, por lo que se arrojaron al agua y fueron detenidos. El juez de San Germán dio por sobreseído el caso, con la única condición que sus dueños pagaran las costas del proceso y advirtiéndoles que en adelante vigilaran con más rigor la salida de sus esclavos a horas intempestivas, tal y como se decía en el Reglamento de Esclavos.
Otros protagonizaron altercados tendentes a sembrar el terror entre los blancos, por estos mismos años, es el caso de los esclavos negros Andrés, Simón y Tomás, que lo eran de sus dueños respectivos: D. José Eusebio Rivero; D. Silvester Lataneni y D. Sinforiano Bracety. En este caso intentaron incendiar el pueblo de Mayaguez, atacar a la casa del rey, es decir al cuartel y robar las armas. Simón y Tomás, fueron condenados a seis años de presidio en el correccional de la Puntilla de la capital San Juan, mientras el tercero cumplió la pena en Mayaguez. Después de cumplir la condena habrían de ser enajenados por fuera de la isla
En Puerto Rico, toda suerte de delitos de esclavos contra sus dueños, estaba bajo la jurisdicción ordinaria, sin embrago, los procesos se alargaban en demasía. Los delitos por causa de rebelión iban en aumento y es por ello que en tiempos del Gobernado Santiago Méndez Vigo, hubo intentos por parte de las autoridades de juzgar en consejo de guerra a los protagonistas de una de estas revueltas con resultado de muerte.
En septiembre de 1840 fueron procesados en Puerto Rico, varios negros esclavos, que trabajaban en las Haciendas del pueblo de Guayanilla, en el partido de Ponce, por haber protagonizado una conspiración o levantamiento, a fin de robar y dar muerte a los blancos, para después embarcar en una goleta que estaba fondeada en el puerto y trasladarse en ella a la isla de Santo Domingo, cuyos negros se habían emancipado.
Es difícil tratar de averiguar las causas exactas de esta revuelta, que protagonizaron 19 negros esclavos, puesto que a tenor de las conclusiones que de la parte del expediente que hoy se conoce, en este caso no fue precisamente una revuelta que estuviese planeada desde el exterior de la isla, como temían las autoridades de Puerto Rico, ni parece ser que tampoco recibieron armas. Lo cierto es que durante el levantamiento fueron atacadas las haciendas de algunos dueños, y fue asesinado D. Hipólito Adrián José Lecami, vecino del pueblo de Aibonito.
Las penas fueron muy rigurosas con los cabecillas, dos de los esclavos negros fueron condenados a la pena de 6 años de presidio y a la de 50 azotes por mano del verdugo; seis, a la de 25 azotes y después entregados a sus dueños para que fueran ocupados en los trabajos mas duros de sus haciendas, con grilletes y encadenados por espacio de dos años. El resto fue compurgado, hasta un total de diecinueve. FIN
Fuente: Aplicación juicio ordinario o militar esclavos conspiradores Ultramar, 2021.Exp.14. PARES http://pares.mcu.es/

