Saturday, July 12, 2008

REFUGIO DEL POLVORÍN
pinturas rupestres
Asturquín
De nuevo en el Maestrazgo mi interés por las pinturas rupestres, esta vez me dirigí en compañía de mi hijo Marcos hasta el pantano de Uldecona, en la Puebla de Benifasr. Ya en la presa me puse al habla con el guarda que amablemente me indicó el lugar donde los artificieros guardaban los explosivos, cuando estaban construyendo el embalse, era el mismo lugar que muchos años antes habían ocupado los del Neolítico y donde dejaron plasmadas sus inquietudes artísticas.
Pero me temía lo peor, después de haberme contado tal destino. En efecto, las pinturas no estaban en el mejor estado, hay que imaginarse el trasiego de aquellos días con las cajas de los citado explosivo y demás material accesorio para realizar las voladuras pertinentes y los roces y golpes de toda índole que posiblemente recibieron aquellas. A todo esto hay que añadir que habían aprovechado el refugio para construir bajo su techo la caseta para custodiar los citados explosivos.
Hoy por supuesto están protegidas, pero el daño ya estaba hecho, no obstante aún se pueden admirar varias escenas de caza.
Un cazador con arco y flechas. Se aprecian en la piedra innumerables destrozos por golpes y roces.
Figuras de arqueros. El de la derecha, del que se ve solamente desde la cadera, parece iniciar la maniobra de cargar su arco con una flecha.
Tres figuras en movimiento. La del centro no parece que lleve algún arma o utensilio, sin embargo los otros dos son arqueros.
Representación de un arquero apuntando hacia su presa con el arco tensado y el resto de la flechas cogidas con la mano izquierda. Se intuye la atención que está poniendo en ese momento, con todo el cuerpo en tensión.
Parece apreciarse, aunque con bastante dificultad, debido al estado del pigmento y los destrozos en la piedra que el arquero transporta el arco colgado del hombro, al haber pasado la cabeza emtre el cordón y el arco propiamente dicho. Las flechas parece que las lleva en la mano derecha.
Los destrozos nos impiden ver las figuras en toda su dimensión. A la derecha sin embargo una pierna de uno de los cazadores deja ver los adornos que llevaban por debajo de la rodilla.
A la izquierda de la fotografía tres cazadores en actitud danzante o quizás corriendo en busca de alguna presa.
Los estropicios continuan observándose. En este caso pilló de lleno en el cuerpo de este guerrero, aunque eso no nos ha librado de poder apreciar los plumones que cuelgan de la piernas.

Dos vistas generales, en donde se puede apreciar el grado de deterioro que sufrio el yacimiento pictórico. Es evidente que algunas lajas fueron desprendidas a propósito por manos culturalmente irresponsables. FIN
EL REFUGIO PREHISTÓRICO "ELS CAVALLS"
Asturquín

En el año 1924 el refugio prehistórico “Els Cavalls” en el término de Tirig, (Castellón) fue declarado Monumento Histórico Artístico, de ahí mi interés en observar in situ las pinturas rupestres que en uno de sus refugios se encontraban.
Para llegar hasta allí, desde Tiring hay que seguir por la carretera en dirección a Albocacer, hasta llegar a un cruce distante un kilómetro y medio, desde él se recorre un kilómetro hasta tomar el camino que lleva la valle propiamente dicho de Valtorta. Hay que dejar el vehículo y a pie llegar después de diez minutos a la entrada de la grieta o refugio.
La gran grieta que se abre al valle del Valtorta es impresionante, según íbamos bajando por su interior las paredes verticales a un lado y a otro iban descubriendo el valor que en su momento tuvieron para aquellos hombres del neolítico, cazadores que utilizaron este lugar como habitación, al menos durante los periodos de caza. Se puede apreciar en sus paredes los trabajos realizados para sostener los apoyos del ramaje que les servía de techo, al menos esa fue una de las conclusiones a la que llegué, al observar el perfecto paralelismo que existía entre una grieta natural de una de las paredes y la hendidura hecha en la otra.
Sin embargo lo que me llevaba hasta allí eran las pinturas rupestres que realizaron aquellos hombres, aprovechando un pequeño abrigo que se encontraba en las inmediaciones del gran ventanal de la amplia grieta que se abría, a media pared, sobre le valle.
Estuve un buen rato observando aquella maravilla del arte rupestre del levante español. Bien es verdad que ya el vandalismo había hecho su efecto y varias estaban destrozadas al levantarlas para llevárselas de recuerdo. ¡Lastima!
Figuras de arqueros en distintas posiciones, escenas de caza. Otra se aprecia un arquero momentos antes de disparar la flecha contra alguno de los venados. La galería de fotos son los recuerdos de aquella calurosa visita realizada en Julio de 1990.

