Saturday, April 14, 2012


    
ESCUELA MILITAR DE MONTAÑA
Y OPERACIONES ESPECIALES

EL XII
DE GUERRILEROS
          (1967-1968)

Marcos Mayorga Noval
2012


DEDICATORIA

Tal como lo viví y dedicado a los profesores y compañeros de curso. A los que están y especialmente a los que nos han dejado. A los que tienen y han tenido el honor de lucir sobre sus cabezas la BOINA VERDE y a quien fue mi postrer Jefe de Guerrilleros, Evaristo Muñoz Manero.


La Escuela Militar de Montaña, se encuentra ubicada en la localidad oscense de Jaca. En ella se realizan diversos cursos de montaña y desde el año 1957, en que se realizó el primero a título experimental, los de Guerrilleros.
Su origen fue la inquietud de algunos jefes y oficiales que se reunieron en el entonces refugio militar de Navacerrada, en la sierra del mismo nombre de Madrid, con el fin de conseguir un mayor impulso en el conocimiento de la lucha de guerrillas y contraguerrillas, así como la conveniencia de dotar al Ejército de Unidades preparadas para estos cometidos. Fruto de aquello fue la disposición en el Diario Oficial del Ejército, con fecha de primero de Diciembre de ese mismo año, por la que se convocaba el Primer Curso para el mando de Unidades de Guerrilleros.
En el año 1960, se publica en el Diario Oficial del Ministerio del Ejército núm. 131, de 9 de junio, las normas por las que se habían de regir los aspirantes a la obtención de la Aptitud para el mando de Guerrilleros y se crea y define el distintivo de Guerrillero: un machete en su color natural, rodeado por sendas ramas de hojas de roble, en oro. Adoptándose poco después la boina verde y el uniforme mimetizado característico de estas unidades de combate.
El curso de Guerrilleros XII fue convocado en 1967, con una duración de mas de nueve meses, incluida la formación paracaidista. Como todos ellos su finalidad era y sigue siendo en la actualidad, el dotar a las Unidades de Operaciones Especiales, la preparación personal en misiones especiales, la organización de la lucha de guerrillas y contraguerrillas y asesorar al mando con estas operaciones, abarcando diversos conocimientos.
Fue el primer curso que se internacionalizó, en que sus integrantes iban a hacer unos ejercicios en cooperación con unidades de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos destacadas en Alemania, realizando ejercicios de entrenamiento en Bad Tolz y de vida y movimiento en zona desértica en la isla canaria de Fuerteventura.
Con Luis Córdoba Gigante
Era mi ilusión ingresar en esta Escuela, había oído hablar mucho de la dureza del Curso de Operaciones Especiales, de las pruebas a las que habían de someterse para su ingreso los aspirantes, de las que habían de superarse a lo largo de todo un año académico, de que era un curso en que oficiales, suboficiales y cabos primeros de lo tres ejércitos: Tierra, Mar y Aire, que tenían que convivir íntimamente, puesto que habían de tener mutua confianza, parta soportar toda clase de adversidades.
Había oído algún comentario sobre que a S. A. el Príncipe Juan Carlos le hubiera gustado hacerlo, pero que no se consideró por la alta magistratura del Estado, a causa del peligro que entrañaba el programa.
En la Academia de Suboficiales, había tenido un profesor que ostentaba
sobre su pecho el emblema de Guerrilleros y a todas sus enseñanzas imprimía un sello especial, que suscitaba mi admiración: el capitán Rubio.
Un curso que desde el año 1956, se venía desarrollando en la Escuela Militar de Montaña de Jaca y que la mayoría de nosotros conocía como Curso de Guerrilleros, aunque en principio se denominaba Curso de Aptitud para el Mando de Unidades de Guerrilleros; cuando yo ingresé ya se denominaba de Aptitud para el Mando de Unidades de Operaciones Especiales.
Todo ello hizo que, inmediatamente a mi ascenso al empleo de Sargento de Infantería, solicitara destino voluntario en una de las Compañías de Operaciones Especiales, tenía la necesidad imperiosa de colocar sobre mi cabeza la tan deseada Boina Verde de Guerrilleros. Fue lo primero que hice, nada más llegar a la Agrupación Mixta de Encuadramiento Nº VII, ubicada en el cuartel del Coto y donde tenía su alojamiento la COE nº 72 de Gijón, cuyo mando recaía en el capitán Valdés. El sargento Luis Córdoba se encargaría de enseñarme la colocación de tan deseada prenda.
El primer paso lo había dado, me encontraba destinado en la COE de Gijón en el Principado de Asturias y lo quise así, por ser tierra de mis ascendientes, de mi madre y por sus gentes.
Aún no estaba reglamentada la boina verde para vestirla con el uniforme de paseo, pero hice caso omiso de ello, cuando me presenté con ella ante mis superiores el día que me despedí en Hoyo de Manzanares, de la Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería, suscitando alguna que otra envidia, pues, tuve que escuchar alguna chorrada al respecto: que aún no estaba reglamentada, que me había pasado, en fin no faltan nunca....
Panchano
Sabía que si quería ingresar en la Escuela Militar de Montaña, tenía que prepararme a conciencia, en cuanto a las pruebas físicas se trataba, aunque la verdad es que lo único que me preocupaba era la natación, no por que no supiera nadar o bucear, sino porque mi velocidad no estaba como para superar los tiempos que se requerían. Estaba en plena forma y mi salud era excelente, a juzgar por la superación de las pruebas médicas, a las que nos sometieron.
De este modo fue como a partir de que me convocaran para hacer el ingreso, iba muchas tardes, con otros compañeros al club deportivo Cimadevilla de Gijón, a que nos preparase un profesor de natación, conocido en el ámbito deportivo gijonés, gran nadador nacional y entrenador, Panchano, del cual guardo un buen recuerdo, por lo bien que se portó con nosotros, aunque de desgraciada paradógica final al morir bajo las las aguas de la playa de San Lorenzo. De los que allí nos preparamos: Córdoba, Amador, Gallardo, Chimeno, solamente superaríamos las pruebas el teniente Mosqueira y yo.
Antes de tomar el tren hacia Jaca, en Zaragoza visité a la Virgen del Pilar, esta vez par que intercediera ayudándome en la superación de las pruebas, lo haría posteriormente en solicitud de superar el curso.
En compañía de José Muñoz Ruiz
Jaca eras en aquellos días de junio un hervidero de gentes, turistas, militares, paisanos, vehículos entre las estrechas calles se entre mezclaban. Allí me encontré con mis compañeros de la COE y con un amigo de toda la vida que había acudido también a las pruebas, José Muñoz. Nos solíamos reunir en uno de los bares mas frecuentados y fue la primera vez que les vi tomando leche, cosa que me extrañó sobre todo en Córdoba.
 Me dijo entonces que no quería hacer excesos pues las pruebas estaban a la vuelta de la esquina. Claro no tardé en descubrir que aquella leche tenía una buena dosis, no recuerdo bien, si de ginebra o de ron, el caso que la leche de pantera se puso de modo las tardes de aquellos días que duraron las pruebas de ingreso.
Las de agua se realizaron en las piscinas municipales y una a una fui superando los tiempos, también el de amnea que lo hice cantando mentalmente el himno de Infantería. Allí conocí a una chica, mientras esperaba el turno que me correspondía en cada prueba, después me ayudaría a confeccionar una ficha de confidente, para uno de los ejercicios que habíamos de superar.
Si algo sentí fue que ninguno de mis compañeros de empleo las superara y supe, desde aquel momento, que si el curso iba a ser duro para todos los que lo habían logrado, para mi lo iba a ser mas, pues era el único suboficial ingresado de toda España.
Una vez concluidas, regresamos a nuestras unidades, pues el curso no debía comenzar hasta pasado el verano; en la estación de Huesca me hice una fotografía al pie de la escalerilla del vagón, una fotografía que llevaba permanentemente mi padre. en su cartera.
Pasado el verano de 1967, llegó la hora de partir para Jaca, me despedí de mis soldados de los que me llevé agradables recuerdos, uno de ellos me regaló una linterna: por si le hacía falta en las marchas nocturnas, me dijo y que yo agradecí. En la estación de ferrocarril de Gijón se encontraba el teniente Centeno de la COE que había realizado el curso núm. XI y que había ido a despedir a su compañero de empleo Mosqueira, momento que aproveché para pedirle un consejo sobre la base de su experiencia, diciéndome que me comportase tal como era, de forma natural, cosa que traté de hacer desde aquel momento.
Después de hacer una parada en Madrid para ver a mi familia y a mi novia, partí de uniforme por tren para incorporarme a Jaca. En Zaragoza subí a otro, cuyos vagones de madera estaban a punto de desaparecer. No había en el mundo persona mas feliz que yo luciendo el uniforme y sobre todo la boina verde. Pero me faltaba algo en mi uniforme y era el emblema de hojas de roble dorado de guerrilleros.
Fue el no tener a aquellos compañeros de empleo, uno de los mayores handicap que tuve que superar, pues eché de menos en los momentos de reposo una charla distendida, con los que pudiera rajar, ya que muchas tardes y muchas noches la pasaba solo en una habitación con tres camas, dos vacías y al otra ocupada por mi, con una radio de transistores en mi mesilla y la fotografía de mi novia.
A veces sentía un esporádico paternalismo que no deseaba o un olvido cuando no era requerido por mis compañeros, para prestar mi apoyo. Recuerdo que en una de las marchas uno de los oficiales alumnos, había perdido su reloj y dispusieron ir un domingo ir a buscarlo al monte, no me avisaron y no contaron conmigo y eso me produjo una gran desazón. Otras veces me vi obligado a sacar las uñas como Dios me dio a entender. Una soledad por no poder compartir desazones, pero que me sirvió de acicate en muchas ocasiones, para superar mas de una zancadilla en el curso y a lo largo de la vida.
El día 15 de octubre llegaba a la estación de ferrocarril de Jaca, allí me estaba esperando un jeep que me llevó hasta la Escuela Militar de Montaña. El primer acto, en el que se hizo nuestra presentación e inauguración del Curso, el Director del Centro, después de unas palabras de bienvenida, comentó refiriéndose a mi que debían cuidarme, ya que era el único suboficial que tenían como alumno.
Ya entrado en él, me enteré que alguno me conocía por el tigre, apodo cariñoso que creo partió del teniente Almenta. Comenzaba así una de las etapas mas edificantes y añoradas de mi vida. Fue una ilusión, fue mi curso, el XII de Operaciones Especiales.
Nos encontramos todos los componentes del curso por primera vez, en la clase que iba a ser muy familiar a partir de este momento. Entró el Capitán Agüera Jefe del Curso que nos dio la mano a todos y nos obsequió con unas palabras de bienvenida. Acto seguido nos llevaron a hacer un recorrido por las instalaciones de aquel centro de enseñanza, nos dieron explicaciones sobre el museo, presentando los retratos al óleo de los alumnos de cursos anteriores que habían fallecido en diferentes circunstancias, debido entre otras causas a la peligrosidad de las actividades que se realizaban.
Nos enseñaron las distintas dependencias, el almacén de vestuarios lugar donde comprábamos toda aquello del equipo que juzgábamos mas conveniente, dependiendo de la actividad a realizar. Por ejemplo los calcetines de lana,a mi juicio eran insuperables: linternas de campaña, pañuelos, pasamontañas, etc. Fue la primera vez que nos hablaron de los alrededores de la Escuela, de Peña Oroel, mediante una vista panorámica, señalándonos algunos puntos que después, nos iban a ser muy familiares: el fuerte de Rapitán...
El día siguiente se había procedido a entregarnos el equipo, el cual consistía entre otras cosas, de dos anorak, dos uniformes de faena, tres pares de botas, una de ellas denominada de descanso, camisas , jersey, etc ., y además una boina verde enorme que como le decía a mi novia “parecía que tenía un paraguas por sombrero”.Todo se anotaba en la cartilla de vestuario.
Uno de los ejercicios iniciales fue hacernos pasar tres veces seguidas la pista de obstáculos que se encontraba rodeando el recinto de la Escuela, y comencé a comprender en los días inmediatos, el porqué de la fama entre los militares de este curso, la actividad era frenética, aquella primera fase de topografía, con aquel tiempo infernal a veces, con una lluvia insistente, de día, de noche, a todas horas nos veíamos en el campo manchando las botas de barro.
Marchas de aquí a allá, con el plano, con la brújula “Buchi”, nocturnas, diurnas, no había tiempo ni para limpiar las botas, pues al final de la jornada teníamos que hacer los informes “post acción” que tengo idea de haber hecho alguno completamente dormido y no era la primera vez que subía de madrugada casi a gatas, por las escalera que daba a las habitaciones.
Enfrente de mi habitación se había habilitado una de ellas, pues en el ala de la residencia donde me encontraba todas ellas estaba desocupadas, para servir de secadero de ropa y allí iba a parar las que volvían empapada de las marchas y donde, me las había ingeniado para conseguir seis pares de botas para aprovechar los fines de semana y limpiarlas y tenerlas listas para la semana siguiente. Las botas de descanso era el calzado recurrente, para aliviar los pies en los momentos de reposo.No recuerdo por cuantos caminos pasé, a cuantos riscos subí ni cuantos arroyos crucé bajo la mole imponente de Peña Oroel. Si me acuerdo refugiado en alguna de las cabañas de pastor de estar viendo al amanecer como, distraídamente, deambulaba bajo la lluvia un hermoso hurón, sin saber que yo la estaba observando a su lado. ¿Como lo iba a suponer en tan extraño y recóndito lugar? Nos empezamos a familiarizar con Santa Cruz de la Seros, Atarés, Baros, Guasa, Banaguás o Centenero, con los silos junto al asilo, todos ellos servían como puntos de paso, de reunión o de verificación de los interminables recorridos.
Otras veces llegábamos hasta algunos de los pueblos abandonados del Pirineo, donde las casas derruidas, entre calles enmarañadas cubiertas de vegetación, me hacía pensar en el arduo trabajo de las gentes de otros tiempos y lo efímero de la vida. Mas aún, cuando sentado en una loma observando el plano, fui a tropezar, mientras con una mano acariciaba la hierba, con un objeto metálico herrumbrado, no era otra cosa que los restos de una antigua cruz, me encontraba sentado encima de un campo santo.
El paso de rió nocturno era una experiencia peligrosa, el agua del Aragón bajaba completamente helada del deshielo, nos despojábamos de las prendas inferiores del vestuario, a fin de mantenerlas en alto con una mano, mientras con la otra nos hacíamos servir de un bastón de circunstancias, si no queríamos terminar mojados y las noches eran muy largas.
Durante esta primera etapa fueron muchas las horas que pasamos en las cabinas de la clase de transmisiones, para ejercitarnos en el manejo de la chicharra, llegando a dominar los mensajes mediante el alfabeto morse: reglas nemotécnicas como el “saca tapón” o el “no me joda usted”, nos ayudaban a identificar inicialmente algunas de las letras. La primera vez que tomé el mando de la chicharra (Ver) creí verme delante de una pantalla de cine, viendo aquellas viejas películas del Oeste, donde este sencillo pero efectivo aparato, era el único medio de comunicación y que nunca faltaba en las estaciones de ferrocarril.
El programa era de los mas variado, abarcando materias tan dispares como pudieran ser la fotografía o la nutrición, dibujo, mientras otros nos daban las directrices a tener en cuenta, para la consecución de tal o cual ejercicio.
Con el objeto de familiarizarnos con la visión estereoscópica, la primera práctica fue el identificar a la “salchicha”, forma curiosa de saber nuestra capacidad de poder visualizar el terreno en relieve, por medio de la fotografía aérea. Consistía en colocar los brazos completamente extendidos y en paralelo delante de nuestros ojos, de tal manera que intentando tocar los extremos de los dos dedos índices y fijando la visión de ambos ojos a la vez en el centro imaginario del espacio que queda entre ambos, llegáramos a ver al intentar acercarlos, una salchicha perfectamente nítida.
Cuando por primera vez con el estereoscopio observaba un par fotográfico, pude comprobar como de repente subían las montañas y se hundían los valles. Aquella ilusión en la creación de profundidad, fue como todo lo que para mi era novedoso, una experiencia muy gratificante.
Sobre el tatami, eran exhaustivas las clases de judo y defensa personal, el combate cuerpo a cuerpo nos capacitaba para salir airosos de cualquier situación ante un enemigo, cuando no se podían utilizar las armas reglamentarias; el paso de la pista de combate, a veces con fuego real y las prácticas de explosivos, requería mucha concentración y mucha atención en las explicaciones del profesorado, en cuando a la forma de saltar de los vehículos en marcha.
El paso de la pista de fuego era excitante, se limitaba una zona de terreno alargada con la suficiente anchura, como para poder hacer tres zanjas por donde tres alumnos habían de ir reptando, por debajo de las alambradas, mientras a nuestro paso se explosionaban cargas que casi te levantaban del suelo y desde el otro extremos del inicio del recorrido, es decir desde la cabecera, dos ametralladoras emplazadas realizaban fuego real sobre nuestras cabezas, hasta el mismo momento que las sobrepasábamos.
Utilizamos toda clase explosivos, tanto militares como civiles, además de mezclas incendiarias, así como explosivos de circunstancias. Con ellos realizamos levantamientos de obstáculos, abríamos pasos en las alambradas y se efectuaban roturas de todo tipo de materiales, maderas, perfiles, vigas, chapas, etc., para ello hacíamos cálculos de resistencia para emplear el explosivo adecuado y las cargas que eran necesarias para la destrucción. El explosor era imprescindible para explosionar las cargas utilizando los cebos eléctricos.
A lo largo del curso empleamos muchas veces el “ojo mágico”, un dispositivo de forma circular en cuyo centro una pastilla fosforescente que nos colocábamos a la espalda, cuando se hacían marchas o ejercicios nocturnos, con el fin de identificar la posición donde cada miembro de la patrulla se encontraba. Otro dispositivo portátil era el alcohosol para calentar la tienda aneto,una lata que contenía alcohol sólido, que una vez inflamado con una cerilla desprendía mucho calor en pocos minutos.
plantilla de medidas en el plano
Siempre que se salíamos a hacer algún ejercicio nocturno, nos preparábamos en la “U”, donde camuflábamos nuestro rostro, ennegreciéndolo con un corcho quemado y adosábamos los pliegues de nuestro ropaje al cuerpo, con diversas ligas, a fin de evitar el roce con las ramas evitando de esta forma producir ruidos innecesarios, mientras que la cabeza la cubríamos con la bufanda tubular. El armamento también era objeto de camuflaje, tratando mediante redes o diversos trozos de trapo disimular su diseño. Las manos también se ennegrecían, en precaución por la pérdida de los guantes.
Llegamos a dominar las aproximaciones silenciosas, tanto de pie como reptando, aunque muy lentas en su desarrollo, tenían la ventaja de acercarnos hasta la zona enemiga sin ser detectados, si a esto uníamos la llegada en contra del viento y a unas horas intempestivas, la sorpresa era total.
Para realizar las primeras prácticas de escalada, nos trasladamos al Regimiento de Infantería Galicia nº 19, de Jaca, donde se encuentra la torre de escalada, una construcción levantada con hormigón y construida con una serie de rampas y asideros para familiarizarse con estas técnicas.
Una instalación donde al poco surgió un accidente de fatales consecuencias, nos enteramos que un capitán del propio acuartelamiento, realizando un ejercicio sobre la plataforma superior, tuvo la mala fortuna de que una mano se le escurriera y cayera cabeza abajo y aunque en el aire tuvo la agilidad de dar una vuelta para caer de pie, no fue suficiente pues aparte de romperse ambas piernas y de que se le incrustaron las costillas en los pulmones; murió a los tres días en el hospital de Jaca. 
Yo fui a hacerle una visita en compañía de un compañero, un sargento que estaba haciendo el curso de montaña, Jose, con el que yo compartía algunas tardes en Jaca, cuando coincidíamos en el desarrollo de los respectivos programas y allí nos enteramos de la gravedad de su estado, del que él mismo era consciente.
Aquella torre desde aquel momento dejó de utilizarse y en el regimiento se encuentra enmudecida como testigo mudo de aquella tragedia.
Las prácticas de tiro, eran diarias en el campo de las Batiellas; llevábamos siempre las tres armas encima, la pistola, el subfusíl y el cetme y un cuadernillo de campo, donde apuntábamos los impactos sobre las siluetas.
Finalizadas las tardes, el último acto vespertino, pues no de la jornada era el de reintegrar las armas a su lugar después de realizar una concienzuda limpieza de las mismas en le local denominado la “U”, lugar desde donde partían la mayoría de las marchas nocturnas después de proceder al camuflaje correspondiente. Disponíamos cada uno de nosotros de una taquilla, donde guardábamos los utensilios de primera necesidad, para el camuflaje, material de limpieza del armamento etc.
Por cierto que tengo el honor de ser el primero y por tanto el que inauguró “la botella”, penalización que correspondía al profesorado, imponiendo tal sanción por la falta cometida.
Me tocó la primera pues, en el inicio de las clases de armamento, se me ocurrió dar un pequeño golpe al cañón del arma con un hierro ya que se había quedado atorado, momento que escuché “sargento Mayorga, haga el favor de apuntarse una botella”, de simpático y agradable recuerdo, no me cayeron más pero, mis compañeros fueron incrementando el computo destinado a celebrar el paso del ecuador del curso.