Tuesday, April 08, 2008

CONTRABANDO DE ESCLAVOS

En el siglo XIX, en las islas españolas de Ultramar le principal recurso era la agricultura, para la que se necesitaba mucha mano de abra, principalmente negra y por tanto muy demandada por los dueños de las tierras, pero a partir de 1835, el tráfico de esclavos procedentes principalmente de las costas africanas, quedaba prohibido, de ahí que surgieran muchas dificultades para sostener las cosechas de las haciendas y de los ingenios azucareros.
Sin embargo, derivado de estas dificultades surgió el contrabando de esclavos entre las colonias, con el fin de dar satisfacción a los colonos en sostenimiento de sus cosechas.
Muchos propietarios que se dedicaban a la agricultura, tenían esclavos pero que habían sido introducidos en las islas de manera fraudulenta a partir de tratado y las autoridades de las colonias tenían serias dificultades para controlar esta situación.
Era de sobra sabido que la trata de negros de África estaba prohibida. Las sociedades abolicionistas no descansaban, pues aparte de las reclamaciones a tenor del tratado de Inglaterra, propagaban la emancipación universal de la esclavitud, sin reparar en cualquier medio, e incluso llegando a las armas.
El gobierno de la Metrópoli, en los años posteriores a dicho tratado no había dispuesto en concreto normas específicas, dejando de algún modo transcurrir el tiempo, ya que la disminución de la agricultura suponía un retroceso para las arcas del Estado, por otra las autoridades militares de las islas, por decirlo de alguna manera, hacían la vista gorda, es decir había una cierta permisividad que las autoridades querían solventar de algún modo dándoles un tinte de legalidad.
Los dueños de las tierras, que conseguían negros de contrabando, vivían en la cuerda floja puesto que estaban pendientes que en cualquier momento fueran sancionados puesto que, no solamente tenían conocimiento de los tratados en contra de la trata y el tráfico de esclavos estaba prohibido, sino que contrabandeaban con ellos. En cualquier momento estaban expuestos a que la hacienda se los decomisaran.
El estado de la cuestión es que las normas no estaban muy claras, o al menos no las querían ver claras, tanto por parte de las autoridades como por parte de los dueños de las tierras, produciéndose la paradoja de que los agricultores llegaron a exigir al gobierno que consintieran en que se amparase y protegiese la esclavitud. Se llegaba a tolerar e incluso a consentir que se introdujeran esclavos de forma fraudulenta, con los procedentes de las costas africanas, entre las colonias, aunque se tomaban medidas más rigurosas con aquellos que se pudiesen introducir en contra de los que expresamente establecían los tratados con Inglaterra.
Las autoridades tanto de Puerto Rico como de Cuba y Filipinas, no acertaban a conseguir la fórmula con que atajar este estado de cosas y legalizar estas situaciones. Las primeras iniciativas vinieron de mano del Capitán General de Puerto Rico, D. Santiago Méndez Vigo, Gobernador de Puerto Rico entre 1841 y 1844, en vista de las numerosas reclamaciones que tanto a él como a la Intendencia, bajo la responsabilidad de D. Antonio María del Valle, les llegaban contra los dueños de las plantaciones, por tener en ellas esclavos introducidos clandestinamente, y que no pagaban por tanto ningún derecho por ellos, ya que caso de hacerlo se pondrían en evidencia.
El Capitán General, con el fin de poner alguna situación celebró una conferencia con el responsable de la Intendencia de Puerto Rico, en la que acordaron enviar circulares a los dueños de las plantaciones, conminando a todos aquellos que fuesen dueños de esclavos clandestinos, que los registrasen oficialmente, y a los que dieron un plazo de 40 días para formalizar la situación mediante el pago de los derechos simples de introducción, dándoles el resguardo correspondiente. Legalizados así podían permanecer en las islas, sin perjuicio de las reclamaciones que pudieran ocurrir, y siempre que los alcaldes justificasen que los individuos de esta forma oficializados observasen buena conducta.
En estas circulares se especificaba que los esclavos que fuesen de carácter rebelde, no podían de ningún modo permanecer en las colonias españolas de ultramar, por lo tanto debían de salir de las islas, o venderlos fuera de ellas. Si los dueños, no cumplieran con estos requisitos, serían las mismas autoridades las encargadas de expulsarlos de las islas y los gastos de este traslado correrían a cargo de los dueños.
Las autoridades pretendían con estas medidas acabar de una manera definitiva con el contrabando clandestino de esclavos, ya que una vez regulada la situación aquellos dueños que trataran de introducir esclavos de manera fraudulenta, sufrirían una multa de 100 pesos por cada esclavo introducido, más 50 pesos que tenían que pagar al delator, aparte de tener que correr con los gastos de extraerlo de la isla, en el plazo de diez días.
Para llevar a cabo la expulsión y la multa correspondiente, tan solo bastaba la declaración de ambos: dueño y negro y que el primero no tuviese el reguardo del segundo, de estar debidamente registrado.
Se consideraba que había esclavos de tres categorías: Los extranjeros que se habían fugado o bien habían sido arrojados de otras colonias, bien por ser mala gente, viciosos o rebeldes. Los que habían sido robados de otras islas, por contrabandistas, y motivo de reclamaciones, y los bozales que algunos comerciantes extranjeros solían proporcionar en pequeñas partidas.
Los primeros eran, aquellos que las autoridades consideraban que no debían permanecer en las islas españolas bajo ningún motivo, por el perjuicio que ocasionaban con su mal ejemplo y ser un peligro añadido.
Los segundos podían ser reclamados en cualquier momento por sus verdaderos dueños en otras colonias, con ellos a la hora de registrarlos había que hacerse con mucha cautela, pues siempre estaba presente la posibilidad de que aquellos conociesen el nuevo paradero.
Con los bozales no había mayores inconvenientes, puesto que eran los elementos fundamentales de sostenimiento de la agricultura.
Sin embargo con todo ello siempre que se tratara de normativas con respecto a los esclavos, era un asunto muy delicado, tanto que las normas que querían implantar tanto el Capitán General como el Intendente al respecto, no era un tema baladí. Las medidas fueron puestas a disposición de la Junta Consultiva de Ultramar a fin de que se emitiese un dictamen y se informase a los Ministros respectivos, sirviendo de manera definitiva como norma de actuación.
No era la primera vez que las autoridades de las colonias habían tomado iniciativas, sin el previo conocimiento y autorización del Gobierno de la Metrópoli, por ello, las medidas que habían adoptado tanto por el Capitán General como el responsable de al Intendencia, fueron o0bjeto de muchos recelos.
Esta Junta de Ultramar había llegado a la conclusión de que los únicos motivos para implantar ciertas medidas no eran más que para aumentar los productos de la Hacienda, y que de una manera solapada se autorizaba un tráfico prohibido por los tratados de 1817 y 1835, por las leyes de Indias y por otras reales ordenes, debido en parte a un celo imprudente por los intereses de aquella y se ejecutaban acciones antes de haber sido aprobadas.
La Junta se basaba para llegar a este dictamen, en que en una carta del Intendente, en la que se constataba la práctica de admitir denuncias de negros que se introducían de las colonias extranjeras, sin haberse satisfecho el derecho impuesto en el artículo 7º del acuerdo de aquellas autoridades de 24 de enero de 1816, en cumplimiento de la real Cédula de 10 de agosto de 1815.
Pero es el caso que el tráfico estaba prohibido desde las costas de África por el tratado de Inglaterra de 27 de septiembre de 1817, por lo tanto no era posible que llegasen esclavos a partir de esta fecha a las colonias de Ultramar, y menos que se dieran permisos de autoridades para hacerlo.
Por lo tanto no tenía sentido cobrar derechos de esclavos cuando estaba prohibido el comercio y aún con mas severidad por el tratado de 28 de junio de 1835.
La Junta no llegaba a comprender, como con el fin de aumentar la Hacienda, se había consentido por parte de las autoridades denuncias de negros esclavos introducidos furtivamente, en contradicción con las Leyes de Indias y reales órdenes, puesto que, todas habían de haber sido expelidos de las islas, aun cuando la ignorancia de estas ordenes ya antiguas, salvasen a los compradores de la pena correspondiente a su infracción. No se entendía como no se expresaron cuando se elaboraron los tratados de 1815 y 1835, y ponían de este modo en compromisos al Gobierno de la Metrópoli, en cuanto a reclamaciones para su observancia. España firma con Inglaterra un tratado internacional mediante el cual se comprometía a suprimir la trata y abolir la esclavitud en un plazo de tres años. El acuerdo sin provisiones específicas quedó únicamente en expresión diplomática.
Como consecuencia del dictamen, se instaba tanto al Capitán General como al Intendente que se procediese de inmediato a expulsar de las islas a todo esclavo que pudiera proceder de colonias inglesas, puesto que habiéndoles, no habían de estar en ellas sino a causa de haber sido robados y llevado a vender las islas, quedado prohibido que se comprasen negros de estos orígenes.
El Gobierno, al mismo tiempo que instaba a aquellas mismas autoridades ultramarinas, que cesasen las prácticas que ellas mismas habían establecido, proponía que para paliar la falta de mano de obra en la agricultura se adoptasen otras medidas con visos de legalidad, por decirlo de alguna manera y les ofrecía una posibilidad, de ahí la ambigüedad con que se trataban estos asuntos en aquellos años, llevando a la práctica las llevadas a cabo por la autoridades inglesas.
El Gobierno de la Metrópoli, sabía que el 15 de febrero de 1841, Mr. Barclay, autorizado por el gobierno inglés, había salido del Támesis con tres buques para llevar de Sierra Leona a Jamaica tres cargamentos de negros, ajustados por 14 años, para cultivar las haciendas de aquella isla, y que estas expediciones habían sido repetidas, a pesar de las protestas al Ministro de las Colonias por parte de las Sociedades Abolicionistas.
El Gobierno autorizaba a los Capitanes Generales de las islas para que concedieran permisos a sus habitantes, para que pudieran dirigirse a la costa de África, como hacían los de Jamaica, a fin de contratar a negros y llevarlos a sus haciendas a trabajar por el tiempo que creyesen conveniente, observando en su conducción las mismas reglas con que los contrataban los ingleses, así como su estancia en las islas, y que al terminar las circunstancias de contratación fueran reembarcados, para su país de origen, a los que voluntariamente quisieran regresar.
El Gobierno aconsejaba que antes de iniciar estas prácticas, se informaran de cómo las llevaban a cabo los ingleses de Jamaica, e incluso recomendaba al Embajador Plenipotenciario en Londres recabar información sobre aspectos de la cuestión. Esta forma de proceder sería la única factible para de tener brazos para la agricultura, sin que Inglaterra pusiera impedimento alguno, por ser ella misma la impulsora de estas prácticas.
Nada de esto finalmente prosperó, puesto que se ordenaba por ley sancionada por S. M la reina Isabel II, en marzo de 1845, cerrar el expediente a que dieron lugar las autoridades de Puerto Rico. FIN