Friday, July 11, 2008




CASASOLA DE DURUELO

BREVE RESEÑA CULTURAL por Asturquín
El núcleo del pueblo de Casasola no tiene restos arqueológicos, sin embargo, sin lugar a dudas existen en sus alrededores, como los restos del poblado que se encuentra entre éste y Duruelo, del que hoy se pueden observar afloramientos de paredes de piedra, sirviendo de referencia la iglesia común a ambos pueblos, lo más probable levantada encima de algún antiguo santuario.
No cabe duda que los restos más interesantes pertenecen al muy cercano poblado ibérico de Los Castillejos de Sanchorreja, (1) el cual visité en innumerables ocasiones tratando de sacar alguna conclusión respecto a su planta, el diseño de su muralla, sus accesos, cosa harto difícil debido al estado en que habían quedado después de la prospección a la que se la había sometido realizada con los primeros criterios científicos en 1931, por Joaquín M. Navascués y Emilio Camps Cazorla, asesorados por J. Cabré, de aquellos primeros sondeos subvencionados por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, se puede apreciar que las maneras estaban muy lejos de las técnicas modernas.
Apenas queda restos en pie de lo que quedaba de su muralla, sus piedras yacen diseminadas ladera abajo, fruto de la diversión irresponsable. Lo más probable que las gentes que ocuparon los lugares de los pueblos colindantes aprovecharan también las piedras para construir sus casas. No obstante aún pude ver algún lugar de acceso, viendo el desgaste de sus antiguos y rústicos peldaños en piedra, a causa del paso de sus habitantes y que me hicieron, al pisarlos, viajar en el tiempo.
Aún se pueden apreciar los restos de sus edificaciones circulares cerca del poblado, sin embargo queda por descubrir, así lo creo el lugar de sus enterramientos, quizás también sus lugares de culto.
Supongo que en el poblado de Los Castillejos, aún quedan cosas por hacer, a fin de preservar lo que queda del expolio, pues de vez en cuando de forma casual aparece algún vestigio de aquella civilización diga de interés, como es el caso de una Diana cazadora en broce.
Se trata de una pieza de singular belleza plástica, quizás en su tiempo formó parte de un conjunto, a juzgar por los resaltes que se pueden observar por encima de la cabeza y en los dos de la base de la figura. Su parte posterior delata que fue hecha a base de una matriz, por lo que se da por supuesto, al menos esa es mi opinión, que no fuese una pieza única, sino más bien sus reproducciones llegaron a este poblado debido a intercambios comerciales.
Hay algún que otro despoblado en las proximidades de Casasola del cual solamente quedan restos de cerámicas esparcidas en pequeños trozos por los campos de cultivo, cosa que pude comprobar en los años sesenta, cuando acompañaba en las faenas agrícolas a alguno de los vecinos del lugar.
Pero este lugar ya fue ocupado mucho antes que lo hicieran los de Los Castillejos, por aquí ya cazaban los hombres del Paleolítico, una pieza encontrada en el término de Casaola, camino de Sanchorreja, lo atestigua.
Tuve la suerte de dar con ella, debido que alguno de los hombres que la manejaban, bien se le cayó desde el alto de una gran piedra de granito, en una rendija, o bien la tiró allí a propósito. El caso es que allí estaba desde tiempos inmemoriales. Tuve alguna dificultad en extraerla, pero cuando la tuve en mis manos, pude comprobar que se trataba de choping – tool.
Por último hay que reseñar el acierto que han tenido los habitantes de Casasola con la recuperación para su patrimonio del verraco en ciernes que se ha colocado a la entrada del pueblo, después de ser extraído durante el movimiento de tierra que se realizaba con motivo del ensanche y asfaltado de la carretera de Ávila. FIN
(1) http://castrosdeavila.blogspot.com/2008/01/castro-de-los-castillejos.html