camuflaje con el paracaídas,en la nieve
En las Batiellas se efectuaba el ejercicio de saltar de los vehículos en marcha, era excitante cuando cada uno de los componentes se levantaba del asiento lateral de la caja, para colocarse inmediatamente de pie cara a la parte trasera con el Cetme entre las manos, dispuesto a saltar. Rápidamente dominé la técnica por cuya causa no tuve mayores dificultades, incluso cuando los vehículo iba a gran velocidad, no así alguno que otro que se dio mas de un talegazo, dando de espaldas en tierra de manera que uno se puede imaginar.
La práctica, manejo y empleo de explosivos fue una de las asignaturas en las que se ponía la máxima atención y así fue siempre a lo largo del curso, pues, gracias a la experiencia adquirida no tuvimos ningún malogrado incidente al respecto.
Puente de Saint Michel
La capa de lluvia y el traje tormenta eran fundamentales en las marchas topográficas, bajo aquella, hacíamos las mediciones sobre el plano y aplicábamos la brújula sobre el mismo, evitando la intensa llovizna que habitualmente nos acompañaba. Era imprescindible tener plastificado el plano, de otra manera mantenerlo seco era un verdadero milagro.
Las patrullas topográficas las constituían normalmente tres alumnos, yo integraba una de ella juntamente con el Capitán Ochoa que era de la legión y el teniente Parra. Cada día le correspondía la responsabilidad a uno de los tres que era el que firmaba el informe correspondiente a la jornada. Todo iba bien hasta que me tocó ser el que firmara el informe; aquella mañana todos los cálculos los estaban realizando entre ambos oficiales, dejándome a mi al margen de ellos y de cualquier intervención, no es que me negaran nada, sino mas bien me ninguneaban. No pude por menos que preguntarles si podía ayudarles, contestándome que no hacía falta, entonces les dije que me gustaría intervenir puesto que era el día en que tenía la responsabilidad de la patrulla, por decirlo de alguna manera, por lo menos el que tenía que firmar el informe.
  • No te preocupes, por eso mismo te lo estamos preparando, me comentaron. Salvando las distancias, les dije que estaba allí en las mismas condiciones que ellos, como alumno para aprender. Se quedaron un poco sorprendidos, pero no podía hacer otra cosa y sí que me contaron lo que estaban haciendo.
Detalles parecidos fueron los mas desagradables para mi a lo largo del curso, en algunos no tuve mas remedio que sacar las uñas, pues era consciente que solamente era yo el solidario conmigo mismo.
En los incontables recorridos a la brújula, al plano o simplemente con la ayuda de esquemáticos croquis para manejarnos de noche, era imprescindible llegar dentro del horario a los puntos de paso señalados, así como al punto final. Se corría el riesgo de tener que llegar a la Escuela por tus propios medios que solían ser a la carrera, cuando el ejercicio se hacía por la mañana y se tenía que comer para partir inmediatamente a efectuar otra actividad por la tarde. La puntualidad en todos los actos estaba a la orden del día. No erar la primera vez que veía partir del punto final el autobús que nos recogía y la llegada a la escuela, corriendo con la lengua fuera con el tiempo justo para echarme algo a la boca.
Desde la pista forestal se iniciaba un ejercicio de fuga y escape de cerco, se había quedado que con el fin de no perdernos ir todos agarrados de la mano, todo fue inútil. Los profesores ya habían montado todo un dispositivo para evitar que permaneciéramos unidos. Comenzaron por encender unos grandes focos, hostigar por medio de voces y ruidos golpeando las ramas.
De repente me vi corriendo montaña abajo, completamente a oscuras entre la maraña, en solitario y durante muchas horas, en dirección a la Escuela. La noche cerrada hizo que, antes de recogerme al punto de reunión, al que había que llegar después de guardar una serie de precauciones, fuera la causante de haberme dado unos cuantos latigazos contra el suelo.
El caso fue que al finalizar aquella primera etapa, algunos compañeros causaron baja del curso, todo ello debido a que no había superado aquellos rigores o por motivos que solamente el profesorado y ellos mismos pudieron conocer, puesto que para el resto fue una pena que nos dejaran estos compañeros que había sufrido la inclemencias del tiempo como todos los demás. Después, serían contadas las bajas que se iban a producir. A lo largo del curso lo fueron Ochoa y Cabanillas.
Algunos días, cuando el sol nos permitía su práctica cómodamente, realizábamos dibujos del terreno, panorámicas a lápiz que nos iba a servir de experiencia para futuras operaciones. No puedo dejar de narrar, estando en una de estas clases lo sucedido con uno de los compañeros, Arturo Mosqueira, uno de los oficiales de mi Compañía de Guerrilleros, que con su idiosincrasia particular iba a protagonizar, entre los demás compañeros, una de las primeras anécdotas que no fue digna de aplauso por los allí presentes.
Sucedió que estando en aquellos menesteres, acertó a pasar por allí una criatura tomando el sol, era una pequeña lagartija deambulando entre las piedras que nos servían de asiento. Ni corto ni perezoso Mosqueira la atrapó con una mano y dirigiéndose a los que nos encontrábamos mas cerca dijo:
  • Veis, todo animal que se mueve es comestible, para acto seguido echarse al pobre animalillo a la boca y darle un mordisco que nos dejó a todos estupefactos. Mientras un pequeño hilillo de algo viscoso salía de entre la comisura de sus labios dijo
  • Esto es cuestión psicológica, todo el mundo puede comer de todo, o algo parecido.
Claro algunos le increparon y le hicieron ascos y fue tal su acción que el pobre Mosqueira tuvo que comer solo en una mesa, al menos aquel día en que yo lo estaba haciendo también, en el comedor de oficiales.
Las enseñanzas impartidas eran de lo mas variado. A veces verdaderamente resultaban desagradable, pero las cosas eran como eran pues quien sabe en que casos extremos se podían tomar decisiones extremas.
Una mañana se presentó un señor con un borrico. Los alumnos dispuestos en un círculo veíamos al jumento en el centro; a su lado el citado paisano dispuesto a darnos una disertación sobre la manera de sacrificar al jumento, sin que sufriera en absoluto, mientras que en una de las manos sujetaba un formidable mazo de hierro de mango alargado y al tiempo que tapaba los ojos del semoviente con un saco.
Finalizada la explicación, preguntó si alguno de nosotros estaba dispuesto para ejecutar el golpe sobre la testuz de la forma por él descrita; desde luego ninguno se atrevió a realizar aquella barbaridad, y mas de uno pensábamos que impartida la lección, no había motivo para sacrificar al animal. Sin embargo aquel paisano no estaba dispuesto a que el borrico saliera vivo de allí, por lo que le dio un certero golpe en su testuz, cayendo al suelo instantáneamente sin vida de manera estrepitosa.
Lo habitual en las fase de supervivencia era despellejar algún conejo, desplumar algún pollo, lavar las tripas y comer todo cuando podíamos aprovechar, siempre y cuando lo considerase conveniente la dirección.
Era el mes de Noviembre, cuando se programaba una larga y dura marcha de montaña, desde Jaca, habíamos de llegar al Monasterio de San Juan de la Peña, donde tuvimos que hacer la comida a las siete de la tarde, puesto que durante el día no teníamos nada que echarnos a la boca, solamente el agua que llevábamos en la cantimplora y desde donde “se divisaba todo el Pirineo, bueno una parte de él y estaba completamente nevado, ofreciendo una vista maravillosa”.
Era habitual hacer marchas nocturnas, tenían sus dificultades sobre todo cuando la noche era cerrada, no se veían muy bien por donde iban los senderos y algunas veces ponías el pie en los sitios menos apropiados, aunque las botas ya a estas alturas de curso amoldadas al pie, evitaban que los tobillos salieran mal parados. De ahí que unos breves descansos nos venían como anillo al dedo, antes de asistir a las clases de criptografía o morse que no se me daba nada mal, cuando no a las de judo.
Una prueba a la que nos debimos someter era una dura carrera con todo el equipo, en un tiempo limitado, que no podíamos sobrepasar del tiempo marcado pues, caso contrario causaríamos baja, temor que mas de uno tenía tras de la oreja, aunque tenía la convicción de superarla, nunca se estaba seguir de nada.
En esta primer etapa eran muchas las ocasiones en que podías tener cualquier impedimento que te resultara nefasto; una lesión en judo, cualquier mala caída, en fin hubo innumerables momentos en que el físico estaba en peligro. Aquella prueba se realizaba a lo largo de la pista forestal de la falda norte del Oroel, hacía un calor asfixiante y al comenzar a correr noté que el slip no se sujetaba bien, impidiéndome correr en condiciones, a cada poco tenía que introducir la mano dentro del pantalón para colocarlo y esto me llevaba tiempo, realmente las pasé “canutas” con aquel inconveniente, aún así pide llegar en el tiempo justo.
Ínterin alimentaba mis ilusiones, no se me olvidaba mi preparación para la Academia General, me reunía con el teniente Parra de vez en cuando, en la residencia de oficiales para explicarme algunas partes del cálculo matemático. El ser el oficial mas moderno del curso, intuí que sus superiores le hubiesen insinuado que tuviese un trato mas cercano hacia mi, me llevó a permitirme ciertas confianzas y animándome al respecto. Recuerdo departiendo con él durante una animada cena a la que me invitó en el inconfundible marco del barrio de El Coso y algunos de los viajes que hicimos en su flamante coche Ford Capitán.