Fuente: Disposiciones para evitar la introducción ilegal de esclavos. Ultramar,1071,Exp.4 Archivo Histórico Nacional. Madrid

Saturday, March 29, 2008

UN HÉROE DE MADRID: ELOY GONZALO

Eloy Gonzalo fue un niño al que abandonaron en la puerta de una inclusa que se encontraba, a mediados del siglo XIX, en la madrileña calle de Mesón de Paredes, y que entre su ropita apareció una nota, en la que se leía el día que había nacido, el primero de diciembre de 1868, y que no había recibido el bautismo. También en ella aparecía el nombre de su madre, natural de Peñafiel y que era soltera. Rogaba así mismo, que cuando se le bautizara le pusieran el nombre de Eloy, por ser el día del santo en que nació, junto a sus dos apellidos: Gonzalo García.
Pasados nueve días, fue adoptado por Francisco Reyes, Guardia Civil, y su esposa Braulia Miguel, a la sazón destinado en la provincia de Ávila, en el puesto de San Bartolomé de Pinares, y posteriormente en Chavela y en Chapinerías, donde pasó Eloy su niñez y adolescencia. Llamado a filas, a los 21 años se encontraba realizando el servicio militar en el Regimiento de Dragones de Lusitania número 12. Ascendiendo a cabo, pasó a ser destinado al Cuerpo de Carabineros del Reino.
Eloy estaba en trance de contraer matrimonio, y había solicitado el permiso correspondiente, pero enterado de que su novia entablaba relaciones amorosas con el teniente de su Compañía, llevado por los celos y heridos sus sentimientos, parece que embriagado, desobedeció las ordenes de su superior y más aún le amenazó arma en mano, por lo que fue sometido a un Consejo de Guerra, iniciándose el mismo, el 19 de febrero de 1894; se le condenó el 25 de abril de 1894, a doce años de prisión militar mayor y accesorias de terminar el resto de su periodo militar en el Cuerpo Disciplinario, ingresando en el Presidio Militar de Valladolid.
Pena que no llegaría a cumplir, pues al poco, aparecería un Decreto Real de fecha 25 de agosto de 1895, publicado en la Gaceta nº 239, en el que se disponía que todos aquellos condenados por Tribunales Militares se les pondría en libertad, siempre y cuando se alistaran en los cuerpos expedicionarios de Ultramar para defender nuestras colonias. Eloy se acogió al mismo y el 25 de noviembre de 1895 embarca en La Coruña con destino a Cuba, siendo encuadrado en la primera Compañía del primer Batallón del Regimiento de Infantería María Cristina número 63, pasando a cumplir el servicio a la plaza de Puerto Rico.
Fue en esta situación, ya habiendo protagonizada alguna acción audaz contra los insurrectos, cuando realizó la acción heroica que le catapultaría a la fama. Su coraje le comprometían a realizar aquellas acciones audaces y valientes. Así se comportaba uno de los más queridos héroes del pueblo de Madrid, que venera su recuerdo cuando posan su vista en la escultura del gallardo soldado.
El 26 de septiembre de 1896, más de cinco mil infantes según unos autores, más de tres dicen otros, apoyados por caballería, al mando de los jefes cubanos, Máximo Gómez y Calixto García atacaban y asediaban hasta cercarla una pequeña población del departamento de Camagüey, no lejos de Puerto Rico, y de nombre Cascorro.
Ese día, la situación se hacía insostenible para aquel puñado de españoles que la defendían, ciento setenta, al mando del capitán Francisco Neila. Como única alternativa, para romper el asedio, estaba el volar una casa, desde la que el enemigo hostigaba con sus fuegos el principal frente de los españoles.
Para ello se presentaron varios voluntarios, sin embargo tenía que ser el arrojo de Eloy Gonzalo, que alegando ser huérfano y no tener ningún compromiso familiar, el que fuese elegido para llevar a cabo la arriesgada misión.
Unicamente pidió que le ataran una cuerda a la cintura, en la seguridad que aquello le costaría la vida y no quería por ningún motivo que su cuerpo quedara en manos de los mambises .
“la espera fue corta. Dando un pequeño rodeo, agazapado entre las matas como reptil, aprovechando las desigualdades del terreno logró burlar la vigilancia de los centinelas enemigos. No había transcurrido media hora, cuando una formidable explosión anunciaba que el propósito había sido cumplido. Efectivamente, el baluarte enemigo había sido volado; al mismo tiempo, fueron incendiadas las casa inmediatas en las que se había parapetado los enemigos y sus ocupantes tuvieron que huir, dejando de hostigar a nuestros soldados”
Finalmente, a los pocos días, aquel puñado de hombres que defendían la posición de Cascorro, fue liberado por una columna española, al mando del general Adolfo Jiménez Castellanos.
A Eloy Gonzalo, le fue concedida por tal acción heroica la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, con una pensión de 7.% pesetas con carácter vitalicio. Sin embargo no pudo el héroe de Madrid gozar mucho tiempo de su suerte, ya que como muchos de sus compañeros, sucumbiría a consecuencia de las enfermedades tropicales, muriendo de “heneterecolitis ulcerosa” en el Hospital Militar de Matanzas.
Hoy sus reposan en un mausoleo situado en el cementerio de la Almudena de Madrid, junto a los de otros compañeros que murieron en Cuba y Filipinas.
En su honor se levantó una estatua en Madird, en la plaza que estaba dedicada a Nicolás Salmerón, pero por ser tan popular, los madrileños, pasaron a denominarla plaza de Cascorro, en la cabecera de El Rastro, viéndose obligado el Ayuntamiento. en 1913, a cambiarla de nombre con el que se la conoce hasta la fecha. La escultura en bronce, del soldado en actitud aguerrida, es obra de Aniceto Marinas. Su altura de 2.30 metros, fue donada la pueblo de Madrid por el Ministerio de Guerra. Se presenta uniformado con el traje de rayadillo, sobre el hombro derecho cuelga el fusil Mauser con bayoneta calada, portando en la mano diestra una tea con la que incendió la casa y bajo el brazo izquierdo una lata de petróleo, y que sujeta con la mano, se puede apreciar la cuerda que continúa abrazada a su cuerpo.
El pedestal, obra de José López Sallaberry, lo forman tres escaños de granito, sobre ellos va un cuadro de mármol anaranjado y un rectángulo de piedra blanca labrada con recuadros de mármol gris, en su frente se lee: “El Ayuntamiento de Madrid a Eloy Gonzalo, 1901″; en el dorso: “ Cascorro 1897″; en los laterales se ve el Escudo de Madrid con adornos de bronce. Rodeando el conjunto una verja de hierro forjado.
Fue inaugurada por Alfonso XIII el día 5 de mayo de 1902, a las cinco de la tarde, dando guardia de honor al monumento una compañía de Alabarderos y otra de Cazadores, también formaron un grupo de milicianos veteranos y un grupo de bomberos. D. Alberto Aguilera, a la sazón, estaba al frente del Ayuntamiento de la capital de España. También con una calle, la de Eloy Gonzalo, Madrid le rinde homenaje.
FIN.