Thursday, July 10, 2008



SAN JUAN DE MAYORGA
Asturquín

Juan de Mayorga, fue en el siglo XVI un religioso natural de S. Jean Pied de Port, coadjutor en la Compañía de Jesús. Fue admitido en la Compañía, a la edad de treinta y cinco años, el 22 de julio de 1566.
Queriendo ir como misionero a las tierras descubiertas por Colón para evangelizar a los indios de la misión del Brasil, Ignacio Acevedo lo aceptó a formar parte de su expedición por su afición a la pintura, con cuya profesión realizaba una gran labor de apostolado.
Juan de Mayorga, "un sujeto sano y robusto", navarro, aunque por mucho tiempo estuvo abierta una disputa histórica sobre su origen, hasta que las investigaciones del padre Pérez Goyena han devuelto a Mayorga su origen español. La controversia tenía sus razones ya que precisamente en el mismo año en el que nace, 1530, en San Juan de Pie de Puerto, Carlos abandona el regimiento de aquella Sexta Merindad, atribuida siempre a la Corona de Navarra. Los historiadores franceses, aún con débiles argumentos, le habían hecho francés.
Tenía verdadero interés en conocer su ciudad natal, así es que hice un viaje, ex profeso, para tomar una instantánea de la casa natal, como así hice, aunque me lleve una pequeña desilusión, ya que hoy se ha convertido en una tienda de artesanía local. Al menos en una de sus robustas vigas de madera aparece: 1515, quizás el año en que fue levantada por sus padres.
Su muerte le sobrevino de una manera trágica, a bordo del navío en que hacía la travesía hacia el Brasil, cuando fue asaltado por calvinistas holandeses a la altura de las Canarias (Isla de Palma) el 15 de Junio de 1570, y arrojado vivo al mar. Gregorio XV, permitió su culto, y Pío IX lo restituyó el 2 de Mayo de 1854.
Formaba parte de una expedición, compuesta de 74 misioneros jesuitas de la Compañía de Jesús, portugueses y españoles. Un pariente cercano a Santa Teresa de Jesús, se encontraba entre aquellos mártires, Francisco Pérez Godoy, de Torrijos, junto a él Juan de Mayorga fue arrojado vivo al mar.
De regresó a Europa, Ignacio de Acevedo en 1569, entrega a Francisco de Borja un informe de su visita al Brasil, sobre las reformas que había de introducirse, con respecto a los métodos de evangelización de los indígenas, al tiempo que le proponía la autorización de una leva de misioneros portugueses y españoles, que con la mayor urgencia se llevaran a cabo la cristianización de las tierras recientemente descubiertas. Borja le presentó al papa Pio V, accediendo a dicha petición.
De regreso a España de esta visita, en Zaragoza, le dieron por compañero al Hermano Coadjutor Juan de Mayorga, para que con su diestro pincel adornara con sagradas imágenes los nuevos templos de las reducciones, y en el noviciado de Medina del Campo se le agregó, entre otros novicios, el pariente de Santa Teresa de Jesús, así como jóvenes jesuitas del Colegio en Plasencia.
La mayor parte de la expedición la reclutó en Portugal. Unos meses antes de embarcarse, se retiró el P. Ignacio Azevedo con sus compañeros a una finca propiedad del Colegio de San Antonio, llamada Valle de Rosal, distante una legua del puerto de Cacilhas, entre Azeitao y Caparica.
En marzo de 1570, ya tenía Acevedo confeccionada en Lisboa la lista de la expedición, en espera de hacerse a la mar, entrando en negociaciones con el capitán de la carabela Santiago. Se acordó ocupar media nave, dado que los compañeros de viaje eran mercaderes, con el fin de tener el necesario retiro para poder orar y cumplir con la regla durante la travesía, sin ser enturbiados por aquellos. Como todos no tenían cabida en él, Acevedo, aceptó el ofrecimiento de don Luis de Vasconcellos, nuevo gobernador del Brasil, a llevar en su flota al resto de los jesuitas.
En el "Santiago" se acomodaron el P. Ignacio con cuarenta y cuatro misioneros; el P. Díaz, con otros veinte, en el navío almirante de la escuadra; y el P. Francisco Castro, con los restantes, en el navío "Os Orfaos". Zarparon de Lisboa el 5 de junio de 1570. Ocho días después arribaron a la Isla de Madeira los siete barcos. El 13 de junio la expedición pone su proa al puerto de El Fuchal, donde se toman un descanso.
En los primeros días de junio de 1570, salía Jacques de Sorés con sus navíos de la Rochela, baluarte de los hugonotes, enemigos jurados de los jesuitas. La flota de Sorés navegó por las costas españolas y portuguesas para poner, posteriormente, rumbo a la isla de Madeira e intenta acercarse al puerto de Funchal, cuando aún estaba la flota de Vasconcellos. Respondió éste con la artillería, tanto de sus barcos como de la fortaleza de San Lorenzo, que dominaba el puerto, motivo por el cual Sorés se vio obligado a retirarse alejándose de la costa. Esto hizo que Luis de Vasconcellos retrasase la salida de su flota.
Sin embargo, los mercaderes portugueses de Oporto que viajaban a bordo de la Santiago, tenían prisas por hacer negocios cuanto antes con sus mercaderías: Contrariados por la demora, consiguieron del Gobernador, a fuerza de ruegos, la autorización para navegar hasta la isla de La Palma, para dejar en ella parte de sus mercancías y tomar otras, al mismo tiempo que se ofrecían regresar a tiempo, para reintegrarse al grueso de la flota. Se determinó la partida para el 30 de junio. Ignacio de Acevedo, después de celebrar una misa, expuso a sus compañeros de la orden los términos reales del peligro que correrían, al hacerse a la mar de nuevo. Todos aceptaron, excepto cuatro, que fueron reemplazan con otros cuatro.