Algunos de nuestros compañeros habían causado baja, no habían superado la fase de topografía, particularmente sentí que uno de los tenientes del arma de Ingenieros no nos acompañara, había llegado a confraternizar muy bien con él, así que en la primera ocasión que tuve de visitarlo en Madrid, así lo hice.No había experimentado nunca el hecho de suspenderme de una cuerda y bajar haciendo rapel por los riscos, así que me enfrenté a esta etapa completamente ignorante de esta modalidad de montaña. Habíamos ya aprendido a construir los diferentes nudos con la cuerdas, durante las clases teóricas en el aula, donde por otra parte realizábamos como colofón del día, el ejercicio “post acción” que en honor a la verdad no se como pude realizar alguno de ellos pues, tengo la completamente seguridad de que los hice dormido,si si dormido, tal como suena; algunos se realizaban ya de madrugada. El hacer los nudos en nuestra propia espalda no era tan sencillo.
El grito de ¡¡piedraaaaa!! se oía desde lo alto, advirtiendo de la llegada de alguna que desprendida de la pared, en la zona de Piedras Rojas, cuando alguno de los compañeros descendía, o escalaba, momento en que inmediatamente nos pegábamos a la roca, evitando de esta manera un peligroso golpe de aquella.

Cerdido Peñalver rapelando
Al final de esta fase logramos adquirir una buena soltura en las bajadas. La escalada requería una buena dosis de atención, muchas cosas estaban en juego, estribaba mucho la labor de equipo en la cordada. Los pasamanos, tirolinas y escalas hechas con las cuerdas, fueron frecuentemente utilizadas en los diferentes ejercicios a lo largo del curso.
La bajada de heridos requería al menos cuatro compañeros, dos encargados desde arriba de mantener la tensión de las cuerdas de rapel y dos encargados de bajar la camilla de circunstancias, donde, dentro del saco de dormir, descendía el herido, confeccionada con dos chaquetillas abrochadas, a las que a su vez se les habían vuelto las mangas hacia su interior, para introducir por ellas los palos laterales. Reforzada con algún tipo de ramajes entrelazados, mediante unas cuerdas cortas iba unida a las respectivas cinturas de los rapelistas, mientras se efectuaba la bajada por el escarpe montañoso.
Una de las fases mas esperadas era la fase de nieve, entre diciembre y febrero durante cinco semanas, se lleva a cabo el ciclo de vida, movimiento y combate en montaña invernal, fechas en las que se nos instruyó en todas las técnicas básicas de esta modalidad. Aprendimos a construir todo tipo de refugios en nieve, a movernos con esquíes, raquetas, crampones y piolet. Aprendizaje del esquí, la supervivencia en nieve, las marchas nocturnas, las marchas de alta montaña. Realizamos ejercicios de tiro en nieve, efectuamos despliegues tácticos, manejo de transmisiones, localización, recuperación y evacuación de bajas.
Para ello nos trasladamos a la estación invernal de Candanchú, donde se encontraban los refugios militares, tanto para los oficiales como para los suboficiales. Cuando me incorporé al mío, me encontré allí con los alumnos del curso de montaña, no tenía mucha relación con ellos pues casi nunca coincidíamos, no obstante no me sentía tan solo, algunas tarde noche cambiaba impresiones, sobre tal o cual cuestión derivada de nuestras prácticas.
Algunas veces me dedicaba a observar las pistas nevadas desde la ventana de la nave corrida, en las que estaban ubicadas las literas, eran tiempos en que disfrutaba con mis cosas, me dedicaba a tomar alguna fotografía o bien me acercaba a la sala de billar donde en solitario golpeaba las bolas, cuando no me sentaba a ver la televisión, haciendo tiempo mientras llegaba la hora de la salida a efectuar algún ejercicio nocturno.
Aprendíamos a marchas forzadas, yo estaba en el grupos de los menos expertos, algunos ya sabían esquiar perfectamente, tal era el caso de Farizo, pero los mas andaban renqueando.
Al final de la primera semana, estaba en condiciones de hacer los primeros pinitos, la cuña sobre todo. Regueira era un experto guerrillero, profesor de esquí, muy exigente, por eso un día mientras nos esforzábamos en atender a sus demandas intentando “meter cadera” a media ladera, recibí de sus manos un bastonazo entre la bota y la pierna que me hizo saltar las lágrimas de rabia,una acción que no creo que se atreviera a desahogarse de aquella forma con otros alumnos, aunque a algunos de ellos les estaba exigiendo lo mismo. Todos se dieron cuenta de que aquello estuvo mal, el teniente Estévez tuvo la gallardía de dirigirse a mi para decirme de inmediato: Marcos, no te preocupes es un gili... Tuve la suerte de tenerlo como binomio a lo largo del curso en mas de una ocasión.
Creo que fue al principio de la semana siguiente, cuando teníamos programadas una marcha de alta montaña, debíamos llegar hasta le ibón de Escalar, en dirección al pico de los Monjes fue muy dura, debíamos cargar con los esquíes y con todo el equipo. Atravesamos el ibón helado ya bien entrada la tarde, momento en que hicimos un alto para tomar un respiro e ingerir algo de comida.
Regueira recuerdo que llegaba bastante tocado, según el mismo decía, tenía una voluntad de hierro a pesar del accidente que había tenido, pues a el se refería en algunas ocasiones cuando nos daba las clases de judo
  • - Si no tomo esta naranja no llego! Estoy seguro que lo decía con la boca chica, pues su recuperación, si es que la hubo, fue inmediata.
La bajada fue de película, la obligatoriedad de llegar a la Escuela con los esquíes, era mas peligroso para los inexpertos, pero por supuesto que nadie se iba a quedar atrás fuese como fuese y menos yo que estaba dispuesto a soportar todo lo que me echaran. Así que enfilé la bajada detrás de algunos de mis compañeros, algunos bajaban con toda la naturalidad del mundo pero, otros entre los cuales me encontraba, no hacíamos mas que pegarnos de bruces en la nieve, rodar monte abajo y vuelta a levantar para deslizarnos un rato y volvernos a caer, era penoso, pero había que seguir en la brecha.
Seguía bajando, a trancas y barrancas, al final por la cuenta que me tenía, llegué a adquirir cierta soltura, incluso llegada la noche ya a poca distancia de la Escuela, cuando el terreno era menos inclinado llegué, aunque exhausto, a disfrutar esquiando. Aquellas sensación nueva de esquiar de noche, sin luces, sorteando los badenes produciendo un suave deslizamiento discontinuo, difícilmente puedo describir por lo agradable.
En el refugio, (en la fotografía leyendo una carta con las botas al sol sobre el alfeizar) cuando al fin me deshice de los esquíes y deje el equipo, me acerqué a mi cama despacio con el fin de no despertar a los alumnos del curso de montaña, caí en ella redondo.
Los días siguientes nos dedicamos a perfeccionar el esquí, usábamos los remontes todo los días, el de la Escuela era muy sui generis, consistía en una cable acerado del que partían alternativamente otros mas cortos, en cuyo extremo estaba anudado un simple palo, no parábamos. Algunos días hacía mucho frío, sobre todo cuando llegábamos al final de la jornada.
Tenía yo la dificultad de que el dedo pulgar de la mano derecha se me congelaba, aunque nunca dije nada, derivado de colocar el mismo detrás de la palanca de apertura de cartuchos de la escopeta de caza, en el momento del disparo, cuando iba de caza con mi padre y consecuentemente con el retroceso me reventaba la yema. Me había quedado la secuela pues que no llegaba el suficiente riego sanguíneo. Así que en aquellos días de frío, procuraba meterme algodones en el guante, aunque todo era inútil, lo primero que hacía cuando estaba en la habitación, era darme toda clase de masajes y arrimarme a la calefacción para recuperarme.
Se iniciaban las mañanas con la preparación de las tablas, aplicando la cera apropiada en sus base. No se solían emplear los remontes pero si subir a media ladera hasta el comienzo de las pistas, o de la bajadas. Lo más penoso era ir en cabeza abriendo huella en la nieve virgen, pues los siguientes se encontraban la huella pisada, bien es cierto que cada tramo se producía un relevo. La subida era en zigzag, a fin de evitar demasiados desniveles. Los más expertos eran los que mas disfrutaban con estas prácticas, alguno comentaba que en mas de una ocasión había bajado la Zapatilla, una pista con mucho riesgo.
Una anécdota que recuerdo de esta etapa, cuando por aquel tiempo se estaba produciendo una campaña de sensibilización, en el sentido de que no se podía hacer auto stop, fue la sucedida un buen día que no se porque yo había bajado a la Escuela, creo que fue un fin de semana y a la hora de reincorporarme al refugio de Candanchú, no pensar otro medio mejor que practicar el gratuito modo de viajar.
Ya en la carretera a pocos metros de la Escuela, pasó uno de los vehículos al que hice las señal convenida. En mal momento puesto que lo iba conduciendo uno de los profesores del curso, el capitán Gordo. Me miró y haciendo caso omiso, siguió como si talcosa.
Ya en Candanchú esperaba su llamada; sin remedio me caería un correctivo. Cuando a primera hora del martes me llamó a su presencia, estaba preparado para defenderme como gato panza arriba, con el fin de librarme; cuando me preguntó que si no sabía que estaba prohibido hacer auto stop, le respondí que si que los sabía pero, que como no sabía como subir al refugio, esperaba encontrar a alguien conocido de la Escuela que me llevara y así lo hice cuando le había reconocido a él. Bueno estoy convencido que no se creyó tal bola, pero también estoy convencido que mi salida le dejó satisfecho y que por ello tuvo benevolencia, salvándome de la quema.
Transcurrido un determinado tiempo en aquellas actividades, la dirección del curso nos programó una temporada realizando ejercicios de supervivencia en nieve. Marchamos hacia una zona apartada de la estación de invierno, para dirigirnos a un paraje inhóspito. Allí debíamos permanecer unos días, soportando condiciones climatológicas adversas, a las que por otro lado ya estábamos bastante habituados.
Lo primero que tuvimos que hacer fue levantar las tiendas aneto, entre la nieve, a las que adosamos unos bloques de nieve cortados con los serruchos, sirviendo de parapeto contra los los vientos. En ella dormía junto a mi binomio Estevez; la regla era meter las botas dentro de nuestros correspondientes sacos, a fin de que no se congelaran durante la noche. Previamente calentábamos el interior con la lata de alcohosol, durante unos minutos, con la precaución que el líquido no se derramara, pues las consecuencias podían ser funestas. Una vez apagado se solidificaba de inmediato.
Construimos cada patrulla, compuesta de tres alumnos, el correspondiente igloo; en el teníamos que pasar las siguientes noches. Cada uno de nosotros tenía un cometido, turnándonos cada cierto tiempo, a fin de que la monotonía no hiciese mella en nuestro ánimo que deberíamos tener intacto durante la noche. Uno se encargaba de la cantera o de la saca de bloque con el serrucho, mas o menos iguales. Otro se dedicaba al transporte desde el lugar de la extracción, por supuesto cercano y el otro de levantar la bóveda, hasta conseguir cerrarla mediante el último bloque o clave de la estructura. Por dentro se alisaba todos, de tal manera que quedaba la pared compactada y solamente una abertura inferior dejaba paso al interior, donde había el suficiente espacio para estar ¿Cómodamente?
La verdad es que las noches no eran precisamente muy reconfortantes, metidos en el saco, recuerdo que algunos ni se quitaban las botas, y la entrada tapada con un bloque; una vela permanentemente encendida servías de testigo, para ello debíamos relevarnos para estar despiertos y mover el bastón que a propósito mantenía abierta una pequeña abertura, con el fin de mantener el oxígeno y evitar males mayores.
Desde este vivac efectuamos alguna marcha, llegando hasta la frontera francesa, empleando algunas veces la cuerda de alud y tomando las debidas precauciones en laderas que acumulaban gran cantidad de nieve. El temor a cortar la capa de nieve a nuestro paso, nos obligaba a que la hilera de marcha fuera muy alargada, dejando extensos tramos entre alumno y alumno.
Otra de las prácticas que se llevaron a cabo fue la de enterrarnos en la nieve al paso de una ventisca, en muchos casos era la única manera de refugiarse metidos en el saco, esperando a que pasara tan peligroso enemigo de montaña.
Los profesores estaban continuamente vigilando nuestras acciones tomando buena nota de nuestros progresos. El capitán Agüera se me acercó uno de aquellos días preguntándome, donde estaba el norte, creo que quedó satisfecho cuando señalaba la dirección que requería.
Una nueva actividad nos esperaba, era la supervivencia en nieve, la zona elegida fue el valle de Hecho. No recuerdo hasta que lugar nos transportó el autobús. Llevábamos todo el equipo, lo que si se que nada mas bajar, recorridos unos centenares de metro nos encontramos los caminos completamente nevados. Nos colocamos los esquíes e iniciamos una larga marcha en ascenso, hasta le valle ante dicho. A los profesores les gustaba elegir lugares aislados, éste mas allá de donde se encontraba el último refugio de la guardia civil.
Nada mas llegar comenzamos a preparar las cabañas de circunstancias, debíamos permanecer allí al menos una semana, aunque dormimos en las tiendas aneto. Al día siguiente, aprovechando la gran profusión de pinares, todos hicimos acopio de material y surgía la fricción cundo menos se esperaba.
El capitán Santos se encontraba cortando unas ramas, encima de un de aquellos formidables pinos. Serrando estaba una de ellas, cuando vi que se iba a caer encima de la tienda aneto del teniente Mosqueira, no sabía que era la de él, me daba igual que fuese la suya o la de otro compañero, lo único que quería evitar es que se cayese encima, ayudar. Me dispuse a evitarlo, así que agarré el extremo de la rama, mientras Santos terminaba de aserrarla.
En ese preciso momento, Mosqueira apareció por allí, diciéndome
  • ¿Que haces Mayorga?
  • Mi teniente estoy sujetando la rama para que no caiga encima de esta tienda.
  • Pues, suelta ahora mismo que es la mía, basta que la cojas para que se caiga encima, me dijo con cajas destempladas.
  • ¡Ah, si, pues ahora mismo! Le contesté, al tiempo que soltaba el extremo de aquella. En ese momento Santos daba el último golpe al serrucho y la rama caía estrepitosamente sobre la tienda, produciendo un siete en la lona. Mosqueira me grito