Bibliografía:

OTERINO CERVELLO, Armando: El héroe de Cascorro. Revista estudios Históricos de la Guardia Civil.
MARRRERO. Juan Antonio: Momentos clave de la Historia de España en el Museo del Ejército.
DE LA SEN, Gonzalo: Eloy Gonzalo “Cascorro”. Amigos del Foro Cultural de Madrid.

fotos: (1ª) Monumento en la plaza de Cascorro.
(2ª) Busto de Eloy Gonzalo, en bronce. Museo del Ejército.
(3ª) Foto de Eloy Gonzalo. Enciclopedia Espasa Calpe.

Thursday, March 20, 2008

LA VIDA DEL DUQUE DE RIÁNSARES


La expedición al Ecuador del General Flores



Asturquin.


Esta rocambolesca historia esta íntimamente unida a una etapa de la vida del Duque de Riánsares y la relación que tuvo con el general D. Juan José Flores, primer presidente que fue de la República del Ecuador.
Nació el Duque en Tarancón, España, en mayo de 1.808 y fue bautizado con los nombres de Agustín Fernando. Ingresó en la Guardia de Corps formando parte de la escolta asignada a la Reina María Cristina de Borbón, con la que contrajo matrimonio y con la que tuvo ocho hijos, constituyente el rey consorte.
D. Juan José Flores, nació en Puerto Cabello, Venezuela, el 19 de julio de 1800, murió frente a Puná a los 63 años el 1 de octubre de 1864, su infancia fue pobre y desvalida; era hijo de un comerciante vizcaíno D. Juan José Aramburu y una criolla venezolana llamada Rita Flores de la que tomó su apellido al nacer. Llegó en su carrera militar al generalato en 1826, siendo de la mayor confianza de Simón Bolivar, llegando a ser Gobernador de la Provincia de Pasto y Comandante general del departamento del Sur, nombre que se dio al Ecuador dentro de la Gran Colombia. Casó en Ecuador en 1824, con una joven mujer aristocrática, apenas tenía trece años, natural de Quito. Mercedes Jijón y Vivanco, convirtiéndose en un acaudalado terrateniente. Cuando Ecuador obtuvo la independencia fue nombrado el 14 de agosto de 1830, Presidente, primero de la recién creada república, siendo sustituido por Vicente Rocafuerte, volviendo a la presidencia después de cuatro años pero tuvo que afrontar una revolución nacional que estalló en Guayaquíl, en marzo de 1845..
No pudiendo hacerse cargo de la situación tuvo que marchar al exilio, trasladándose a Europa, visitando Gran Bretaña y Francia, con el objeto de regresar al Ecuador y recuperar el poder que había perdido, proponiendo una expedición e implantar una monarquía, ofreciendo la Corona a un príncipe. Ni una ni otra nación, a pesar de los honores que le dispensaron, le dieron crédito para la realización de tales ideas.
En París donde le recibió en Audiencia Especial el Rey Luis Felipe de Orleans, le aconsejó que partiera a la corte de Nápoles, donde gobernaban los Reyes Francisco I y María Isabel de España, hermana de María Cristina. En esta ciudad italiana conoció al embajador español, Angel de Saavedra, Duque de Rivas, quien le dio varias Cartas de presentación para la Corte de Madrid y después de ser recibido en Roma por el Papa Gregorio XVI, en Audiencia Especial, tomó el camino de Génova y Barcelona, pasando a Madrid a principios de 1.846, logrando que el diplomático Luis de Potestad gestionara ante el General Ramón Narváez la posibilidad de llevar a cabo una expedición armada al Ecuador, y ofrecer la corona de Ecuador a un hijo de la Reina Regente o bien del Infante Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente incómodo a la de España. Sin embargo no tuvo éxito con Narváez.
Sucedió lo mismo en la entrevista que sostuvo con el general Saenz, a quien Isturiz había nombrado para la Secretaría de Guerra, en el momento de acceder a la Presidencia del Consejo de Ministros. En la entrevista posterior con el propio Istúriz, al ver Pedro Egaña que el Gobierno no demostraba interés alguno en el fantástico proyecto de invasión, intuyó que había de informar sobre el asunto a su amigo al Duque de Riánsares.
Le expuso la empresa que se disponía a iniciar, ante la posibilidad de recobrar el Imperio del Perú, ofreciendo al Duque la corona para su hijo mayor Juan Muñoz de Borbón y gobernara estos territorios con el nombre de Juan I, bajo la regencia de Flores hasta que cumpliera la mayoría de edad. Parecía que todo era sencillo, tal como se le explicaba contaba con el beneplácito de los ecuatorianos que deseaban su vuelta. Necesitaba para correr con los gastos de la expedición un préstamo de un millón y medio de duros que fueron facilitados por los amigos de Fernando Muñoz, los banqueros José de Salamanca, José Buchental, Jaime Ceriola y Nazario Carriquirí. En Septiembre, firmaban el préstamo Buchental y Salamanca de una parte y Flores de la otra, firmando como Presidente de la República del Ecuador. En aval del mismo se constituía el Duque.
Las cláusulas del contrato establecía que: el capital sería de un millón y medio de pesos fuertes y duros, los intereses el 25 % pagaderos de la siguiente forma: el 10 % en el momento de la formalización del contrato; el 5 % cuando se verificarse el embarque; 5 % a los cuatro meses de llegar al Ecuador y el otro 5 % dos años después. A esto había que añadir un 6 % de interés anual y un 1 % de comisión por semestre. Flores entregaba como garantía "la hipoteca de todas las rentas del Ecuador al seguro de otros intereses y del capital indicado "
A todo este asunto el Gobierno miraba hacia otro lado. Era un asunto delicado que podría generar reclamaciones internacionales, como efectivamente sucedió, con naciones que España consideraba desde hacía poco nuevamente sus amigas. La Reina Regente, llegó a conceder a Flores el Gran Collar de la Orden de Caballeros de Carlos III, que éste comenzó a lucir en su pecho como hombre de importancia que era.
A fines del 1846 el Coronel Señen de Buenaga comenzó a reclutar voluntarios haciéndoles firmar contratos donde constaban con la calidad de expedicionarios colonizadores, mientras Flores licitaba otros enganches a través de José Murcia y Martí y cuando todo parecía ir bien y el Coronel Ricardo Wright Montgomery había conseguido los buques El Monarca y El Neptuno de seiscientas toneladas cada uno y el transporte Glenelg a la empresa Baring Hnos., de Londres, que los puso bajo las órdenes del Capitán John Charretie, de la Compañía de las Indias Orientales, sonó el escándalo.
Cuando la prensa inglesa empezó a dar noticias de la expedición, muchos representantes latinoamericanos, se alarmaron ante los preparativos de guerra dirigidos por Flores, protestando ante la Cancillería británica, para pedir que se impidiera la salida de la expedición. Estas gestiones, que se llevaban en el más absoluto secreto, fueron descubiertas en agosto de 1846 por un diario madrileño, el Clamor Público, organizándose una sonada polémica a nivel internacional. Plenipotenciarios de Bolivia, Chile, El Ecuador, Nueva Granada y el Perú se reunieron para condenar la iniciativa, mientras se fortificaban las costas y se movilizaban los ejércitos.
En el Times, de la capital inglesa, se dijo que Wright había iniciado la recluta de 500 irlandeses y que los restantes 1.500 saldrían directamente de España. A más de ello, sonó por esos días otro escándalo relacionado con España, se trataba de la expedición armada del Conde de Montemolín, hijo del Infante Carlos María Isidro de Borbón, para iniciar la segunda Guerra Carlista con la ayuda económica de varios banqueros ingleses y la militar de sus fieles lugartenientes los Generales Cabrera y Zumalacárregui. Todo ello sirvió para mantener por algunas semanas el ambiente en zozobra y los ecos de tales escándalos llegaron al gobierno español que se asustó sobremanera; sin embargo de lo cual, la expedición siguió adelante merced al tesón de Flores con nuevos reclutamientos en los países vascos, Francia, Portugal y la preparación de los voluntarios para que se acostumbraran a las prácticas militares.
“En eso advino, - dice el historiador ecuatoriano Rodolfo Pérez Pimentel-, la protesta formal de los comerciantes ingleses del Comité de la Asociación Sudamericana y Mexicana presidido por J. D. Powles, quien se dirigió a Lord Palmerston indicándole que la recluta bajo el pretexto de inmigración así como la compra de equipo militar y embarque, encubría una intervención directa de la política inglesa con los países sudamericanos”. Ante lo cual Palmerston informó a la Cámara de los Lores del Tesoro, dictaminando el 19 de Noviembre que se pusiera final al reclutamiento de hombres en Irlanda y decretando el secuestro de los dos buques principales de la expedición, dándose por finalizado asunto.
El Gobierno español, tuvo que hacer un desmentido, aduciendo que no tenía ni arte ni parte en los planes del general, aunque Gran Bretaña se valió de la situación creada. Unos buques que se encontraban en el estuario del Támesis, en el que se tenía previsto embarcar los soldados de Flores con destino al Ecuador, fueron embargados por las autoridades británicas, abriendo proceso al mismo tiempo contra el Capitán Richard Wright, comisionado para organizar la escuadra.
Flores que tenía ya pocas posibilidades de realizar su empresa, viajó en Enero de 1.847 a Inglaterra siendo recibido por Lord Palmerston, consiguiendo una orden de devolución y que se dejara sin efecto el juicio militar –Corte Marcial- iniciado contra Wright y su Ayudante el Capitán Sleigh.
De regreso a España pidió en Bayona su pasaporte para ingresar por la frontera, pero el cónsul se lo negó cortésmente y tuvo que instalarse en Burdeos y luego en París, decepcionado por la pérdida de poder político en la Corte. A fines de año salió por Bruselas y el Havre a NewYork con Wright y un sirviente. En Washington quiso ser recibido por el Presidente James Knowk Polk pero éste ni siquiera le contestó su nota. Entonces partió a Caracas dando por terminados sus planes, que habían escandalizado a la América Hispana más de un año.
Los datos que se recogen en el dictamen de 1857, sobre la Comisión de las Cortes Constituyentes de 1854, son reveladores al respecto. Efectivamente existieron inteligencias entre el Excmo. Sr. Duque de Riánsares y el general Flores, relativas a esta expedición; en estas gestiones estaba auxiliado por el Sr. José Antonio Muñoz, hermano de Fernando que suministraba los fondos al efecto.
Si embargo es menester mencionar lo dicho públicamente, a través de los periódicos por D. José Agustín Argüelles, único y legítimo representante del general Flores, en virtud que éste le otorgó en Bayona el 9 de marzo de 1847, y con relación a la supuesta participación en estos sucesos de María Cristina, que dice: es uno de los cargos que se hacen a la Augusta Señora Doña María Cristina de Borbón, el de la supuesta participación en la expedición al Ecuador. Esto, al par que contra la Madre de nuestra reina, envuelve un ataque aún más fuerte contra el desgraciado Flores; y yo no debo callar ante acusaciones tan inmerecidas, máxime cuando a mi calidad de apoderado, reúno la de haber sido la persona que intervino a la par de Flores, en aquella mala dada expedición. Cumple, pues, a mi deber declarar, que ni aquel buscó a la reina Madre, ni menos esta señora le prestó apoyo de ningún género, y aún puedo asegurar que ni de tal asunto le habló jamás; patentizada esta verdad es lo que obligó a Lord Parlmerston a consentir en la devolución de los buques, (el Menorca y el Neptuno), embargados a la sazón en Londres, como resultado de las calumnias que los enemigos de aquel habían propalado.
El general Flores abandonó Europa, salió de París el 30 de Julio 1847, con destino al continente sudamericano.
María Cristina, de nuevo fue la más perjudicada. Es significativo el hecho de que el general Santa Cruz al defenderse, mediante su apoderado, el Dr. José María Fernández de la Hoz, con fecha de 17 de septiembre de 1846, demandando al editor de El Clamor Público, por haberle involucrado en la expedición para invadir Perú, el editor se retractase por no tener pruebas precisas, aceptándose las excusas.
El Duque de Riánsares, en cambio, tuvo que rescatar los buques a través del Embajador español Istúriz, quien logró tomarlos y venderlos a buen precio, recobrando en algo los valores invertidos. Después se entendería personalmente con Buchental y Salamanca, sus banqueros acreedores, a quienes tuvo que pagar una fuerte cantidad tomándola del capital de su Real consorte, que sufrió una fuerte menoscabo.