El Santiago zarpó del puerto de Funchal, rumbo a Santa Cruz de La Palma el 7 de julio de 1570. A bordo iba el Padre Ignacio de Acevedo con 39 misioneros más, los mercaderes, algunos pasajeros, aparte de la tripulación. El mar estaba en calma hasta que, cuando ya se encontraban en las proximidades de La Palma, a una dos leguas y media de la ciudad, un fuerte viento, los alejó de la costa obligándoles a dar un rodeo a la isla, encontrando refugio en el puerto de Tazacorte, en el poniente de la isla.
Una vez anclado el galeón, saltaron a tierra los misioneros, siendo acogidos por la familia Monteverde, establecida allí desde hacía algunos años. Se dio la circunstancia de que Melchor de Monteverde y Pruss se había educado junto con el Padre Ignacio en Oporto. Permanecieron en la isla cinco días. El 13 de julio de 1570 celebró el Padre Ignacio de Acevedo su última misa en tierra, en la iglesia del Patrón de La Palma, San Miguel Arcángel de Tazacorte.
En la madrugada del 14 e julio, se hicieron a la mar, rumbo a Santa Cruz de la Palma, por la parte sur de la isla. El mar, por este lado de poniente, se hallaba ese día en calma. Esta circunstancia obligó al galeón a avanzar costeando la isla, para aprovechar mejor la ligera brisa que le llegaba de tierra.
Al amanecer del día 15 de julio, el galeón "Santiago" se alejaba de Tazacorte hacia el sur. Un marinero dio la voz de alarma cuando se aproximaba a la Punta de Fuencaliente. El corsario francés, aprovechado los vientos favorables que le venían del mar, por la parte del naciente, trataba de interceptarlos con su navío de guerra "Le Prince", efectuando unos disparos de intimidación.
A la orden de Sourie, los cinco barcos franceses abordaron al galeón portugués y el encuentro resultó feroz y sangriento. Los tripulantes lusitanos defendían cada palmo del barco, con bravura y coraje. Ante la superioridad numérica de los atacantes, los lusitanos iban sucumbiendo heroicamente. Un confuso griterío, donde las blasfemias se cruzaban entre picas y espadas, jadeos de sudor, oraciones, crujidos de huesos rotos, entrañas al desnudo, tufo de sangre caliente, caídas al mar, arrojados, matanzas, e confundía poco a poco con el color sangre que tenía trágicamente la cubierta y los alrededores del galeón.
La situación se hacía insostenible y la tripulación portuguesa optó por rendirse. Hecho el recuento de los tripulantes y pasajeros, quedaron los misioneros jesuitas como único blanco de los ataques de los hugonotes. Los piratas cayeron sobre sus mansas víctimas con ferocidad inigualable apuñalando a unos, acribillando a disparos de arcabuz a otros. Luego se dedicaron a arrojar por la borda los cuerpos moribundos de sus víctimas y desde lo alto del "Santiago" se deleitaban en la contemplación de sus víctimas, hasta verlas hundirse en el mar.
Mayorga, después de partirle materialmente por la cintura, rotas ya las articulaciones, para que su robustez de vasco no le salvase, nadando a la desesperada, fue arrojado al mar; bendiciendo a sus verdugos, con el crucifijo en las manos, se hundió definitivamente.
El hermano cocinero Joao Sánchez se salvo, al que el pirata quiso conservar para aprovecharse de sus servicios. En su lugar murió un joven, que era sobrino del capitán del galeón "Santiago", el cual, al ver el heroísmo de aquellos religiosos, se vistió con la sotana de uno de ellos y se presentó ante los verdugos diciendo que también él era católico. Fue degollado. Los martirizados fueron dos sacerdotes, siete alumnos escolásticos, ocho hermanos coadjutores y veintitrés novicios.
Los asesinos llegaron a San Sebastián de La Gomera, en son de paz. Al paso de los días se fue divulgando la espeluznante noticia. El Conde de La Gomera, Don Diego de Ayala y Rojas, recabó de Jacques Sourie la entrega de los 28 miembros de la tripulación y pasajeros lusitanos que tenía prisioneros el corsario francés, que de regreso a Funchal, relataron minuciosamente, al jesuita Padre Pedro Díaz, lo ocurrido a bordo de la nave portuguesa.
Esta fue la odisea trágica que vivió Juan de Mayorga y sus compañeros de martirio, del cual se conocen, hoy día, algunas de sus pinturas. Sus cuadros eran muy celebrados en Zaragoza, sobre todo aún más al tenerse conocimiento de los sucesos. El retablo mayor, que se encuentra adosado al ábside de la capilla mayor de la iglesia de San Marcos de Jerez, contiene muestras de su obra. Colaboraron con él: Pedro de Campaña, Alejo Fernández, Pedro de Villegas, Cristóbal Cárdenas, Vasco de Pereira, Antonio Pérez y Francisco Cid.
Quedó de él sus cuadros pintados en Zaragoza, Val del Rosal e isla Madeira. San Juan del Puerto, ruta del camino de Santiago, le ha dedicado diversas obras, sobre todo escolares y artísticas.
En la isla Madeira dejó, en el tiempo que estuvo hospedado en la isla con el P. Ignacio de Acevedo y sus compañeros, la imagen de San Lucas que se conserva en el oratorio del Pico del Cardo, donde pasaron algunos días.
Jesús García Caamaño, coordinador del Simposio de Salamanca sobre relaciones artísticas de portugueses y españoles, en mayo de 1985, publicó las ponencias del mismo entre las que se encuentra: “Joäo Mayorga, un pintor aragonés en el siglo XVI”.
FIN
Apuntes extraidos de la obra del Padre Julián Escribano Garrido: "Padre Ignacio Azevedo y compañeros" editada por la Parroquia de San Miguel Arcángel de Tazacorte. La Palma, año 1992. Del artículo "Los Mártires de Tazacorte" de José Guillermo Rodríguez Escudero.