  • ¡Mayorga, coge una aguja e hilo y la coses ahora mismo!
  • ¿Quien Yo? Le contesté ofendido.
Eso no se lo cree Vd., ni de broma.
- ¡Mayorga estas arrestado siete días, cuando volvamos a la Compañía!
En ese momento apareció el jefe de curso. Mosqueira se dirigió a él para exponerle el suceso. Su contestación fue explícitamente cortante:
- ¡Dejarme de tonterías Mosqueira, Mayorga y tu y tu y Mayorga me tenéis hasta el gorro!
Una de las anécdotas que posteriormente recordaríamos en algunas ocasiones posteriores con simpatía. Desgraciadamente mi compañero de fatigas y de destino hace tiempo nos ha dejado; siempre le tuve un gran aprecio, conocía su nobleza de carácter.
Por primera vez utilizamos los crampones en una de las marchas, en una de ellas cuando lo hacíamos por una de las laderas del valle de una considerable profundidad, uno de los compañeros, Zabal, no acertó a colocar los pies y se cayó. Inmediatamente comenzó a deslizarse sobre el hielo de espaldas y así casi le llegamos a perder de vista, afortunadamente, aunque cada vez adquiría mayor velocidad de descenso, en aquella extraña posición con las piernas hacia el cielo, y no haber ningún obstáculo, se incorporó al vivac sin consecuencias.
Después de hacer diversas prácticas en la Escuela, como entrar en contacto con el agua por primera vez, con el empleo de aletas en el foso de la pista de aplicación, con vistas a los entrenamientos previos para la fase final del curso y donde la característica principal era el nadar en aquel agua tan fría y en aquellas épocas de invierno; algunos alumnos, con el fin de permanecer menos tiempo en el agua, parecía que les hubieran adosados cohetes a los pies, aún estoy viendo al teniente Isabel como hacia las vueltas en un abrir y cerrar de ojos.
En este tiempo se realizaron prácticas de combate en poblaciones, se empleaba alguno de los pueblos abandonados, se colocaban siluetas entre los muros menos derruidos o en las esquinas de las calles y se organizaban combates con fuego real, introduciéndonos en las diversas dependencias con métodos muy rigurosos y sincronizados, evitando así accidentes imprevistos y convirtiendo aquellos ejercicios en clase muy provechosas. Desde luego nuestra juventud imprimía a las acciones una dinámica difícil de imitar.
Los temas de emboscada eran de nuestra preferencia, requerían una especial preparación,la formación y misiones de los equipos, la elección del material a emplear y el reconocimiento de los lugares donde montar el dispositivo, los itinerarios de escape y las marchas de aproximación, así como los barreamientos.
El paso del conguito, era un obstáculo en el que se ponía a prueba la resistencia del alumno a la claustrofobia, el movimiento en circunstancias adversas y el desenvolvimiento en total oscuridad. Consistía en una serie de zanjas completamente cubiertas, con ramificaciones en forma de araña, por lo tanto zanjas convertidas en galerías subterráneas de apenas medio metro de altura y muy estrechas, en las que se habían colocado una serie de obstáculos, a veces con agua o con alambradas o troncos entrecruzados, de tal manera que el avance era muy complicado, pues bien, en el mejor de los casos se tenía que hacer caminando de rodillas, con apoyo de las manos en el suelo o reptando en la mayoría del recorrido.
Tanto la entrada como la salida, una vez que el alumno se había introducido en él, se cerraban, con lo cual la oscuridad era total. El tiempo de permanencia era desigual, dependía de la suerte que cada uno tuviera en elegir el ramal a que correspondía la salida, en mi caso el tiempo fue mas largo que el de muchos de mis compañeros. Entrábamos naturalmente por grupos de cuatro y fui el último en salir del mio.
Me había topado ya con alguno cuando íbamos por la misma galería y en sentido contrario, cruzándonos como podíamos y estrujándonos contra las paredes húmedas. De repente tropecé con alguien cuya voz me resultaba característica.
  • ¿Quien eres me dijo?
  • Soy el sargento.
  • Pues paso que soy el teniente. No podía ser otro sino Estévez, haciendo gala de su buen humor al que nos tenía acostumbrado.
Al final vi al fondo una ligera rendija, por donde se introducía una pequeña claridad, empujé con la cabeza la madera y allí estaba la salida. Tenía el traje completamente embarrado.
No se en la fecha que nos fuimos a Zaragoza donde estuvimos una semana alojados en le regimiento de Pontoneros, haciendo prácticas y manejo de diversas máquinas pesadas, para trabajos en las carreteras, tales como apisonadoras, allanadoras y excavadoras entre otras.
Tanto el Centro de Estudios Técnicos del Ministerio del Ejército (CETME), como la central térmica de Escatrón, en Zaragoza a las orillas del Ebro, fueron unas de las visitas programadas y enmarcadas en el programa, para el conocimiento de una serie de establecimientos civiles y militares, de gran repercusión estratégica, con la finalidad de que nos familiarizásemos con sus dimensiones, así como de sus sistemas de seguridad; centrales nucleares, refinerías, cuarteles generales, etc., que pudieran considerarse, en un momento dado, como posibles objetivos.
A primeros del mes de febrero se había trasladado el Curso a la Base Aérea “Méndez Parada de Alcantarilla, estaríamos dos meses realizando el Curso de Paracaidista. Yo me aloje en la Residencia de Suboficiales y allí me encontré con otros suboficiales que iban a realizar el mismo curso que nosotros, así que por una temporada tendría con quien departir en los momentos de ocio. Los oficiales se alojaron en la residencia de Oficiales, no muy lejos de la nuestra y los cinco cabos 1º que formaban parte del conjunto de alumnos se alojaron en otras dependencias.
Algunos días me desplazaba por la tarde hasta la residencia de oficiales, donde Parra se ofreció a darme algunas clases de matemáticas con vistas al ingreso en la Academia General Militar, aún no había perdido las esperanzas de hacerlo, no podía despreciar el haber aprobado unos años antes la primera parte.
Después de realizar unas pruebas de esfuerzo físico, una de ellas era correr una determinada distancia con un saco de arena a la espalda, en determinado tiempo, comenzaron las distintas clases tanto prácticas como teóricas, sobre el conocimiento del paracaídas, el plegado, la forma de recogerlo una vez concluido el salto, las precauciones que debíamos tener en caso de encontrarnos con viento racheado y la forma de ayudar a los compañeros de salto en el arrastre, en fin todo cuando debíamos saber sobre el material de los que nos habíamos de servir para realizar nuestras acciones.
En los saltos preparatorios, en principio sobre una lona que sujetaban otros compañeros, después desde la torre de saltos, la decisión era lo mas importante, cuando por primera vez se tenía que saltar al vacío desde cierta altura, aunque fuéramos sujetos por un cable; era una experiencia nueva.
Después utilizamos un viejo junker, completamente desmantelado pero que servía muy bien para hacer las primeras prácticas de colocarnos dentro del avión y de posicionarnos en el primer salto en la portezuela, dispuestos para saltar, con las manos en las jambas para darnos impulso hacia el exterior.
Después de efectuar varios vuelos de adaptación, en el primero de los cuales nos enseñaron a colocarnos en la puerta y experimentar el golpe del aire en el rostro y acostumbrarnos al ruido de los motores y al olor del carburante, en los que ya íbamos totalmente equipados con los dos paracaídas, mientras el profesor nos agarraba en aquella primera experiencia, teníamos ganas de saltar al vacío.
Pero de nuevo volvimos a subir al avión, a través de la escalerilla metálica, después de observar como los junkers ponían en marcha los rugientes motores, cuyo ruido aún tengo grabado en mi memoria, con la visión de la gran cantidad de humareda que despejaban. Me senté al lado del radio telegrafista que se estaba comiendo un suculento bocadillo. No saltamos pues el objeto de aquel vuelo era ver saltar a dos veteranos de la escuela de paracaidistas y volver a simular el enganche en el cable estático.
Por fin llegó el día, un lunes, así que nos dio tiempo de recrearnos mas de una vez como habíamos de realizar el salto, a pesar de que los profesores nos habían aconsejado que no pensáramos demasiado en el tema y sobre todo que no realizásemos saltos mentales, pero era inevitable.
Tenía que saltar y ni siquiera fui a misa aquel domingo, nunca se sabe. Me había levantado con la hora suficiente para desayunar y encontrarme en el área de embarque a las ocho y media que nos habían señalado, llevaba conmigo el pañuelo de seda verde que me había regalado mi novia y que a partir de aquel salto siempre lo llevaría conmigo, en todos los que realicé. Naturalmente, la boina verde y la navaja de salto. Era una mañana soleada y hacía una pequeña brisa.
Los junkers en batería esperaban, alrededor se veía a los pilotos y ayudantes verificar los instrumentos y colocaban las escalerillas de acceso de los paracaidistas.
En el área de embarque se veía a la gente un poco inquieta, era natural y más aún cuando comenzaron a rugir los motores de los aviones, expulsando una humareda intensa y persistente. Alguno que otro trataba de rebajar la tensión, haciendo algún chascarrillo alusivo a los momentos por venir.
Aproximadamente a las nueve y media, nos mandaron pasar por patrullas a la zona de paracaídas, donde estaban colocadas las bolsas ordenadamente y alineados en el suelo, en su interior: el paracaídas principal o de espalda, el de emergencia o de pecho, encima y el casco encima de la bolsa. Cada uno de nosotros nos debíamos colocar inmediatamente del equipo que nos habían asignado.
Siempre salía uno de los aviones en un vuelo preliminar, para lanzar el testigo que no era ni mas ni menos que un paracaidista que sin manejar las bandas, comprobaba la deriva que tomaba su caída con relación al colchón que era la zona de salto, arada y preparada para evitar en lo posible cualquier accidente a hora de tomar tierra. De antemano se encontraba el equipo de meteorología con anemómetro y la muy visualizada manga,la primera que veíamos, pues era testimonio directo si debíamos de saltar o no, así como un equipo sanitario con su correspondiente ambulancia.
Yo era uno de los componentes de la quinta patrulla, por lo que nos correspondía saltar en último lugar, así que tuvimos que esperar más de una hora para ponernos en movimiento. Con los paracaídas ya colocados, alguno se dedicó a hacer algunas fotos, para inmortalizar el momento.
El jefe de salto había verificado, sobre cada uno de nosotros, las sujeciones a la clave metálica delantera, el grado de tensión que tenía el atalaje, levantada el cubre pasadores del de pecho comprobando que estaba perfectamente y finalmente, después de haber extraído un CLP, la tarjeta de comprobación del numero de paracaídas de la sala de plegados, nos entregaba el mosquetón por encima del hombro izquierdo.
Tomé la boina verde y la coloque en el bolsillo de pierna lateral derecho me coloqué el casco, abroché el barboquejo y levanté las solapas de la chaquetilla. Estaba preparado. Nos dirigimos andando hacia el avión que correspondía, cuando ya habíamos visto el salto de nuestros compañeros, oído los golpes de las campañas al abrirse en el aire, el balanceo de los paracaidistas.
Uno a uno fuimos tomando la escalerilla, los nueve nos sentamos. El avión se puso en marcha hasta la cabecera de pista, mientras iba viendo a través de la ventanilla los anchos planos del junquers vibrando, tenía la sensación por unos instantes de que se llegaran a resquebrajar, al paso por la pista de tierra.
De pronto se paró, habíamos llegado a la cabecera, unos segundo y el piloto da potencia a los motores, unos metros más y estábamos en el aire, poco a poco fue ganando altura. Era el momento de preparar los últimos detalles, comprobar que todo estaba en regla, la última comprobación del mosquetón, la colocación en la muñeca derecha de la navaja de salto. Me quite las gafas las coloqué dentro de la boina y volvía a colocar ambas en el bolsillo lateral. Bajé la parte inferior de los pantalones, de tal manera que cubriese las hebillas laterales de las botas, mientras rezaba un padrenuestro, siempre lo hice antes de cada salto.
Volábamos en dirección del colchón, a una altura entre cuatrocientos y quinientos metros. Como era el primer salto el avión había de realizar dos pasadas sobre el colchón, en la primera saltaron los cuatro primeros que se encontraban sentados enfrente de mi asiento lateral, nosotros lo haríamos en la segunda pasada. Le di la mano al teniente Parra y otro compañero deseándoles suerte.
Acariciaba con mi mano la anilla del paracaídas de pecho, de repente suena la chicharra, se enciende el piloto rojo, nos ponemos en pie, levantamos los asientos laterales con el fin de tener el suficiente espacio para movernos, enganchamos el mosquetón al cable estático colocado a lo largo del techo, el jefe de salto hace una última revisión de los enganches y seguros. Dos minutos interminables y llegó el momento.
Se ilumina el piloto verde y se oye al jefe de salto:
  • ¡salta! ¡salta! ¡salta! Mientras decidido, asiendo el mosquetón en mi mano izquierda, el cable estático adquiere un vibrante y ruidoso movimiento, me dirijo hasta la puerta de salida, adopto la posición, el jefe de salto me da un golpe con la palma de la mano, al tiempo que dice una vez mas,
  • ¡salta!
Sentí que mis casco había golpeado la parte superior de la puerta y que una ráfaga de aire me golpeaba mientras gritaba:
- ¡aivá!¡aivá!¡aivá! Sin tener en cuenta el consejo de contar tres segundos: 333, 334,335, que a partir de aquel salto contaría mentalmente y que es el tiempo que tardaba el INTA en abrirse, desde el momento que se sale del avión.
Instantáneamente sentí un frenazo en la caída, se había abierto la campana, aprecié una vez agarrado en las dos bandas delanteras y levantando la cabeza hacía atrás, la maravilla de tener encima aquella nueva visión. Era una sensación única, de calma total. Descendía hacia el colchón no tenía ningún compañero cerca de mi, pero estaban en el aire balanceándose. (foto: mi muñequera de la navaja de salto)
Era una visión única, por primera vez pude apreciar desde el aire como se veían las cosas, los árboles, las casas, las personas, los coches. Tomé la posición de caída y tomé tierra sin ningún contratiempo, cerca lo hizo otro que me hizo un gesto de aprobación, levantando el dedo pulgar de la mano derecha.