BIBLIOGRAFÍA

ESPASA CALPE.: Historia de Ecuador.
PÉREZ PIMENTEL, RODOLFO.: Diccionario biográfico de Ecuador.




RUINAS DE UNA ERMITA
en el Municipio de Tres Cantos

Asturquin

En las márgenes del arroyo del Bodonal, en la primera mitad del siglo XX, se levantó adosada a las casas de la Vega del Registrador, una ermita. Como consecuencia del abandono de esta finca en el último tercio del mismo, se inició su deterioro junto a las grandes bodegas de donde se extraía uno de los mejores vinos que se producían en Madrid, y cuyas tinajas aún llegué a ver levantadas.
Llama la atención sus ruinas, y sobre todo, las de su frontispicio hoy caídos sus bloques de granito, diseminados sobre el terreno.
Los canteros de Colmenar que llevaron a cabo el trabajo de sillería, lo hicieron con sumo cuidado y a buen seguro que la fachada de esta ermita poseía una atracción especial en el entorno, donde el ladrillo visto y la piedra conjugaban el conjunto.
Se trataba de una pequeña nave de planta rectangular, de seis metros de ancho por once de largo y una altura de cinco metros en sus muros laterales, sin ninguna ventana al exterior, salvo la que formaba parte de la fachada. Hoy podemos ver aún levantada, una de las esquinas formada por perfectos sillares de iguales dimensiones, perfectamente encastrados, la del lado opuesto cayeron hacia delante, donde permanecen.
En estas dos esquinas, en mampostería de primera, que conformaban los extremos del frontispicio, se aprecian ocho sillares, montados a soga y a tizón diatónico, observándose un ajuste perfecto de unos y otros, y que labrados por las seis caras, logran que se asienten a hueso todos ellos. De ahí que no estén engarzadas con ninguna clase de mortero, asentándose por si solas, aunque si lo hicieran para unirlas a los muros anexos.
El sillar inferior, que soporta toda la carga, hace las funciones de zócalo, mientras el sillar que las corona, se presenta moldeado en su parte externa, formando una cornisa volada sobre la fachada.
Una fachada que presentaba dos huecos. El de la puerta de acceso y el de la ventana lateral, con recercados en piedra tanto del dintel como de las jambas; en los de la ventana, se aprecian las hendiduras donde iban encastrados los marcos de las ventanas, que a su vez albergaban los marcos que sujetaban el cristal.
Por encima del dintel de la puerta, se apoyaba los sillares moldeados y volados que daban continuidad a los que coronaban las esquinas. La nave se cerraba con un entablamento de madera y cubierta de tejas, a dos aguas.
Su estilo no se sujeta a ningún orden arquitectónico clásico, pero es evidente la importancia de su fachada. El mérito corresponde a los canteros de Colmenar que lograron unas piezas dignas de permanecer. No permitir que terminen expoliadas por separado, en manos de quien no tenga la sensibilidad de apreciar la calidad de la obra bien realizada, es uno de los motivos de este trabajo.
Su frontispicio, debía de figurar en el patrimonio artístico y arquitectónico del Municipio de Tres Cantos, como testimonio y homenaje a los canteros colmenareños.
En este estado estaban los restos de la ermita ya en 1997, cuando escribí un artículo en la revista de información local DELTA, enviado a su redacción alertando sobre el peligro que entrañaba su desaparición total a manos del expolio y que consiguió que el director del Grupo literario ENCUENTROS, Don Bartolomé Pinar, se interesara y que sembrara la inquietud entre algunos vecinos, como es el caso del el Sr. Manolo Suarez que publicó una poesia acerca de "si es posible, conveniente o necesario que en Tres Cantos haya ermita y campanario" al cual desde aquí expreso mi agrdecimiento al publicar una nota al pie en la que decía:" Expreso mi reconocimiento a M. Mayorga Noval que en la Revista DELTA, nos invitó a poner la atención en la necesidad de recuperar los escasos restos históricos de Tres Cantos, muy especialmente, "los de la única ermita que existió en este Municipio, de principios de siglo, en lo que se llama La Vega del Registrador, muy cerca de Soto de Viñuelas."
Quizás otro capítulo corresponda a la investigación de su pasado histórico, momentos en que sirviendo de lugar de encuentro de lugareños, acudían a celebrar la misa, y rezar sus oraciones, así como el nombre con la que se conocía. FIN