Wednesday, July 09, 2008

UN PUEBLO ABULENSE: CASASOLA DE DURUELO
Asturquín
Lugares públicos: El potro de herrar, el pilón y la fragua

En el pueblo, cada cierto tiempo, se empleaba el herrador en cumplir con su menester, y cerca del potro desplegaba sus herramientas y herraduras de diferentes tamaños, para calzar las vacas, y otros semovientes. El hombre se cubría con una especie de mandilón de cuero, a la espera de que el animal correspondiente estuviese listo, para que no le diese problemas a la hora de colocar herraduras.
Para ello, se empleaba desde muy antiguo el potro de herrar. Este dispositivo pétreo, común en muchos pueblos de Castilla, se levantaba a las afueras del pueblo por el camino de la Iglesia, y estaba compuesto de cuatro columnas de piedra, aparentemente prismáticas, toscamente labradas, clavadas en el suelo, una en cada esquina de un imaginario rectángulo; entre cada dos de ellos, por la dimensión mas larga, a metro y medio del suelo aproximadamente, estaban colocados dos rollizos de madera. Uno de ellos, fijo, entre las dos columnas, en él estaban clavados unos ganchos de hierro. El otro, móvil, que se le hacía girar por medio de una palanca de hierro que se acoplaba a los orificios que tenía el rollizo de madera, a tal efecto, con el fin de tensar las cinchas que pasaban por el vientre del animal y que adoptara una posición que facilitara la labor del herrador. La parte superior de las columnas estaban sujetas por cuatro barras de hierro, formando rectángulo, y cuyos extremos doblados se encontraban incrustados y fijados a la piedra por medio de plomo.
En la parte correspondiente a la cabeza del animal, entre las dos columnas delanteras, estaba adosado un yugo de madera, en donde se sujetaba la cabeza mientras se efectuaba la operación. Dos poyetes de piedra rebajados como a medio metro del suelo, servían de apoyo alternativo, a las patas delanteras de la res, con el fin de presentar la pezuña para herrar.
Como accesorios que se llevaban al potro, estaban las que pudiéramos llamar fajas o cinchas de cuero; las maromas o cuerdas gruesas con unos ganchos en sus extremos y la barra de giro del rollizo.
La colocación de la res siempre resultaba un poco laboriosa, dado que las vacas recelaban del lugar donde se las quería colocar . Se comenzaba por introducir a la vaca dentro del recinto, para acto seguido uncirla al yugo por medio de una tira de cuero o cornal. A continuación se pasaba las dos cinchas o fajas anchas por debajo de la tripa, y se tensaban por medio del rollizo giratorio, con el fin de tener al animal un poco elevado, sin posibilidad de reaccionar. Por último, se sujetaba por medio de las maromas la mano de la res y el herrero tenía la pezuña dispuesta para rebajársela por medio de una cuchilla en forma de pala con un mango para su mejor manejo, el pujavante.
Acto seguido, procedía a sujetar en la pezuña rebajada y prepara, las nuevas herraduras, clavando hacia fuera de la pezuña, con el martillo, los clavos con cabeza piramidal que se ajustaban a los huecos correspondientes en aquellas; las tenazas completaban la operación, al cortar los extremos de los clavos que sobresalían por la uña del animal. Las patas traseras ofrecían, a mi modo de ver, un poco mas de complicación pues solían levantar al animal sus patas traseras en forma alternativa y por medio de las cuerdas le colocaban en una situación que le resultaba bastante incomoda a juzgar por los mugidos con los que se quejaba. También se empleaba para curar a los animales de ciertas heridas y que se requería su inmovilidad. En Duruelo no había potro por el que sus reses iban a herrar a este de Casasola. El herrador utilizaba unas tenazas para sacar y recortar los clavos, otras para cortar el casco, el pujavante para rebajar y alisar el casco, una cuchilla para recortar los salientes alrededor de la herradura y el martillo para clavar los clavos, en definitiva: Tenazas cortacascos, tenazas de desherrar, pujavantes (60 y 65 mms) y callos para vacuno.
Desgraciadamente, con el fin de ganar espacio y ampliar el acceso a la nueva carretera hacia Duruelo, se derribó a principios de los años noventa y hoy en día, se pueden ver los restos el potro de Casasola, tirados en los alrededores del pueblo. En su día fueron labradas por mi padre en sus tiempos mozos, sabemos por tanto que se construyó durante la segunda decenio del siglo XX.