Solo me quedaba recoger el paracaídas, tomé los hilos de la válvula de escape y estire la seda y los cordones para a continuación ir recogiendo entre los brazos todo él, e introducirlo en su correspondiente bolsa que habíamos dispuesto entre la parte superior de las piernas y entre las bandas, desde el momento de equiparos. Me quité el casco, me coloqué las gafas de sol y la boina verde.
Después de realizar varios saltos sobre el colchón, comenzaron los ejercicios tácticos, se incrementaron las marchas por distintos itinerarios como parte de de algún tema, a veces bajo un sol de justicia. La navaja da salto sirvió en mas de una ocasión para cortar algún limón que colgaba a nuestro paso.
A mediados de marzo ya habíamos efectuado mas de ocho saltos. No todos habían sido perfectos, en el segundo me precipité demasiado, no dejando el suficiente espacio con con el que me precedía con lo cual a la hora de la apertura, me encontré con su campana inmediatamente bajo de mis pies e irremediablemente, aunque le grité:
- ¡tira de banda! No conseguí librarme de caer encima de ella. No se como evité que los pies se introdujeran en su válvula de escape, pero si que comencé con las dos manos a echar su seda hacía atrás, hasta que me vi cayendo de cabeza por el borde de ataque de su paracaídas y que sentí como me retenía el mio y me alejaba de mi compañero que se sorprendió verme en aquella situación.
En otro de ellos puse en práctica las enseñanzas recibidas y con ocasión de ver sin remedio como me acercaba al de otro compañero, adopté la posición de aspa, es decir con los brazos y piernas completamente separados, con lo cual evité meterme entre sus cordones y pude apreciar como se juntaban ambas campanas y como en décimas de segundos, estábamos muy alejados por efecto rebote, como si dos balones de fútbol chocaran a gran velocidad.
diploma paracaidista
Una de aquellos ejercicios terminaba en las proximidades del aeropuerto de San Javier. Por la noche debíamos de realizar un salto nocturno, en las proximidades del mar, en esta ocasión lo haríamos desde los Douglas DC3., del cual ya habíamos realizado algún salto en el colchón.
Acostumbrado a saltar del junkers, la velocidad que llevaba este avión en el momento de saltar era muy superior y por lo tanto la sensación del salto era mucho mas intensa. El aire que lanzaban sus hélices impactaba sobre nosotros de tal manera que podíamos compararlo al movimiento que experimentaba una colilla lanzada a través de la ventanilla de un tren.
Estaba lloviendo pero, dejó de hacerlo cuando nos dispusimos a embarcar con los paracaídas que encontramos dispuestos, cuando llegamos al aeropuerto de San Javier. Me inquietaba aquel salto, era una nueva experiencia saltar de noche. Al subir al DC 3 había caído la noche, una noche sin luna y como consecuencia de gran dificultad para apreciar la llegada del suelo.
Durante el vuelo,con el fin de sacarnos de nuestra abstracción, el jefe de patrulla nos iba comentado las luces que se veían desde las ventanillas, mientras observábamos la puerta abierta, completamente negra por donde teníamos que salir en breves momentos.
Suena la chicharra, nos disponemos para el salto. Ocupaba el octavo lugar en la patrulla. Sentí como un zapatazo en el cuerpo y di varias vueltas de campana, estaba en el aire, sentí un dolor intenso en la zona de la ingle, no podía moverme, una de las bandas me oprimía el testículo izquierdo y cualquier movimiento que hacía, era un verdadero suplicio. Las lágrimas me saltaban de los ojos del intenso dolor, quería llegar a tierra cuanto antes, no veía absolutamente nada, solamente la negritud y el silencio acompañaban aquel desgraciado descenso, mientras en el rostro sentía una brisa fresca que preludiaba rachas mas fuertes por debajo.
Aún así como pude adopté la posición de llegada y de repente me vi en tierra tumbado tendido supino, con las piernas abiertas y así estuve unos segundos mientras se calmaba el dolor, no mas pues una racha de viento hincho la campana, cosa que me hizo reaccionar, comenzando a efectuar las maniobras de recogida del mismo.
Aquella circunstancia fue una rémora que arrastré hasta el final del curso, pues llagado a la Unidad tuve que permanecer en reposo durante dos meses y aún así durante muchos años el referido órgano que había hecho hueco durante el salto en mi constitución, tardó varios años en volver a no darme problemas.
Ya en el punto de reunión tuve conocimiento de que el salto había tenido mas de una complicación, un compañero se había fracturado una pierna y se lo llevaron al hospital, otro con una dislocación y otro más con una quemadura en el cuello, fruto del roce con una de las bandas en el momento de saltar.
El curso lo finalizaríamos con catorce saltos,el tiempo no había acompañado, era frecuente la suspensión de los vuelos programados debido a las circunstancias meteorológicas adversas, momento en que recibimos el diploma de Cazador Paracaidista. A partir de entonces luciría en el uniforme el famoso y deseado “roquisqui”.
Finalizaba así una etapa emocionante y atractiva donde no estuvo exenta de algunas salidas en los fines de semana a lo mas granado de Murcia, por ejemplo al famoso por aquel tiempo bar Hungaria, donde habitualmente nos encontrábamos tomando algunas tapa de “perdices” es decir unas hojas de lechuga impregnadas de queso o realizábamos alguna visita a lugares de interés.
Tuve la ocasión de conocer, junto a uno de mis compañeros, el portaaviones “Dédalo” en Cartagena, donde el comandante de la nave puso a nuestra disposición uno de sus subordinados que nos enseño, de manera pormenorizada, todas las entrañas del buque.
Una de las marchas que están en mi memoria fue la efectuado, creo que a lo largo del mes de mayo, haciendo patrulla con dos de los cabos primeros, de los cuatro uer terminaron el curso, no se si fue con Casalilla, con Braulio, con Rodas o con Zabal, sea como fuera, durante aquella larga tarde noche anduvimos mas de la cuenta, nos habíamos desviado de la ruta por una mala interpretación del plano, cosa que no podía perdonarme a aquellas alturas de curso. Creo que tuve la mayor culpa en ello, primero por llevar la responsabilidad del equipo, segundo por no haber hecho uso de la radio portatil, aun a sabiendas que ya nos habíamos salido de la hora fijada para llegar al punto final, no quería admitir la torpeza.
Llegamos ya entrado el amanecer a una carretera, con mucho frío en el cuerpo y a una zona muy alejada de la Escuela, afortunadamente acertó a pasar el coche escoba del curso que estaba dando la última pasada intentando localizarnos.
La esgrima de combate y las diversas modalidades de conducción de prisioneros y de reducción de centinela, camuflajes etc., eran ya prácticas habituales durante algunas mañanas, celebrando el paso del ecuador del Curso, como eran todos nuestros actos, de formas muy austera, con una comida, unos cánticos y chascarrillos por parte de algunos y un partido de futbol entre oficiales y suboficiales, para ello participaron los del curso de Montaña, yo hice las veces de linier, mientras circulaba una bota de vino animando a los jugadores.
Durante el mes de junio llevamos a cabo diversas actividades, a mediados se desplazó el curso al pantano de Yesa. Allí nos dedicamos a preparar golpes de mano mediante la aproximación en medios acuáticos, bien con el empleo de las aletas o mediante pontones neumáticos.
Embarcábamos y desembarcábamos en el menor tiempo posible con los “unos fuera”, “dos fuera”, “tres fuera”, que cantábamos al tiempo que saltábamos al agua los primeros, los segundos o los terceros remeros antes de llegar, e íbamos sujetando al mismo tiempo el pontón de las cuerdas laterales para transportarlo entre todos finalmente a un lugar seguro, fuera de la observación del hipotético enemigo, para acto seguido hacer un recorrido mas o menos largo, observar el objetivo, mirar los sitios de acceso, y una vez en él aplicar las cargas necesarias para su destrucción, a continuación la retirada por el mismo medio. Los “unos dentro”, “dos dentro” o “tres dentro” eran voces para efectuar la entrada en el agua con las sucesivas subidas al bote.
En el mes de Julio, salimos del aeropuerto de Torrejón de Ardoz en un avión Hércules de las fuerzas aérea americanas, el punto final de aterrizaje sería el aeropuerto de Fuerteventura, después de volar entre los 8000 y 10000 metros de altura y observar como sobre el archipiélago, se apreciaban multitud de cráteres apagados de antiguos volcanes, propio de las Islas Canarias, cosa que me llamó poderosamente la atención desde mi ventanilla y un tiempo de vuelo de tres horas y media. En la isla majorera, se iba a desarrollar la fase de supervivencia, en conjunción con los boinas verdes americanos. Llamó mi atención la quietud que se experimentaba en aquel avión, muy distinto del vuelo de los DC - 3 y y de los Junkers a que me había acostumbrado.
Me había alojado en la residencia de suboficiales de Puerto Rosario, un lugar con piscina ganada al mar que con la subida de la marea, se renovaba constantemente con el agua salada. 
Era tan natural que incluso entre las rocas de la misma se encontraban algas, crustáceos de todo tipo e incluso pequeñas morenas, entre las rocas. Tuve la ocasión de comprobar como a un niño que allí se estaba bañando, le mordiera una de ellas en un dedo, saliendo poniendo el grito en el cielo, hasta que alguien consiguió, mediante un golpe con una piedra, soltara la presa.
En un primer tiempo. efectuamos prácticas en el agua encaminadas a preparar la fase de buceo, hacíamos largos recorridos con las aletas y pasábamos largos ratos nadando con ellas o manteniéndonos en el mismo lugar; para mi era muy duro, aparte del agua tan fría nunca había usado las aletas, salvo las pocas prácticas en la Escuela, y no estaba muy ducho en su manejo de ahí que, en una de aquellas me dio un calambre que me hizo pensar que me iba al fondo, más el capitán Agüera me trasladó hasta la costa.
Otra de las prácticas era la orientación por medio de las estrellas, empleando el teodolito,donde por primera vez observé como se movían las estrellas.
Después de aquellos primeros días en Puerto Rosario, nos trasportaron en los todo terreno americanos en dirección hacia el extremo oriental de la isla, hacia la península de Jandia.
Realizados en algunas de aquellas extensas playas ejercicios con los vehículos, comenzamos la verdadera marcha de supervivencia atravesando “mal país”, un campo de lavas y llanuras de coladas que se derramaron en su día por el barranco de Pozo Negro, intransitable, donde solamente el sendero por donde corrían los conejos, facilitaban el paso entre las agujas puntiagudas de la lava enfriada.
Acampábamos en las mismas playas pues seguíamos el itinerario de la costa, donde comenzamos cada uno de nosotros a ingeniarnos los artilugios de pesca para tratar de calmar el hambre, que ya comenzábamos a sentir, a pesar de las raciones con cuenta gotas nos lanzaban desde el aire.
Comíamos caracolas que recogíamos de unos fondos claros y de una belleza incomparable, abundaban peces de todos los colores imaginables y alguno conseguía enganchar en mi anzuelo que adose a una de los cordones de paracaídas que llevaba en mi equipo.
En las raciones de los americanos iban incorporados los clásicos cigarrillos “Winston”, en la nuestra los clásicos “Celtas” cortos. Lo curioso es que ellos se pirriaban por los nuestros y nosotros por los suyos, con lo cual había en este sentido una buena sintonía, como en la mayoría de las circunstancias por las que pasamos en compañía.
Recuerdo, sin embargo una anécdota curiosa, en la cual tuvo protagonismo uno de los componentes de la patrulla americana. Nos habían facilitado aquel día para el conjunto un conejo y un pollo sino recuerdo mal, naturalmente con aquellas dos piezas a lo que le correspondía a cada uno era una exigua cantidad. Una vez desplumado y despellejado, a la mañana siguiente pareció el conejo sin una de las patas. Alguien con mucho hambre se había pasado de la raya.
Estábamos muchos alrededor de un fuego, comentando los pormenores habituales de la marcha cuando, apareció uno de los americanos con un bote de tomate, cuya parte superior se encontraba abierta pero cerrando el envase. Lo puso encima del fuego y al poco comenzó a hervir, na cabía duda, no podía ser otra cosa pensábamos todos, mientras el susodicho retiraba el bote con unos palos y se alejaba sin mas del grupo.
Alguno le siguieron hasta dar con él, tras unas piedras dando cuenta de la pata de conejo recién hervida; claro está aquello le costó un buen disgusto pues, nada se supo de aquel compañero americano que se fue con sus mandos, causando baja en aquella expedición.
Un acto emotivo fue también una mañana en que ciertas autoridades del país amigo, llegaba a las playas donde nos encontramos y después formar en la misma, se le impuso las barras de capitán a uno de aquellos oficiales.
Las noches antes de acostarme en el interior de la tienda me quedaba observando el cielo, nunca había visto un cielo tan diáfano, estrellado con tal profusión, estaba ensimismado en su contemplación. Una de aquellas, pude observar como un objeto luminoso aparecía brillante como una de tantas estrellas por el horizonte occidental, se desplazaba con rapidez hacia el otro horizonte, de occidente a oriente, lo seguí en todo su recorrido, no podía ser otra cosa que un satélite artificial, con una trayectoria aparentemente rectilínea.
En una de aquellas playas inhóspitas y estrellada, como lo eran todas, antes de acostarnos alguno decidió pegarse un baños, otros le secundaron, estaba en pelota picada por lo que todos decidimos imitar su ejemplo, la verdad aquello fue una experiencia inolvidable. El agua estaba tranquila, con una temperatura ideal para permanecer un buen rato nadando, nunca más volví a experimentar aquella sensación.
No recuerdo en que parte de aquella larga estancia en la isla, fuimos a parar a un hotel solitario, situado en la zona de El Matorral, en punta Jable, se trataba del hotel Casa Atlańtica, único por aquellos parajes de Jandía que nos sirvió de alto en el camino, pues tenía una buena piscina, con todas la comodidades y donde pasamos el día, para volver a dormir a nuestras tiendas por la tarde.