Wednesday, February 20, 2008

LA SALA DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Durante el tiempo que estuve en el Museo del Ejército, no era extraño, debido a mi destino en el Área de Coordinación, pasar de un extremo a otro del edificio, dejándome llevar por el característico ruido, que algunas de las viejas y medio sueltas losetas de la tercera planta producían a mi paso, del áurea que rodeaba aquel ambiente, entre piezas históricas de todo tipo que siempre llamaban mi atención. Aún llegué a incorporarme al destino cuando el antiguo Museo romántico de la calle Méndez Núñez nº 1, conservaba todas sus salas intactas, según la habían vistos con pocas modificaciones varias generaciones.
Ahora ya fuera de él, conservando en mi retina y en mi ánimo la visión y el influjo de aquel lugar, evoco aquellas postreras jornadas de mi vida militar, recordando la emoción que siempre me causaba atravesar aquellos espacios y de una manera especial, la Sala de la Guerra de la Independencia.
Allí flanqueados por columnas permanecían las urnas funerarias que albergaron lo gloriosos restos de Daoíz y Velarde, encima de sendos catafalcos, trabajados por ebanistas en 1840, en ocasión de su traslado desde la iglesia de San Isidro, hasta le lugar donde se había levantado un obelisco en la plaza de la Lealtad de Madrid.
Su presencia proyectaba hacia el cielo de la Sala, orlado de antiguos escudos heráldicos de las naciones hermanas de Sudamérica, los ecos de aquel dos de mayo de 1808, cuando los franceses invasores pretendieron sacar de España y del Palacio Real a los infantes Antonio Pascual y Francisco de Paula, los últimos que quedaban de la familia real. Las protestas de los madrileños, que de manera instintiva decidieron impedirlo, abordando el carruaje, el relinchar de los caballos encabritados y el llanto disgustado del pequeño Francisco. Las voces ¿Qué se van! ¡Que se los llevan! y el griterío de las gentes que acudían a las puertas del Palacio, en apoyo de sus vecinos.
El color oscurecido de la pintura de las paredes, semejaban una pátina del humo de los cañones de Murat disparando contra el pueblo de Madrid, unido a los primeros gritos de dolor y de sorpresa ante tamaña reacción, el quejido de los heridos y la explosión de rabia de un pueblo que de forma unánime, decidió hacer frente a los disparos de los soldados del ejército napoleónico. Mis pasos reproducían en mi mente las carreras desesperadas hacia la plaza Mayor, en un intento de salvar sus vidas del fuego, al mismo tiempo que gritaban pidiendo armas para combatir la afrenta, mientras otros lanzaban contra los invasores, desde ventanas y balcones, los objetos mas dispares que encontraba en sus hogares.
Las baldosas ennegrecidas de la Sala, reflejaban la sangre derramada de los españoles en sus propias casas, cuando las represalias francesas derribaban sus puertas. Sus desconchados, las huellas de las balas enemigas, después de atravesar los cuerpos acurrucados de mujeres, niños y ancianos.
El estruendo de los cañones franceses enardeciendo los ánimos en la Puerta del Sol y los gritos de rebeldía aunando voluntades dirigiéndose al Palacio, blandiendo toda clase de utensilios de lucha, pues todo valía: palos, bastones, sables, navajas, picas y hachas.
Entre las cuatro paredes del circunstancial mausoleo, resonaban las palabras de Velarde, y su particular y gloriosa aventura: la llegada precipitada a la Junta Superior Económica de Artillería, con el semblante descompuesto, ojos inquietos y brillantes y el semblante encendido, “Hay que batirse. Es fuerza morir. Es preciso batirnos. Es preciso morir”. La llegada de su jefe el comandante Navarro Falcón oyéndole decir: “Mi comandante, vamos a batirnos con los franceses”. Su arrogancia, apartando con desdén la orden que su jefe le dejaba trasmitida por el Gobernador Vera, y su reacción levantándose de la mesa, clavando su mirada al mismo tiempo que exclamaba con rabia: “Si; a batirnos. A batirnos. A batirnos y a morir”.
Las descargas de fusilería, se dejaban oír en las calles aledañas, gentes gritando, cacos de caballos y otra vez la reacción furiosa de un hombre valiente, Velarde exclamaba de nuevo “A morir. A vengar a España”, y su decidida precipitación por las escaleras para coger el fusil, a uno de los ordenanzas. La reacción y vítores entusiastas le acompañaban y ya en la calle, se le unió el pelotón que mandaba Andrés Rovira.
Velarde llegaba a las puertas del Parque de Artillería que se encontraba cerrado, acompañado del delirio que su presencia produjo entre las gentes que se encontraba en sus alrededores. Inmediatamente abrieron las puertas
Las autoritarias palabras de Velarde dirigiéndose al capitán que mandaba las tropas francesas que se encontraban dentro del Parque “Esta usted perdido, si no se oculta con su gente. Entreguen las armas, pues el pueblo va a forzar la entrada y no respondemos, de que sea usted atropellado”, surgieron efecto y aunque el oficial francés mantuvo una inicial, las reiteradas de Velarde diciéndole “No provoque usted la ira del pueblo, ni de lugar a que lo que puede hacer de buen grado haya que ejecutarlo por la fuerza. El tiempo es precioso y urge. Rinda usted las armas sin perder un solo momento”, apoyadas por el clamor procedente de la calle, terminaron por convencerle.
Los pasos reflexivos del capitán Daoíz, después de conversar con Velarde sobre la determinación tomada por éste último, se adivinaban en rededor de los catafalcos de aquella Sala, tratando de reproducir su pequeño paseo por el patio del Parque, mientras era observado en silencio y el ruido ensordecedor del pueblo servía de fondo a la escena.
Y de pronto se detuvo, sacó la espada de su vaina y dirigiéndose a sus compañeros artilleros exclamó: “Las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?”. Velarde le abrazó, desenvainando los demás sus sables. Aún se podían oír el chirrido de las puertas al abrirse y los pasos de las gentes que precipitadamente corrían a coger las armas que habían requisado a las tropas francesas del Parque ahora encerradas en los calabozos, desapareciendo muchos por las calles en busca del francés, otros fueron retenidos por Velarde, organizándolas en escuadras y distribuyéndolas por los balcones de los pisos superiores, disponiéndoles a la defensa.
Se oían las órdenes del capitán Daoíz para colocar tres cañones de a ocho en el patio, otros cuatro para cubrir las cuatro bocacalles y otros dos que quiso mantener de reserva en la entrada principal.
Y me embarga la emoción por momentos evocando a Daoíz proclamando al reunir en el patio a oficiales y artilleros la independencia y libertad de España y la decidida voluntad de quemar hasta el último cartucho en defensa de sus ideales y en particular la del teniente Ruiz, que blandiendo su espada juraba morir con sus compañeros en aras de la libertad de la Patria.