Durante siglos, estuvieron conviviendo por sus calles, hombres y ganado. Cuando todas las casas estaban ocupadas, el ajetreo de las bestias, entre barro y boñigas, entre las asustadizas gallinas que pululaban sueltas y algún que otro cerdo que se dirigía a su pocilga, era constante. Los jumentos, encallecidos, con paso cansino despidiendo su olor característico, iban dirigidos por algún mozalbete hasta el centro del pueblo, a la plaza del pilón, fuente principal y abrevadero.
Tenía y tiene el pilón tres caños, sobresaliendo de un pilar lateral, por donde salía el agua con un caudal apreciable. Debajo de cada uno de ellos unos prismas de piedra, emergentes del fondo del pilón, donde se posaban los cántaros de agua, búcaros, botijos y demás utensilios, para llenar. Cosa que se hacía por la parte posterior de los caños que era el lado mas seco para aproximarse. Solía tener ovas que le daban cierto aire de abandono. Hoy la plaza esta asfaltada, pero entonces el suelo presentaba un aspecto intransitable, mojado, lleno de excrementos y piedras irregulares sobre las que se apoyaban las pezuñas de las bestias, tropezando a veces o resbalándose mientras procedían a abrevar en la fuente, produciendo unos ruidos característicos que aún resuenan en mis oídos. Siempre estaban encharcadas sus inmediaciones del agua que rebosaba y solamente se podía acceder a él a base de ir buscando las piedras que caprichosamente sobresalían entre el aboñigal.
El pilón, hecho en piedra granítica, de sillares en rectángulo, unidos los esquinazos con sujeciones de hierro emplomadas, también fue protagonista en bastantes ocasiones del divertimento de los mozos, sobre todo en época de fiestas, pues era de cierta costumbre arrojar al mismo, a los forasteros.
Siempre entre maleza, me llamaba la atención, siempre estaba cerrada aquella puerta de madera de la casucha de piedra. Pasaba el tiempo, las hierbas se renovaban y los árboles crecieron delante y alrededor; ahora ni se veía; apenas, las viejas tejas, que con la chimenea ancha de las de lumbre baja, vestían aquel entorno con velos de misterio.
Primero fue el respeto, mas tarde nostalgia de su pasado y después la curiosidad. Aún hoy, pasado ya mucho, mucho tiempo, sentía una mezcla de todas las sensaciones por ver el interior de la antigua fragua que permanece, como siempre, cerrada a cal y canto entre la misma maleza.
Pero un día cuando pasé delante de ella, algo había cambiado, no vi la vieja y ancha chimenea y la uniformidad de las tejas se había perdido. Sus viejos maderos se habían hundido y un gran agujero se apreciaba entre el follaje.
Fui al encuentro de la entrada y sin pensarlo, tomé la herramienta apropiada, y a base de golpes, de cortes, del pisar de ortigas, de zarzales, de ramas y ramajes, de sudores, llegué a su puerta, la misma puerta cerrada que he visto toda la vida. Dos troncos de frondosos árboles tocaban su vetusta madera seca, encajada entre el pórtico de aquellos perfectos sillares, impidiendo y velando la entrada.
Pared arriba, me encaramé al tejadillo y me encontré después de tan larga espera con la vieja fragua de Casasola, del viejo pueblo abulense del valle de Amblés.
Y me quedé absorto mirando, la lumbre, humos y llamas y oyendo el ruido del soplar, del gigantesco fuelle en movimiento. Allí estaban la gubia y el punzón; la pala y las tenazas, el hurgón y el rastrillo. De la pared, pendían clavos de cabeza de campana y a lo largo de un sillar cuñas de gran variedad hechas para canteros. Cuchillos que encargaban y herraduras preparadas, para herrar, en el potro al ganado. Inspiraba profundamente, el olor de carbón quemado y oía quejidos de hierro candente, atravesando el agua embalsada.
El viejo herrero, golpeaba el mazo, abuzando la reja usada del arado, sobre el yunque, con arrugadas manos de uñas descuidadas, largas y dobladas. Enfundado en vieja y enmendada pana; su boina descolorida, pies en viejas abarcas, y la punta de un pitillo, pegado a la boca mientras hablaba, mal hecho y apagado, completaban el ambiente de la fragua.
En la vieja fragua se moldearon en hierro, a golpe de martillo sobre el yunque, además de las herraduras, rejas para los arados, trébedes, cuchillos, navajas, y tantos otros utensilios, para los vecinos del municipio.
Fue un sueño momentáneo, no hay rastro del gran fuelle de cuero y madera, ni de ningún utensilio como pudiera ser alguna piedra de afilar, ni del yunque, solamente una vieja viga, quizás de castaño, permanecía inalterable en el tiempo.
Al bajar, me apoyé en la podrida madera medio enterrada, recostada en la pared. Era la anciana puerta, la anterior a la que estaba puesta; piedras viejas, tejas rotas, y esta podrida puerta eran los únicos testigos de una verdad, que fue ayer.
FIN.