Un hotel que habían levantado los alemanes el año anterior, con corriente eléctrica suministrada por grupos electrógenos y agua dulce que no se de donde podía proceder.
Llegó la hora de hacer un recorrido por la península de Jandía, adentrándonos en el interior, recorriendo las arenas de aquel desierto. Llamó mucho mi atención la gran cantidad conchas, caracoles y sobre todo una especie de barrilillos confeccionados con barro compacto, diseminados por todo el desierto de los cuales recogí algunos, no acertando entonces cual era su procedencia, aunque mas tarde supe que se trataba de el testimonio de hace mas de tres mil o cuatro mil años, cuando abundaban por estos parajes un insecto muy peculiar de las familia de los abejorros, que acostumbraba a depositar sus huevos en esta especie de celdas, cuando el tiempo era más húmedo. Pude observar las huellas de los erizos morunos y de algunos escarabajos, así como las ramas petrificadas de árboles que existieron en otro tiempo.
En él experimenté como en caso de extrema necesidad podía recogerse agua, el método era sencillo, se practicaba un hueco en la arena, se colocaba un recipiente en el centro y tapándolo todo un plástico en el centro plástico Finalmente un peso, una piedra por ejemplo hacía que la parte mas baja del citado plástico coincidiera con el recipiente, donde iban a parar las gotas de agua.
La vuelta fue muy dura, estábamos muy alejados y había que efectuarla a pie, sin ningún tipo de descanso que solía ser muy limitado durmiendo sobre el terreno en el saco de dormir, con el equipo, así que el olor a sudor seco nos acompañaba continuamente. Por aquellas pistas, entre cráteres apagados, de pascuas a ramos aparecía un buen coche circulando a gran velocidad, levantando una nube de polvo a su paso, pues el asfalto en aquella época brillaba por su ausencia. Conocimos enclaves de población como Antigua, Tuneje, La Oliva, Villaverde o Pájara.
Una de aquellas noches, la patrulla decidió establecer el descanso en las cercanías de una de las casa rústicas diseminadas del lugar, estaba deshabitada, pero abierta de par en par por lo que desde fuera se podía apreciar la humildad y tranquilidad que vivían aquellas de gentes. Serían las cuatro de la madrugada cuando, oí que se acercaba alguien, hablando entre ellos. De repente en sus expresión comprendí que estaban asustados ante la visión de tan extraños bultos, alrededor de su casa, la oscuridad de la noche les confundía. Dijo una voz:
- ¡Y se mueven! Fue el momento de sacarles de su alucinación quedándose tranquilos.
La última fase de aquellas largas jornadas fue una marcha nocturna, para acercarnos al punto de reunión señalado. Durante la marcha hubo relevos entre los componentes de aquella patrulla mixta de boinas verdes, transportando un bloque de lava negra extraído cuando atravesamos “mal país” que los americanos querían llevar a América y depositarla en alguno de los museos del U.S. Army, como testigo de la hermandad entre los dos países.
Después de compramos en el economato militar unas cuantas cosas y haber pasado la tarde en le casino bailando con las chicas, llegó la hora de emprender el regreso a la Península. Los aviones Hércules C-130 nos estaba esperando en el aeropuerto. El rugido de los potentes motores al despegar me hacía comprender que no volvería a pisar aquellas entrañables tierras y sus gentes, aún está en mi pensamiento volver allí para recordar aquellas jornadas.
Por la ventanilla del avión me asomaba, de vez en cuando, observando la inmensidad de agua. La quietud que se sentía volando a aquellas alturas y sobre todo llamó poderosamente mi atención el cambio de tonalidad del agua en una larga y ancha franja, se trataba de la entrada del agua dulce del Guadalquivir. Ruta que seguía la poderosa aeronave.
El desembarque lo efectuamos en Zaragoza y de allí en vehículos todo terreno hasta Jaca. De nuevo nos saludaba la Peña Oroel. Aeropuerto al que íbamos llegar de nuevo unos días después con el fin de iniciar, como revalida final de todas las enseñanzas impartidas hasta aquellos momentos del curso, debimos realizar unas última operación. Constituidos en patrullas realizamos un ejercicio de infiltración / exfiltración.
La infiltración en territorio de un hipotético país enemigo, establecido en la zona oscense del Pirineo debía hacerse mediante el desembarco paracaidista, en una zona previamente establecida. La referencia para el vuelo era Peña Oroel. Los aviones empleados los DC3.
El embarque en los aviones entrañaba un poco mas de esfuerzo, ya que aparte del juego de paracaídas, llevábamos la bolsa CQ en cuyo interior se alojaba la pesada mochila con todo el material de campaña individual, a utilizar durante la operación.
El vuelo de aproximación fue tranquilo, sin embargo cuando llegamos a la altura del Oroel y circunvalaba el aparto aquella montaña, para tomar la dirección hacia la zona de lanzamiento, las vibraciones fueron en aumento a causa de las protuberancias. A alguno de los compañeros que llevaba el caso en la mano, se le cayó al suelo, y apunto estuvo de perderlo por la puerta de salida si no llega a ser porque otro tuvo la destreza de recogérselo.
En estas condiciones lo que mas queríamos era saltar de una vez. Llegamos a la zona que se había elegido y saltamos sin contratiempos, aunque el viento soplaba algo mas fuerte de lo deseado. Solté antes de llegar al suelo la CQ que permanecía colgada bajo mis pies, durante los últimos metros del descenso. Llegó al suelo e inmediatamente lo hice yo, sintiendo que tiraba de mi la campana hinchada, aunque en parte retenido el pequeño arrastre gracias a la pesada CQ, donde iba también el armamento.
Un chaval que se encontraba en el lugar del lanzamiento, en compañía de sus padres paseando aquella mañana, vio muy de cerca mi caída, le vi gratamente impresionado, no tendría cumplidos los trece años. Me dijo que si podía ayudarme, cosa que le agradecí con con unas breves palabras y una sonrisa, pues rápidamente salimos de la zona en dirección al punto de reunión.
Durante varios días nos movimos sin descanso en una zona enemiga y durante los cuales, debíamos de sortear una serie de lineas de vigilancia, constituidas por patrullas de operaciones especiales que estaban dotadas de mejores medios que los que llevábamos nosotros.
El avituallamiento por aire, estableciendo los puntos donde los aviones habían de lanzar las provisiones de nuestra guerrilla, se había establecido en una loma pelada rodeada de grandes arboledas.
Las cargas con los alimentos que habíamos preparado antes de comenzar estos ejercicios, en la Escuela, cuyos envases eran cajas de munición a las que habíamos adosado una especie de cono de latón, con el fin de una vez engarzadas debajo de las alas de los “cetnas” (sic) las hicieran más aerodinámicas y no constituyeran ningún impedimento para el vuelo, al mismo tiempo que facilitara la suelta a pocos metros del suelo en un vuelo rasante, las había llevado al aeropuerto de Zaragoza.
Las mencionadas cajas iban a ser transportadas debajo de cada ala del aparato, una en cada ala. Se había dispuesto de esta forma a fin de evitar lanzarlas con paracaídas, manera mas segura para no ser detectado el lanzamiento por el enemigo y pudiera señalar nuestra posición a las patrullas enemigas.
La Escala
Los pequeños aviones llegaron al lugar con la hora exacta que nuestra guerrilla, hora y coordenadas establecidas mediante contacto radio entre jefe de la guerrilla y pilotos, mientras esperábamos emboscados. Primero fue una de las avionetas dejando caer dos cajas sobre la loma, en parte la hierba alta amortiguo el golpe de las mismas contra el suelo, no ocurrió lo mismo con las transportadas en la segunda de las avionetas, su lanzamiento y el posterior choque de unas de las cajas del vuelo produjo su rompimiento, dejando las naranjas al descubierto y rodando ladera abajo se distribuyeron en todas direcciones; no pudimos recoger la mayor parte de ellas que se perdieron entre la hierba y los árboles circundante, aún así la operación de avituallamiento fue un éxito.
Fueron días en que pude experimentar que era posible descansar mientras se marchaba, incluso dormir andando mientras en hilera avanzábamos por aquellos intrincados montes. No había descanso posible. Como colofón de aquella operación de guerrilla y contraguerrilla, quedamos cercadas por las unidades que hacían de enemigo y como recurso para salir de él se decidió hacerlo en fuerza, adoptando la forma de cuña directa contra uno de sus sectores.
Fue una sorpresa para ellos ya de madrugada. Me vi corriendo monte abajo sin pensar en donde ponía los pies, solamente corría como un desesperado hasta tener la seguridad de que donde paré, ya no había posibilidad de que me atraparan.
Era una mañana preciosa, soleada, cogí un sendero despejado en dirección a la Escuela. No encontré a nadie hasta llegar a ella. Recuerdo como si fuera ayer la sensación que experimenté al comprender que había superado todo lo anterior. No me importaba el sueño ni el cansancio ni el sudor, solamente pensaba en que ya la fase que me esperaba la sobrellevaría de mejor manera: La fase de submarinismo.
El lugar donde se realizaba esta fase, La Escala en Gerona, estaba situado a unos tres kilómetros del centro urbano y en plena efervescencia veraniego, parecía que todo iba a ser estar a tono con las circunstancias lógicas derivadas de nuestra juventud, de la época estival, de los festejos etc, en parte algo nos tocó pero estábamos allí para currar como leones.
teórica de buceo en la Escala
Se trataba el lugar de una zona correspondiente a la sexta Batería de La Clota, donde nos alojaron en un barracón con literas de a dos. A mi me tocó una de las del fondo. Cerca de él se encontraba el lugar donde se recargaban las botellas de aire comprimido y una percha corrida donde se disponían los trajes de neopreno que bien podíamos decir que estaban de exposición, pues a pesar del frío que pasábamos dentro del agua en mas de una ocasión, a causa de las largas permanencias en el medio, nunca nos permitieron usarlos los profesores.
Nuestro equipo habitual eran las aletas, el cinturón con el lastre, las gafas de buceo, el chaleco salvavidas, desde luego sin aire, un machete adosado a la pierna derecha y las aletas. Los desayunos eran pantagruélicos, nunca en mi vida realicé después del curso ninguno de aquella categoría. Naturalmente era necesario recuperar las fuerzas perdidas del día anterior pues, los ejercicios eran constantes, los recorridos en superficie por binomios eran cada vez mas largos, e incluso nos se respetaba el tiempo de digestión después de cada comida. De hecho mas de uno alivió su estómago y su binomio se encontró con la pastilla, delante de sus narices.
Aprovechando la sombra de los pinos del campamento, las clases de la mañana se hacían al aire libre. Sobre todo., los primeros días las enseñanzas que recibimos comprendían el conocimiento del material que debíamos manejar, los peligros que entrañaba el mal uso de los mismos, el compañerismo que debía haber entre nosotros, especialmente cuando se hacían recorridos en los que se debían sortear una serie de obstáculos submarino. El paso por las cuevas requería mucha atención, los componentes del mismo debían estar atentos a cualquier señal de su compañero, e incluso el auxilio suministrándole aire de su boquilla.
Era fundamental el conocimiento del medio, en cuanto se refería al tiempo de permanencia debajo del agua, cuando se empleaban las botellas de aire comprimido. Solían ponernos los profesores algunos ejemplos ilustrativos de imprudencias hechas por submarinistas, con consecuencias adversas a veces irremediables.
Recuedo en particular una referencia a un submarinista, cuyo nombre ignoro y el lugar donde se produjo que después de permanecer bajo el agua, a cierta profundidad durante un tiempo, cuando se dispuso a subir a la superficie, llegando a cierto nivel el dolor que se le producía a la altura de uno de los maxilar era terrible, con lo cual se veía obligado, una y otra vez, a descender consiguiendo que desapareciera aquel por momentos. De esta guisa estuvo varias veces hasta que llegó el momento que el aire de la botella se acababa y no tenía otra solución de subir a la superficie. Así lo hizo en un desesperado intento, con la consecuencia grave que llegó a ella totalmente ensangrentado pues, el referido maxilar había reventado. Consiguió salvarse gracias a la pronta intervención de sus compañeros.
La explicación estaba que una de las muelas las tenía con caries, sumergido se había introducido una pequeña cantidad de aire en su cavidad, aire que cuando intentaba ascender se dilataba, produciendo el dolor y que seria el causante de la rotura de su maxilar.
Con la finalidad de adquirir práctica en las paradas de descompresión, una de las pruebas por las que teníamos que pasar, era la dosificación del aire en nuestros pulmones. Para ello, los profesores habían colocado una cuerda verticalmente hasta cierta profundidad, lastrada en el fondo de manera que estaba lo mas estirada verticalmente y señalando, por medio de unas cintas anudadas de tres en tres metros.
Individualmente, a pulmón libre, después de hacer varias inspiraciones profundos se tomaba la mayor cantidad de aire, que debíamos retener hasta legar al fondo. Con un golpe de riñones inicial, de cabeza y a golpe de aletas recorríamos junto a la cuerda la distancia, sin que en ningún momento soltáramos el aire que habíamos inspirado.
Llegados al fondo, emprendíamos la subida muy despacio, al mismo tiempo que íbamos soltando el aire. Recuerdo que cuando iba subiendo, a cierta nivel me encontré al capitán Agüera, me miro a través del cristal de sus gafas y se dio cuenta que llevaba demasiado aire e mis pulmones, dándome un puñetazo en el estómago, me obligó a abrir la boca, soltando lo que me sobraba, de esta manera llegué a la superficie en las mejores condiciones.
Las prácticas eran diversas, en las diferentes modalidades: recorridos nocturno en superficie por binomios. Recorridos submarinos de noche. Recorridos de orientación tanto diurnos como nocturnos, desembarcos en playas, navegación silenciosa nocturna, colocación de cargas submarinas, empleo de explosivos por equipos compuesto por el hombre mecha, los hombres petardos y el hombre encendido., etc.
Los primeros confeccionábamos la denominada tablilla de encendido, compuesta de una madera en forma rectangular, encima de la cual se adosaba una determinada cantidad de mecha lenta con su correspondiente mechero, cubierto con un preservativo y estanqueizado con cinta aislante, cuya finalidad era aislarlo del agua. Unido a un cebo pirotécnico y en contacto con la mecha rápida, se completaba el conjunto iniciador de la detonación. Testigo de que se había encendido la mecha lenta era observar como el preservativo se hinchaba y adquiría una tonalidad blanquecina por efecto del humo del mechero.
Los hombres petardos eran los encargados de unir las cargas a la mecha rápida, estas a su vez se colocaban y todo el conjunto se hacía explosionar, bueno eso era en general el modus operandi y requerían gran atención y digo esto ya que en una de estas prácticas, a pesar de las precauciones que se tenían surgió un problema por un descuido que pudo haberle costado un disgusto a uno de mis compañeros.
Estábamos trabajando desde la superficie del agua a una profundidad de unos seis metros u ocho metros, el fondo se vía bastante bien. Una de las precauciones que llevábamos a cabo era que mientras nuestro binomio estaba trabajando, el otro desde la embarcación, debía estar vigilando todos sus movimientos desde la superficie, por medio de las gafas de buceo.
Habían bajado ya los que habían colocado la mecha maestra. Tocaba el turno a los binomios que habían de colocar, adosada a la misma cada componente, dos petardos. Habíamos bajado ya dos binomios, llegaba el turno al tercero; uno de los componente era el teniente Almenta.
Todo iba bien, había colocado el primero de los petardos y se dispuso a anudar el segundo de ellos, cosa que hizo perfectamente, aunque como a todos, al final de anudarlos el aire en nuestros pulmones era escaso.
Algo fue mal, desde arriba observamos que cuando se dispuso a subir a la superficie no podía hacerlo, fue de inmediato ver como se quitaba de un manotazo las gafas de buceo. No había mas que esperar, fue la señal de lanzarse al agua en su rescate que hicieron dos o tres de los que estábamos a bordo. Uno de ellos llegaba cerca de él y observando que la mecha que unía el último de los petardos era lo que le impedía subir, la cortó de un tajo con el machete para estos casos de emergencia.
Cuando fue izado a cubierta estaba exhausto, pero afortunadamente se recuperó sin mas contratiempos. Su error fue haber colocado el petardo de marras sujeto al cinturón de lastre, motivo que cuando anudó la mecha del mismo a la maestra, el petardo quedara sujeto entre el cinturón y su cintura.
Una experiencia inolvidable era el buceo nocturno,con botellas, debíamos avanzar sin perder el contacto con una cuerda guía, extendida previamente a ciertos metros de la superficie. Recuerdo la sensación de ver unas burbujas de color verde azulado, cuando empleabas los brazos para avanzar.
Tuvimos la ocasión de observar uno de los pecios hundidos en la zona, con el empleo de las botellas de aire comprimido, era una sensación distinta el poderse mover sin limitaciones de aire, quedándome extasiado mientras avanzaba entre los bancos de peces que ocupaban sus oquedades. La visión de la variedad de especies de la zona, la mirada de algún pulpo, extrañado del paso de aquellos extraños compañeros de su medio o como se quedaban estáticas las burbujas producidas por nuestra respiración, en el techo de las cueva subacuáticas, eran consecu4entes a estas actividades.
Una noche, en la que tuvimos que hacer un desembarco en playa, con las embarcaciones neumáticas, las cuales empleábamos en la mayoría de las ocasiones, cuando remábamos de forma silenciosa, esto es sin producir chapoteos con los remos, mientras a lo lejos en la costa de la escala se oía la música de las discoteca a todo volumen, alguien que no podía ser otro que Estévez con sus clásicas salidas, volvió con su chascarrillo a protagonizar un recuedo simpático,cuando a media voz dijo:.
- Todos estáis pensando, ahora mismo que nosotros que vamos remando en silencio, que estamos haciendo este esfuerzo, somos unos tipos cojonudos, y que aquellos que están en la discoteca, son unos mataos, para inmediatamente levantando la voz, dijo:
¡¡Pues es al revés!!
Los recorridos en superficie por binomios requería mucho esfuerzo, eran muy cansados y había establecer muy bien las referencias a vanguardia y a retaguardia en la costa, para no desviarnos del itinerario marcado. El binomio iba nadando de espaldas, a golpe de riñones con las aletas, agarrados de la mano, eso hacía que nos sintiéramos en todo momento mas confiados, sobre todo cuando se trataba de recorridos nocturnos.
Los últimos días de esta fase estuvieron dedicados a poner en práctica todas las enseñanzas, infiltración por mar a la costas, empleando las lanchas neumáticas, a golpe de remo de noche, con aproximaciones nocturnas a las playas durante la noche, después de silenciosas navegaciones.
Regresamos a la Escuela para recoger los diplomas. Se celebró una mañana en el salón de actos, austero pero muy emotivo para cada unos de nosotros. Yo recibí el diploma de manos del obispo de Jaca, D. Ángel Hidalgo Ibañez que había sido invitado al acto, al igual que a otras autoridades locales. Por fin ostentaba en mi pecho los emblemas tan queridos.
A la hora de contraer matrimonio, si estaba orgulloso de vestir el uniforme militar, no lo estaba menos por lucir en mi guerrera el emblema del machete en plata, rodeado de hojas de roble en oro, propio del diploma para el Mando de Unidades de Operaciones Especiales.