Los ecos de los golpes de las hachas de los gastadores de un batallón francés intentando romper las puertas, parecían aún retumbar en la Sala y los disparos de las gentes que desde las casas trataban de impedirlo.
Y también la voz enérgica y furiosa de Daoíz, que al frente de los cañones gritaba “¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!”, viendo, que la columna enemiga trataba de abrirse paso hacia el interior del depósito, obligando con sus disparos a que huyera aquel batallón Westfalia, a la vez que los vecinos de Madrid, exclamaban esperanzados: “Victoria. Victoria para nosotros”, “Mueran los gabachos”.
Todos ayudaron, los de dentro y los de fuera del Parque a sacar los cañones y emplazarlos en medio de las calles que daban al mismo, al tiempo que por la de San Bernardo aparecían otras fuerzas enemigas, y de nuevo el eco de Daoíz parecía flotar en el ambiente: “Muchachos, no nos precipitemos, dejadlos que se aproximen y así los escarmentaremos mejor”. Los disparos de fusil se entrecruzaban y se esperaba el ataque decisivo de los franceses al Parque.
El teniente Ruíz recibe un primer disparo que le produjo una herida en un brazo, pero después de ser vendado por Pacheco, un guardia de Corps, volvió a ocupar su puesto al frente de los cañones que se le habían confiado, al tiempo que hasta nosotros llega en la Sala su eco: “¡fuego artilleros!”. De inmediato el zumbido de uno de los proyectiles franceses rasga el aire, se dirige hacia el noble soldado, cayendo herido gravemente, siendo recogido por sus compañeros y trasladado a la sala de oficiales, donde se encontraban otros heridos franceses.
Y siguen sonando los ecos, profanando la sala, ahora son franceses, de tambores y trompetas que anunciaban un nuevo ataque en distintas direcciones: “¡Vive l´Empereur!”. Truenos de cañones enemigos, y de nuevo el humo oscureciendo las paredes, al tiempo que las calles se sembraban de cadáveres, mientras el heroísmo de la inmortal Clara del Rey derramaba su sangre combatiendo en ayuda de los heroicos artilleros, al lado de su marido Manuel González Blanco, y sus hijos, Juan, Ceferino y Estanislao de 19,17 y15 años de edad, respectivamente, y Manuela Malasaña, que con tan sólo 17 años, proveía de cartuchos a los combatientes españoles.
Por eso fueron rechazados, una y otra vez, y de nuevo el eco en la Sala del francés: “¡En avant! ¡En avant!”, pronunciadas por el coronel Montholon al mando de la columna en ataque, parecía flotar en el ambiente junto al triunfo definitivo con la toma del Parque. La presencia del capitán Álvarez, que portaba una banderola blanca y corría hacia el Parque, hizo que Daoíz con un toque de corneta, suspendiera el fuego, mientras Velarde proponía al francés, que cesara el combate, caso contrario se reanudaría la defensa.
Montholon se adelantó con tres de sus oficiales, una vez cesado el fuego, con el fin de informarse de la orden que traía el capitán Álvarez del Gobierno, que no era otra que comunicar a los defensores del Parque de la locura que estaban cometiendo con su actitud. En esto estaban los interlocutores cuando uno de los defensores, Mosquera, dio un empujón a uno de los oficiales franceses que habían acompañado a Montholon, derribándole al suelo y cayendo de espaldas, al mismo tiempo que aún el eco de la sala de la Independencia dejaba oír por boca de Mosquera: “Viva Fernando VII”, y el de una bala rasa que disparada por uno de los artilleros, produjo varias bajas entre las filas francesas, huyendo el resto despavoridos y su comandante y oficiales hechos prisioneros por Daoíz.
Creía escuchar los lamentos franceses por las sucesivas derrotas que sufrían sus tropas ante las puertas del Parque y las severas recomendaciones que le hacía el Duque de Berg a su general Lagrange si no conseguía de una vez por todas “el exterminio de los insurrectos”, para seguidamente volver a evocar los ecos de los cañones franceses contra las defensas españolas, ya francamente extenuadas después de más de tres horas de encarnizada lucha y el paso de las botas gabachas formando ahora un sitio que había de ser definitivo.
Intuía la desesperación por la que estaban pasando nuestros héroes, ante la falta de munición y ante la vista de lo que se les venía encima. Una fuerza, de más de dos mil hombres avanzaba al son del redoble de los tambores, que sin embargo no les amedrentó. Sus cañones vomitaban la metralla que iba escaseando hasta el punto que llegaron a utilizar las piedras de chispa. La lucha por evitar el asalto de los franceses se tornaba épica cuando sentía como una bala destrozaba su pierna, mientras se desgañitaba animando a la pelea, viendo como muchos de sus hombres ya habían caído.
Entraban ya los franceses apuntando a los defensores en plena cara, era inevitable la derrota de los españoles. Velarde en un último intento por equilibrar las fuerza fue en busca de los Voluntarios del Estado, consiguiendo que le siguieran pero cuando apareció en la puerta del Parque recibió un balazo en el pecho que le atravesó el corazón.
Daoíz por su parte después de recibir el tiro en la pierna permaneció apoyado en el cañón, sin soltar el sable. Hacia él oficial herido, se dirigió de forma poco caballerosa y humillante, el general Lagrange. No sabía la grandeza de aquel soldado español, que sacando fuerzas de flaqueza hizo frente al ultraje con su sable hiriendo al francés, que sorprendido ante tanta intrepidez gritaba: “Granadiers, à moi, ¡Socours à votre general!”, acudiendo de inmediato, alguno de sus oficiales y granaderos. Se defendió como pudo Daoíz por algunos instantes hasta que recibió un bayonetazo por la espalda, atravesándolo y cayendo herido, aunque aún resistió a la muerte, que se produciría una vez postrado en el lecho de su domicilio.
En aquella Sala de la Guerra de la Independencia del Museo del Ejército, no había mucha iluminación, tal vez las tenues sombras fuese el velo protector a la evocación del héroe Velarde despojado de su uniforme por sus enemigos, cuando le vieron su cuerpo inánime, caído sobre las losetas de la entrada del Parque.
Así murieron los héroes del Parque de Monteleón. El Duque de Berg se daba perfectamente cuenta de que la afrenta que habían presentado los españoles no iba a ser una excepción.
La escultura en bronce del Teniente Ruíz con la espada en alto, como ángel custodio de las sagradas urnas por haber estado en ellas depositadas los restos de su compañeros de gloria, los capitanes Daoíz y Velarde, dejaron, estoy seguro, una huella indeleble en la conciencia de todos aquellos que quisieron evocar en la Sala de Independencia, aquellos acontecimientos.