Tuesday, July 08, 2008

LINAJES DE MADRIDEJOS

Asturquín

Los moros después de la invasión, formarían un poblado, que iba a ser destruido y habitado en varias ocasiones; en el lugar que antes habían ocupado, godos y romanos, gentes procedentes de Consuegra, durante aquel periodo, construirán diversas alquerías, se edificaría mas tarde la Ermita de Santiago, hacia el llamado Cerro Santo, surgiendo los prolegómenos de la actual población.
La Reconquista avanzaba, la conquista de Toledo en 1.085 por Alfonso VI, la donación que hace Alfonso VII del castillo de Consuegra y su territorio, a su servidor Rodrigo Rodríguez en el año 1.150, la donación posterior de este castillo, y su territorio, por el rey Alfonso VIII y la reina Doña Leonor, recuperado definitivamente, a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, el 8 de agosto de 1.183, en Palencia, van marcando pautas de estructuración en los nuevos territorios.
Después de la conquista de Calatrava, la Orden de San Juan comienza la repoblación de esta zona con gentes astur - leonesas, dándose la Carta Puebla y el Fuero de Consuegra a todos los lugares nuevos y los ya existentes.
El día primero de Enero de 1.238 nace el actual poblado, otorgándose la Carta - Puebla, partiendo las tierras entre 50 colonos o pobladores. Sobre el año 1.300 se construye la Parroquia de Santa María, reinando el rey Fernando III. Junto a la atalaya se edifica la Casa del Concejo, el Pósito, la Cárcel y la Casa de la Tercia, además de un Hospital, y la población se cierra con una cerca de muralla que duraría hasta la Guerra de las Comunidades.
En 1.521, fruto del crecimiento del pueblo, cuenta ya con unos 500 vecinos, se empezó a edificar una nueva Parroquia a la que le pondrían el nombre de El Salvador, terminada en 1.575, contando ya la población 1600 vecinos pecheros y 63 vecinos hidalgos.
La iglesia y convento de San Francisco, se fundó a expensas del vecindario en el año 1612. Contribuyó poderosamente a la fundación Doña María Cervantes Gallego, DON JUAN DE MAYORGA y María Pérez del Abad, su esposa. Se recogieron 7.000 ducados, con lo que se concluyó en 1619.
La iglesia acoge, en la actualidad, la imagen de la Patrona de Madridejos, Nuestra Señora de Valdehierro. El actual salón de actos fue construido para capilla de la Orden Tercera a costa de DOÑA ÚRSULA DE MAYORGA, cuyo escudo campea encima de la puerta. Dicha señora, junto con su padre, está sepultada en el altar mayor de la iglesia.
El 6 de enero de 1.557, en Valladolid, a cambio de 154.000 reales como contribución del pueblo a los gastos de la Corona, el rey Felipe II, concede a Madridejos el título de “muy leal villa”, tomando por escudo de armas, el que ha llegado hasta hoy, abrazado por una cruz de San Juan, consta de un moral en fondo azul, y una atalaya en campo encarnado.
El 12 de mayo de 1.557 se levantó el Rollo Jurisdiccional de estilo plateresco. Durante el siglo XVII se levantan los mejores edificios civiles y religiosos. En el siglo XVIII, la población llegó a contar con la mayor feria de ganado de la comarca, según consta en el libro de la Real Hacienda de la Feria de Madridejos de 13 de septiembre de 1.796.
Durante la Guerra de la Independencia, el pueblo estuvo ocupado por un regimiento francés, al mando del general Ligier-Belair. El año 1.855 fue terrorífico por la epidemia de cólera que atacó a la población, provocando revueltas. A mediados del XIX se crea el partido judicial siendo cabeza de él, Madridejos.
MARIAN DE MAYORGA, vivía en Madridejos, en el año 1585, junto a su marido el Bachiller Juan Rodríguez Morcillo, nacido en Madridejos y vecino en esta fecha de Alcázar, y sus hijos MARÍA DE MAYORGA, ANA DE MAYORGA y ÚRSULA DE MAYORGA, obtuvieron licencia para embarcar con destino a Perú. Otro hijo de este matrimonio, el 26 de Junio de 1613, nacido en Madridejos embarcó con destino a Japón, como criado de Fray Alonso Muñiz.
Alonso Mayorgas, vecino de Madridejos; dc. Idem 1518 - 1519; D ( 303 - 421 - 1 ), 1519 - Julio - 30; E ( 301- 4 - 4 ).
En el año 1627 vivían en Madridejos, ATALINA DE MAYORGA y su esposo Gabriel Pérez Zurdo; parece que Catalina murió a los pocos años de esta fecha pues Magdalena Gutiérrez, que era vecina de Madridejos, trata de contraer matrimonio con Gabriel de lo que se desprende que en el año 1636, era ya viudo.
MIGUEL DE MORA MAYORGA DÍAZ Y SÁNCHEZ nació en Madridejos en 1652. Fueron sus padres Miguel de Mora y CATALINA DE MAYORGA; sus abuelos paternos: Pedro Gómez de Mora y Mª. Díaz. Sus abuelos maternos: RODRIGO DE MAYORGA y Mª. Sánchez, según consta en las pruebas de ingreso de religiosos en la Orden de Calatrava.
MARCOS MAYORGA, Colegial, nació en Madridejos en 1617, estudió en San Antonio de Portaceli, Sigüenza.
En el Archivo Diocesano de Toledo se encuentra un legajo Nº. 85, correspondiente a JUAN DE MAYORGA, nacido en Madridejos, fechado en el año 1734.
La familia MARTÍN DE MAYORGA, procedía de cristianos viejos, de Hijosdalgo. Este linaje establecido en la primera mitad del siglo XVII, en Manzanares de Ciudad Real donde había en 1576 doce casas de hijosdalgo y Madridejos de Toledo donde había sesenta y tres, usaron también el apellido Díaz de la Solana o Díaz solamente. Varios individuos de esta familia cursaron estudios en la Universidad de Alcalá.
De ellos descendió Martín Díaz Romo, nacido en Madridejos, casado con JACINTA DE MAYORGA el 17 Febrero de 1642 de igual naturaleza; parte de su descendencia se trasladó a Jerez de la Frontera.
Tenían por armas un escudo dividido en mantel; primero de azur, la banda de oro y gules segundo ajedrezado de oro y gules, tercero de oro un león al natural, la bordura de oro cargado de cuatro leones al natural y cuatro aspas de gules.
DON MARTÍN DÍAZ DE MAYORGA, era hijo de Martín Díaz Romo y de JACINTA MAYORGA, nació en Madridejos el 14 de Agosto de 1643 y se casó en Almudena con Doña. Gregoria de Sorripas, el 12 de Julio de 1671, natural de Zaragoza. Coronel de los Ejércitos y Sargento Mayor de los presidios de Cádiz. Hizo testamento en Madrid el 22 de Agosto de 1678, ante Antonio Llamas. Tuvieron dos hijos Martín y José.
Por último en la relación de los Hidalgos en la villa fueron:
Bolaños, Juan de. Año 1552-59.
Carranza, Sancho de. Año 1503.
Díaz, Catalina. (Vda. de Lope Yánez de Cervantes) Año 1555.
Díaz, Mayor y sus hijos (Mujer de Andrés López de Cervantes. Díaz Gallego, Juan. Año 1530.
Díaz Gallego Martín. Año 1571.
Gallego, Alonso y Juan. Año 1577.
López, Alonso. Año 1577.
López Páez, Francisco. Año 1577.
López, Diego y Fernando. Año 1566.
López de Cervantes, Alonso. Año 1566.
López de Cervantes, Alonso (el viejo). Año 1567.
López de Cervantes, Andrés. Año 1564.
López de Cervantes, Hernán. Año 1563.
López de Cervantes, Juan y Alonso. Año 1563.
López de Cervantes, Digo y hermanos. Año 1563.
López de López Yánez, Hernán. Año 1564.
López Mendaño, Fernán. Año 1518.
López de Párraga, Gregorio. Año 1518.
Páez, Hernán. Año 1577.
Díaz Zapero, Alonso. Año 1699.
Garcés de Zayas, Juan. Año 1659.
Contreras y Marín, Vicente Pío Benito Año 1791.
Coronado, Félix. Año 1767.
Coronado Ramírez de Arellano, Félix. Año 1768
Figueroa Portocarrero, Eugenio José. Año 1773.
Frías, Diego de. Año 1725.
López de la Oliva, Juan Antonio. Año 1775.
Hoy en día el apellido Mayorga, aún lo ostentan algunos vecinos de Madridejos, descendientes de estos linajes leoneses. Los López, como veremos en otros lugares, donde se asentaron otros linaje, están emparentados con aquel apellido. FIN