EPÍLOGO
Soy consciente que por el paso del tiempo he dejado muchas cosas en el tintero, sin embrago siendo la única finalidad el volver a recordar algunos de aquellos pasajes que marcaron mi vida de forma tan entrañable y que durante muchos años, mientras me mantuve en forma, en mi pensamiento tuve la ilusión de poder repetir la experiencia.
Es evidente que entre nosotros hubo situaciones propias de una vida en común y de las situaciones por las que atravesábamos en muchos de aquellos mementos de fatiga, en los que el cansancio y agotamiento eran uno de los principales factores.
Muchas otras cosas ocurrieron que se escapan a mi personal experiencia, con toda probabilidad las fechas en que se realizaron aquellas actividades no coinciden después de transcurrido el tiempo; después de tantos años, el fijarlas sería un milagro. Cada uno de nosotros vivió el curso a su manera, pero esta fue la mía y así he tratado de recordarlo.
Ahora cuando ya me encuentro en la parte descendiente de la trayectoria, solo me queda revivir aquel entrañable curso en mi recuerdo.


BIBLIOGRAFÍA
MAZARRASA, Javier de. Guerrilleros del siglo XXI. Revista Española de Defensa. 2006.
PÉREZ PIQUERAS, Enrique. Las Compañías de Operaciones Especiales. Revista Guión. Junio 1970.
MAYORGA NOVAL, Marcos. Documentación personal.


