FIN







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Bibliografía.
MARRERO, JUAN ANTONIO: Monumentos clave de la Historia de España en el Museo del Ejército. Libro Hobby
PÉREZ GUZMAN, JUAN: Dos de Mayo de 1808. Memorial de Artillería. 1908.

Friday, February 08, 2008

DE DERROTAS Y ESPERANZAS



De que sirve recitar
penas a los cuatro vientos.
De que sirve sepa el mundo
de promesa no doctrinarias
que pretenden remediar.

Aún soñando despierto
y creyendo a pie juntillas
en trabajos y honras,
se buscan dignidades
y bondades de la gente.

Un conjunto
de eslabonadas razones.
Y cuando se abren los ojos
ya demasiado tarde
muy poco ha de quedar.

Poner la carne toda
en asador de la vida
es pan de prójimos próximos
que se atreven, valorando,
entusiasmos y mucha lucha

A veces con las razones
que de nada servirán.
Después con voluntad
manteniendo la esperanza
de perdidas ilusiones, y aún así

Al volver de la derrota
con parte de corazón,
se ha de probar de nuevo
por si es el confundido eres tú
y no otros.

El sostén de la razón
es cuestión importante,
la voluntad de vencer
sin que nada
pueda perturbar los sueños

Sueños ya desterrados
al tomar por amistad
lo que era no mas,
al juntarse por la vida,
encuentros de ocasión

Cierta mi equivocación
erré, erré, y erré
conservé corazón y dignidad
y pensé con esperanza, son los mismos
que aún sigo esperando

Asturquín