Monday, July 07, 2008

MATRIZ DE UN SELLO CONCEJIL
Asturquín
Durante una visita a Cuéllar que hizo el marqués de Lozoya, coincidió con el descubrimiento, en un almacén de un comercio de esta localidad de la provincia de Segovia, de una matriz de bronce que bien podía haber sido para confeccionar un sello de cera o de plomo, con su correspondiente tórculo.
Las dos piezas grabadas en el hueco de la matriz constan de sendas superficies circulares, con salientes que permiten su incorporación al aparato de presión. En el anverso: un caballero con cota de malla y lóriga, tocado con un capacete cilíndrico que se adorna un lambrequín cuadriculado.
Con el brazo derecho (el izquierdo en la impresión positiva del sello) embraza una gran adarga en forma de blasón jironada en fragmentos triangulares, en que alternan los resaltados y punteados con los rehundidos y lisos. En la misma forma van jironados el pequeño pendón rectangular que empuña con la mano izquierda (la derecha en el positivo) y las amplias gualdrapas del caballo, representado en la actitud convencional de galope.
En torno, entre dos gráfilas corre la inscripción, a partir de una cruz de brazos ensanchados por los extremos, situada exactamente sobre el capacete del caballero. Se lee: EST : CAVALLERO : ES : ALFIERAZ : DE : CVELLAR :I / . VASALO : DEL REY : Una estrella señala el final.
En el anverso: Un castillo de doble recinto. Todo él mazonado a la morisca, con sendos puntos en el centro de cada uno de los sillares, y con almenas rematadas en pirámide. El recinto inferior lleva, en su parte central, un cuerpo saliente algo más elevado, con el ingreso en forma de arco geminado y sobre él un tragaluz trilobulado en su parte superior. Los muros, a ambos lados, van también rotos por puertas de arco doble y por tragaluces. Sobre el recinto superior van tres torres, más alta la central, con dos almenas cada una y abiertas por sendas ventanas. En los dos espacios comprendidos entre las torres campan bien dibujadas flores de lis y otra flor mucho más pequeña (o bien parece una pequeña cruz sobre un mástil, señala el marqués) apenas se distingue entre las dos almenas de la torre del centro. En torno y en la misma forma que en el anverso te igualmente a partir de una cruz análoga, se lee: EST : ES : EL : SEELLO : D : CONCEIO : DE : CVELLAR.
Parece que fue confeccionada esta pieza en la segunda mitad del siglo XIII, a tenor que el marqués de Lozoya justifica en su estudio, además las crónicas hablan que en Cuéllar había en esta época artífices suficientemente diestros para labrar un aparato como el que aquí se trata y acaso fuesen judíos diestros en las labores del metal los que se dedicasen a estos oficios.
Hasta 1300 se usó por parte del Concejo de Cuéllar un emblema muy diferente al que en esta matriz se representa, posiblemente en el siglo XV la corporación municipal deseó armas más expresivas y alguien propuso el caballo con su collar o collera.
Pieza interesante es el tórculo, de hierro y se compone de dos bandejillas circulares unidas por el macho de dos tornillos, a lo largo del cual corre una de ellas. Solamente se conserva uno de los torniquetes, adornado con dos elegantes volutas. Un cordón, en torno de los discos, constituye su único intento ornamental.
Este pequeño aparto se encuentra hoy en el Museo Arqueológico Nacional.
Tomado del opúsculo del Marqués de Lozoya: “Las matriz del sello concejil de Cuellar” 1943..Biblioteca Nacional: V/Cª 13837. FIN
LOS HERMANOS DEL CABO NOVAL
Asturquin

La procedencia de la bravura de Luis Noval está en su genealogía astur de bravos guerreros, habitantes de antiguos castros, como el de El Cuito, restos en un lugar de Valdesoto en el Concejo de Siero, de los que, pasado el tiempo, llevaron a cabo otra gesta colectiva, guerreando contra el invasor llegado del otro lado del Estrecho, a fin de reconquistar el territorio usurpado.
Muchos de sus ascendientes se llamaron Juan: Juan Noval Fernández, hijo de Juan Noval, nació en Valdesoto el 23 de mayo de 1786, casándose en la parroquia de Turriellos, del Concejo de Langreo, con Sinforosa Camino García, nacida en 1785.
De este matrimonio cristiano nació José, natural de Valdesoto, el 22 de marzo de 1817, que casaría con Josefa Suárez Moral. Este matrimonio se trasladó a Castiello, naciendo en esta aldea Ramón Noval Suárez, en 1860.
Ramón, en 1884, marchó a Oviedo en busca de trabajo, encontrando empleo y conociendo a la que sería su mujer Perfecta Ferrao, de dieciocho años, natural de la Goleta, parroquia de Sorribas del Concejo de Infiesto. Vivirían en la calle Santa Susana. Trabajó Ramón como carretero al servicio del Ayuntamiento, y posteriormente, como Conserje de la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad, estableciéndose en la plazuela de San Miguel núm. 1 y 3.
Allí nacieron sus hijos María del Olvido, la mayor en 1887, Luis Noval, y Julio Noval este último en 1892, estudiando todos los hermanos, las primeras letras, en el colegio de El Fontán.
El cabo Noval murió heroicamente en septiembre de 1909, en el Zoco el Had de Beni Sicar, por lo tanto sin descendencia directa.
La mayor Olvido, maestra nacional, a la que tenía mucho cariño y consideración, pues a ella fueron las cartas dirigidas desde Melilla antes de morir, aún estaba soltera casándose posteriormente con un miembro de la familia Botas, familia distinguida de la sociedad ovetense.
El hermano menor Julio, trabajó como maestro armero en la fábrica de armas de Trubia que casó con Josefa Fernández. FIN