3 comments:

CANSALIEBRES said...

Un afectuoso abrazo de Luis Manuel Córdoba Paredes, hijo de Luis Córdoba Gigante. Me ha gustado leer su artículo sobre el curso de guerrilleros y ver las fotografías donde está mi padre.
A usted y a su esposa los recuerdo con cariño pues fueron mis vecinos en Gijón y aún recuerdo cuando nos llevaba en su coche de paseo por tierras asturianas, creo recordar que era un renault 8, sino me equivoco y aún diría que era de color verde si la memoria no me engaña, yo tendría entonces 4 ò 5 años de edad.
La última vez que estuve con usted fué en El Goloso, yo era cabo 1º en el R.I.A.C 61 y usted estaba destinado en el Cuartel General.
Actualmente resido en Malagón (Ciudad Real), ya estoy retirado, aqui tienen su casa y quedo a sus ordenes.
Reciba un fuerte Abrazo.
Luis Manuel Córdoba Paredes.

jaime zabal said...


Hola Marcos, soy Jaime Zabal, me ha encantado tu relato del XII Curso de
OE,s.
Me ha hecho recordar todo lo que pasamos, sufrimos y a veces tambien gozamos.
Muchas gracias Marcos
Un fuerte abrazo

Jaime Zabal
C/ Enero 28 - Urb. El Zorongo
50020 ZARAGOZA

PD: Fijate que coincidencia, pertenezco a la Coral San Hermenegildo, formada por Veteranos de la FF.AA y Guardia Civil, y sabes quien es el Director?.......Regueira... o sea que todos los martes y jueves ensayamos, y a veces.....todavía saca sus prontos.

Miguel said...

Yo te sufrí como capitán en el CG de El Goloso.Por suerte la mili duró un año y luego.... a tomar viento!
Eres uno de los pocos malos recuerdos de aquellos tiempos.